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Miguel Labordeta, el hombre que llenó sus versos de independencia y libertad

Se cumplen este viernes 100 años del nacimiento en Zaragoza del poeta de ‘Sumido 25’ y ‘Los soliloquios’. Su obra lo mantiene como autor de culto

Miguel Labordeta, en su imagen más conocida e icónica.
Miguel Labordeta, en su imagen más conocida e icónica.
Estudio Lagos

Sin alharaca oficial, hoy se cumplen 100 años del nacimiento del poeta Miguel Labordeta. Al parecer, los actos culturales en su homenaje llegarán tras el verano, aunque ya habido quienes, como la revista ‘Turia’, le han dedicado la debida atención. En cierta medida, 2021 tendría que ser un Año Miguel Labordeta, porque muy pocos poetas aragoneses han tenido una voz tan personal, independiente y llena de libertad.

Su heterodoxia y su originalidad hacen que hoy quizá sea más apreciado por los propios poetas, conocedores de la profundidad de su pensamiento, que por los lectores, que los tiene. Sus versos ahí están y siguen seduciendo.

Nacido el 16 de julio de 1921, parecía inclinado hacia la docencia o la Historia (después de licenciarse llegó a intentar culminar una tesis doctoral) pero desde joven se sentía atraído por la magia equívoca de los versos. De personalidad tímida pero deslumbrante, antes de cumplir los 30 años ya había publicado tres libros de poesía, ‘Sumido 25’, ‘Violento idílico’ y ‘Transeúnte’, en los que mostraba su mundo interior, barroco, surrealista y fractal.

Su padre, también Miguel Labordeta, dirigía el colegio Santo Tomás de Aquino, lo que le llevó a dar clases allí. Desarrolló una intensa labor docente y, paralelamente, se convirtió en la cabeza visible de la peña del café Niké, un grupo de intelectuales que buscaba romper con la atonía y la grisura de la cultura oficial de Zaragoza. Por ella pasaron, y de ella disfrutaron en sus visitas a la capital aragonesa, heterodoxos de otras latitudes. En su seno, o impulsadas por Miguel Labordeta, aparecieron publicaciones como el ‘Despacho literario’, revista nacida en 1968 y de la que solo llegaron a aparecer tres números. Dueño de una socarronería muy aragonesa, había creado la Oficina Poética Internacional (OPI) y escribió un corrosivo ‘Manifiesto Ópico’.

En julio de 1969 publicó ‘Los soliloquios’, obra en la que en cierta medida se salía de su producción anterior y que prometía una nueva etapa en su escritura. Lamentablemente falleció poco después, el 1 de agosto, con tan solo 48 años, la edad de plena madurez y fertilidad para un poeta. Aunque en 1972 apareció ‘Autopía’, un libro póstumo, la muerte tan prematura de Miguel Labordeta seguramente evitó que hoy fuera mucho más conocido y venerado fuera de Aragón. Su hermano José Antonio siempre lo tuvo vivo dentro de sí, y en sus recitales reivindicó su figura y su obra.

Como una isla dentro del océano de sus versos hay que entender ‘Oficina de horizonte’, una obra teatral que se estrenó en el Teatro Argensola de Zaragoza a finales de 1955 y en la que vertió algunas de sus grandes obsesiones. Pero, aunque para entender su complejo mundo interior haya que acudir a esa obra de teatro, Miguel Labordeta fue, antes que nada y sobre todo, poeta.

Especialistas como Antonio Pérez Lasheras, Alfredo Saldaña, Clemente Alonso Crespo, Fernando Villacampa, Jesús Rubio Jiménez, José Antonio Llera o José Luis Calvo Carilla han llamado la atención en los últimos años sobre la originalidad y vigencia de sus versos, sobre su rebeldía y contradicciones.

En Aragón se han celebrado varios congresos sobre su figura y Antonio Ibáñez publicó hace ya 17 años una biografía indispensable, ‘Miguel Labordeta. Poeta violento idílico, 1921-1969’. Acaba de aparecer una edición en aragonés de ‘Oficina de horizonte’ y aún se puede conseguir en algunas librerías su ‘Obra publicada’ (Prensas de la Universidad de Zaragoza), más de 500 páginas que no tienen desperdicio. Sus versos, pues, siguen vivos.

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