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Emilio Morenatti: "Que reflexionen con una foto mía me importa más que el Pulitzer"

Nacido en Zaragoza en 1969, ha recibido el Premio Pulitzer 2021 por su audaz cobertura de la pandemia del coronavirus en Barcelona. 

Emilio Morenatti ha hecho historia con su Premio Pulitzer 2021.
Emilio Morenatti ha hecho historia con su Premio Pulitzer 2021.
Associated Press

¿Ha metabolizado el hecho de ser el primer español en ganar el Pulitzer en solitario?

Todavía no me lo creo. Han pasado tres semanas y no lo proceso. De hecho, creo que no lo voy a terminar de procesar nunca porque es algo que cuando uno empieza en esta profesión piensa que no está a su alcance. Recuerdo que en mis inicios me decían, “anda, que vas a ganar el Pulitzer”, de las fotos tan malas que hacía. Es un reconocimiento muy estratosférico.

Es un éxito que suena a ciencia ficción.

Totalmente. Además, como la empresa en la que trabajo –Associated Press (AP)– es americana, todavía le da más bombo. Casi te coloca en el título de leyenda. Yo soy de Jerez, lo de leyenda no lo asumo. Intento disfrutarlo, aunque me cuesta un poquito.

Ha cubierto conflictos por todo el mundo, pero curiosamente ha ganado el Pulitzer con un tema para el que no ha tenido que salir de España.

De hecho, no he salido de la ciudad donde resido –Barcelona–. En realidad casi no he salido de mi barrio, el Poble Nou. Muchas de esas fotos han sido tomadas allí, y el resto en barrios cercanos. No me he movido en un radio de más de 10 kilómetros, incluidos hospitales y morgues. Esta es la parte que cobra más peso y la que más presión me mete. Por ejemplo, si AP me manda a una zona que ha sufrido un tsunami y hago una foto bestial por la que me premian, me parece simplemente interesante. Pero en este caso ha sido algo excepcional porque todo ha sido cosecha propia que me he ido trabajando día a día en un año. Este reconocimiento me fascina porque por primera vez en la historia del periodismo se ha cubierto una historia global, la pandemia. Ganar con una historia global lo hace todo más grande.

Supone un mensaje estimulante para muchos periodistas.

Esa es la esperanza. Esto demuestra que no necesariamente tienes que ir a una zona de conflicto donde ocurren cosas muy potentes. Todas las fotos las he hecho con mi patinete eléctrico saliendo de casa y volviendo a casa. Me confinaba para no contagiar a mi familia. Ha sido una cobertura doméstica o local que ha tenido una repercusión internacional.

Una elaboración doméstica pero con mucho trabajo detrás. No le pusieron facilidades.

Hace poco hablé con una representante del Ministerio de Sanidad y le expliqué las dificultades que tuvimos los fotoperiodistas españoles para cubrir la pandemia. Me reconoció que estuvieron tan saturados que la situación les desbordó. Ante ese desbordamiento, yo sabía que no me iban a abrir las puertas en ningún sitio. Las repetidas negativas fueron un estímulo. Pensé: esto te lo tienes que ventilar tú solo. Los únicos que me echaron una mano fueron los enfermeros de atención primaria con los que fui a visitar a ancianos enfermos que se habían quedado aislados en sus casas al principio. Vi que la historia estaba allí, no en las UCIs. Consideré que el ángulo de la pandemia estaba en esa parte vulnerable de la sociedad que se había quedado aislada sin apenas atención. Algunos eran tan mayores que no eran admitidos en los hospitales. Tiré de ese hilo y perseguí la historia por allí. Había que testimoniar a esos ciudadanos que lo estaban pasando fatal. Fueron unas historias tremendas.

Sus fotos, que llegaron a ser calificadas como demasiado duras, contaron una realidad que en ocasiones no aparecía en los telediarios.

Yo creo en la línea de investigación personal de cada periodista. Nunca está en las fuentes oficiales. Hice una historia de gente que durmió en la calle durante la pandemia y les hice un seguimiento. Dormían en el centro sin ninguna ayuda, sin recursos. Era otro historión que había quedado eclipsado con las UCIs saturadas. Salía diariamente dos o tres veces a la calle para ver qué estaba pasando allí. Al margen de eso, seguía solicitando permisos oficiales para entrar en cementerios y otros lugares. No los conseguí y tuve que colarme. Nos cerraron todas las puertas oficiales.

Algo similar le sucedió a Gervasio Sánchez en Aragón.

Gervasio, uno de los periodistas más conocidos de España, tuvo también dificultades. Tuvo que hacer fotos con el móvil porque se metía de extranjis en los sitios. Eso no dista mucho de otras guerras que hemos cubierto, en las que tienes que buscarte la vida. En mi caso, apliqué mis experiencias pretéritas a la cobertura de la pandemia. Decidí no quedarme en casa ni un solo día.

¿Cómo nació esa vocación tan profunda?

Estudié Delineación y pretendía formarme en algún tipo de ingeniería técnica. Pero mi hermano, que descubrió la fotografía antes que yo, tenía un laboratorio en blanco y negro que le compró mi padre en 1985. Aquello transformó mi vida. Mi pasión primaria con la fotografía fue practicar con el laboratorio. Fui siguiendo los pasos de mi hermano. Mi padre era policía y nos soplaba cosas que pasaban en la ciudad. Cogía la cámara que le sobraba a mi hermano y me lanzaba a lo loco. Llegábamos a los sitios los primeros y me encantaba esa adrenalina. Entendí que si se justificaba todo con una buena foto eso me permitiría convertirlo en un estilo de vida. Con el tiempo, descubrí que en realidad sí me gustaba lo de llegar el primero y presenciar cosas que nadie ve, pero luego me enamoré de algo que todavía persiste, que es el compromiso con algo que uno hace y puede ayudar, no a cambiar la sociedad –que es algo muy pretencioso–, pero sí a invitar a una reflexión. Es muy gratificante cuando alguien te dice que se ha pasado un rato mirando mis fotos y que les provoca un clic. Cuando alguien reflexiona a partir de una foto mía, esa es la auténtica gasolina que me mueve, me importa más que el Pulitzer. El reto para mí es transformar una realidad que yo fotografío en algo parecido a un icono que queda en la gente. Eso he hecho en la pandemia, hacer fotos para que nunca se nos olvide.

Sus notas biográficas dictan que usted nació en Zaragoza en 1969. ¿Cuál es su historia?

No quiero herir a nadie. A mi padre lo destinaban a diferentes sitios. Mi hermano nació en San Sebastián. Yo nací en Zaragoza y a los pocos días trasladaron a mi padre a Jerez y me llevaron en un dos caballos. Nací en el hospital militar de Zaragoza pero crecí en Jerez. Me siento un poco maño-jerezano.

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