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CENTENARIO DEL POETA. 'ARTES & LETRAS'

Miguel Labordeta, los misterios del sentido del ser y del cosmos

El poeta de 'Sumido 25', 'Transeúnte central' o 'Violento idílico' cumpliría el 16 de julio un siglo de su nacimiento. Una lectura de su lírica

José Antonio Labordeta, Juana de Grandes y Miguel Labordeta en Canfranc.
José Antonio Labordeta, Juana de Grandes y Miguel Labordeta en Canfranc.
Archivo Fundación Labordeta.

La poesía de Miguel Labordeta (Zaragoza, 1921-1969) nos adentra en los abismos del universo que anidan en su interioridad. Sus metáforas son ideas con las que bucear en las preguntas sin respuesta, buscando el sentido abisal donde anida el origen y el destino final del ser. En ‘Sumido 25’ (1948) están las claves de su obra: “Dime, Miguel ¿quién eres tú?” del poema ‘Espejo’, constituye una pregunta en la que se desdobla el yo poético buscando saber quiénes somos, pretendiendo saber cuál es nuestra identidad frente a la posibilidad de la nada.

‘Elegía a mi propia muerte’ habla de sí mismo como si fuera otro, vislumbrando la muerte de sí mismo, lo hace con un lenguaje que nos permite intuir su dolor existencial, acaecido al no haber hallado el sentido que justifique el viaje de vivir. Hay una necesidad de huir de una realidad dura, negadora del amor (no consumó el amor con algunas mujeres a las que deseó). Tras el dolor del vacío vital nace el deseo de fundirse en el cosmos, ser aniquilado en su totalidad, disuelto con el todo del universo indescifrable: “Dentro de millones de años / encontremos su pulpa de cuadrúpedo en el ‘Totem’ de una gota de lluvia que ansíe dulcemente aniquilarse.

También aparece el anhelo de huida del decorado de la civilización, del peso de la historia y su destrucción del hombre libre en una sociedad mejor. La muchedumbre aparece en ‘Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto’ como representación de la deshumanización. Hay un deseo de abandonar este orden social donde no ha triunfado ese amor total presente en sus poemas. Se propone desertar de un mundo insolidario, opresor que ha construido una sociedad basada en el progreso desde la ausencia de la utopía: “Puesto que el joven azul /de la montaña ha muerto / es preciso partir. // Antes de ser golosamente asesinados/en los crepúsculos de la gran ciudad / Antes de que las muchedumbres tristes de los ‘metros’ / invadan el templo del sol”.

En ‘Violento idílico’ (1949) sigue la búsqueda de la identidad del yo frente a la inmensidad del tiempo y del cosmos, ante su silencio eterno frente al infinito. Los heterónimos le permiten ser todos aquellos que dejamos de ser al constituir nuestra subjetividad, para entender, como afirmaba Fernando Pessoa, que en nuestra alma habita una multitud de otredades que han sido silenciadas por nuestro yo, director y anulador de esas otras posibilidades identitarias que dejamos de ser. Los heterónimos dialogan entre sí, olvidando al yo, director de ese coro de voces otras.

Destaca a este respecto Nerón Jiménez que dimite del mensaje de amor total de Valdemar Gris, que en otros versos hacía una exaltación de la posibilidad del amor como salvación de la destrucción social y existencial, rebatiéndole: “Hambriento de amor Total, / no quiero vuestro memo sucedáneo idílico. // Renuncio. Os devuelvo mis harapos. // Dimito de esta vida. // Te devuelvo tu mensaje, Valdemar Gris. // No ha surgido aún el Alba/en que tu palabra solar sea escuchada./No surgirá jamás, nunca quizá.”

‘Transeúnte central’ (1950) supone una inflexión hacia lo social, la voz lírica ha puesto los pies sobre la tierra para caminar por el mundo y sus ruinas de la utopía. Alfredo Saldaña, poeta y estudioso de su obra, destaca que “es una poesía sin tiempo ni lugar marcados, desarraigada de sus propias circunstancias coyunturales de escritura, aunque nunca se desentendiera de ellas, una poesía que podría muy bien haberse escrito hoy, y que brota y nos interpela como un signo de incertidumbre y un augurio de posibilidad”.

Alfredo Saldaña, poeta y estudioso de su obra, destaca que “es una poesía sin tiempo ni lugar marcados, desarraigada de sus propias circunstancias coyunturales de escritura"

El nihilismo cósmico reaparece en el poema ‘Círculo mortal’, nos invita a la disolución de nuestra subjetividad en elementos como la nube, el mar, la pavesa. Cuando el yo poético se identifica con uno, se nos indica que, a su vez, este querría ser otra cosa y así sucesivamente, generando un proceso de disolución de la esencia de lo real para formar parte de lo informe, aquello previo a las formas materiales y su generación en el universo. Es un viaje de desaparición del yo para regresar a un momento anterior al inicio del cosmos: “Ser perdida pavesa del astro fugitivo / (gota de agua que tiembla quería ser el astro) / Ser gota de agua que tiembla bajo los terremotos de silencio […] Ser pensamiento-luz embargando el confín de las tristezas / (el pensamiento-luz quería renunciar a sus congojas hundiéndose en el vértigo del tiempo) / El vértigo del tiempo ansiaba ser olvido.”

‘Soliloquios’ (1969) supone un acercamiento a la poesía visual, las palabras pasan a ser objetos, como afirmara Pérez Lasheras, estos espacios en blanco son la recreación visual de un yo adelgazado, borrado. Alfonso Zapater resalta la búsqueda de nuevos caminos artísticos, poemapas, ‘El planisferio del alquimista Zósimo’ es visual y poéticamente un mapa de la imaginación buscando la transformación de la mirada racional. Un alquimista trata de modificar la realidad con la palabra poética, creando nuevos caminos para el pensamiento hacia una nueva mirada libre.

"Un alquimista trata de modificar la realidad con la palabra poética, creando nuevos caminos para el pensamiento hacia una nueva mirada libre"

José Luis Calvo Carilla afirmó que tal vez el mundo interior de cada ser humano, representado por ideas, sentimientos, es parte de un todo espiritual superior, tal vez de la misma luminosa sustancia de la divinidad, que terminaría perpetuándose en una especie de eternidad sideral. Solo poseemos, indicaba, algunas rotas llaves, restos que algún auténtico místico vislumbra vagamente en la inmensidad. Podemos, en la obra de Miguel Labordeta, mirar por la hendidura de la puerta cerrada de los misterios del sentido del ser y del cosmos. Ahora sólo nos queda viajar a lo abisal de nuestro yo, también disfrutar de la exposición ‘En el centenario de Miguel Labordeta’, comisionada por Matilde Cantín en la Biblioteca María Moliner.

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