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Hallada en Rueda de Jalón una excepcional lápida funeraria árabe del siglo XII

Pertenecía a la esposa de un alto funcionario de la taifa de Zaragoza, que falleció el 19 de julio de 1105

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Detalle de la lápida funeraria encontrada en Rueda de Jalón.
Heraldo.es

Al anochecer del 19 de julio del año 1105, apenas unos días después de que la Virgen se apareciera sobre las murallas de Ejea y Alfonso I tomara esa ciudad, que se ganaría así el sobrenombre de ‘de los Caballeros’, una mujer fallecía en lo que hoy es la localidad zaragozana de Rueda de Jalón.

Desconocemos su nombre pero no era una mujer más, sino la esposa (en realidad la viuda) de un alto funcionario del estado taifa de Zaragoza. Su familia, transida de dolor, encargó que le esculpieran una impresionante lápida de alabastro para el panteón familiar que, entre citas del Corán, le deseara: «¡Se apiade Dios de ella, le perdone y dé por buena su obra!».

Novecientos catorce años después, mientras se realizaban unas obras de saneamiento en la calle del Barranco de Rueda de Jalón, en la confluencia con la de Félix Burriel, los operarios tropezaron con una losa blanca labrada con enigmáticos trazos. De inmediato paralizaron los trabajos y llamaron al alcalde de la localidad.

"En Rueda hay una gran sensibilidad por el patrimonio histórico –recuerda ahora Bernardo Lario–, así que los trabajadores enseguida vieron que aquello tenía valor. La pieza se trató con el máximo cuidado hasta que se certificó su importancia. Hablamos con la Universidad de Zaragoza, con la DGA y con el Museo de Zaragoza, donde finalmente fue depositada".

Carmen Barceló, especialista de la Universidad de Valencia, acaba de publicar un estudio sobre la lápida en el último número del ‘Boletín Archivo Epigráfico’. Un estudio que, de paso, pone de relieve la importancia de Rueda de Jalón en época árabe.

Según su informe, se trata de una losa de alabastro blanquecino de 51,5 centímetros de alto por 44,5 ancho y 10 de grosor. "La losa se ha conservado con una fractura central que la divide en dos pedazos –relata Carmen Barceló–. Casi todo el espacio de la estela presenta escritura árabe, por lo que se puede suponer que esta inscripción pudo haber estado empotrada en la pared de una estructura que actuara a modo de panteón familiar, como prueban los abundantes restos de mortero de yeso en el envés que se han desvelado en la limpieza de la lápida llevada a cabo por la restauradora Mercedes Blanco".

La lápida tiene 10 líneas de texto, esculpido en letra de estilo cúfico simple. Aunque falta un pequeño fragmento, en la esquina inferior derecha, se ha podido reconstruir el texto que, entre citas del Corán, habla de la muerte de una mujer, cuyo nombre no se menciona, que era esposa de Abu-l-Hasan Mukallaf, ‘ministro’ de la taifa de Zaragoza y ‘jefe militar’ del castillo de Rueda. También se menciona al padre de éste, y suegro de la fallecida, personaje relevante de la taifa.

Para Isidro Aguilera, director del Museo de Zaragoza, se trata de "un hallazgo sensacional porque apenas ha llegado a nuestros días epigrafía árabe. Es la lápida musulmana más importante que se ha descubierto hasta ahora en Aragón, y hay que agradecer al alcalde de Rueda de Jalón que haya obrado con sensibilidad por el patrimonio, conforme a la ley y de forma diligente".

Aguilera destaca que durante la restauración se han descubierto restos de policromía en la lápida, que estuvo pintada de color azul y las letras de rojo.

Mientras, el Ayuntamiento de Rueda de Jalón trabaja para dar a conocer el hallazgo. "Queremos darle la relevancia que merece –asegura el alcalde, Bernardo Lario–. Hemos encargado una copia para tenerla en el pueblo, y la idea es presentarla. Llevamos años impulsando publicaciones sobre la historia del municipio y nos gustaría repartir también copias del artículo de Carmen Barceló donde se estudia la pieza".

Pocos conocen la importancia histórica que tuvo Rueda de Jalón hace 900 años. Para el arquitecto e historiador Javier Peña, "hasta el siglo XII Rueda era una ciudad mercantil, con un barrio judío tan importante que estaba en su propio nombre: se la llamaba Rueda de los Judíos. Hay indicios que nos indican con claridad esa importancia, como el hecho de que una de las antiguas puertas de Alagón, por ejemplo, se llamara ‘Puerta de Rueda’, no ‘de Calatayud’ ni de ninguna otra localidad importante de la zona. En época musulmana, tenemos que verla como una ciudad pequeña pero importante, como lo fueron Huesca o Monzón". Por eso, no es casual que se haya encontrado allí una lápida tan excepcional.

"Su castillo era el segundo palacio de los sultanes de Saraqusta. No solo iban allí a cazar, a descansar o a pasar el verano, sino que también era su lugar de residencia cuando había crisis o revueltas y la inestabilidad política lo aconsejaba. El último sultán de Saraqusta, Abd-al-Malik I, residió allí, protegido por Alfonso I, hasta su muerte en 1130".

Este sultán, en oposición a los almorávides, luchó hace ahora 900 años en la batalla de Cutanda al lado del rey de Aragón y del duque de Aquitania, Guillermo ‘El Trovador’, abuelo de Eleanor de Aquitania, quizá la mujer europea más poderosa de la Edad Media.

"Esta señora heredó de su abuelo un jarrón de cristal que está en el Museo del Louvre –relata Javier Peña–, que en su base pone que es un obsequio de Mitadolo. La pieza fue estudiada por el catedrático norteamericano George T. Beech, una autoridad en poesía trovadoresca y autor de un libro sobre los últimos años de Saraqusta, que llegó a la conclusión de que Mitadolo era el último sultán de la ciudad".

Cada testimonio epigráfico es una joya para los historiadores. Si ya en origen no fueron muchos los textos cincelados en piedra siglos atrás, el tiempo hizo que en muchos casos se reaprovechara la piedra y se fragmentara o perdiera la inscripción.

Uno de los casos más llamativos de los últimos años se ha dado en Aragón. Un alumno turolense de la Universidad de Granada enseñó al historiador José R. Ayaso las fotografías de unos fragmentos de una inscripción judía de gran tamaño para que se la tradujera. Ayaso lo hizo y le recomendó que diera parte del hallazgo a las autoridades regionales. Pasado el tiempo, y al no tener noticias, Ayaso hizo averiguaciones para acabar descubriendo que la lápida... había desaparecido. Gracias a las fotografías, que había escaneado, publicó en 2018 un artículo sobre la pieza en la revista ‘MEAH. Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos’. Se trataba de la lápida funeraria de Mosheh Najarí, perteneciente a una conocida familia de Albarracín asentada en Teruel en el siglo XIII. Apareció en la zona de las Cuevas del Siete y al parecer la lápida había sido recortada para ser reutilizada como pilón de agua.

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