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Ocio y Cultura

ARTE Y ESPECTÁCULOS. OCIO Y CULTURA

Mariano Alonso-Pérez Villagrosa, el ingeniero zaragozano que hacía volar un bólido


Este pintor, cartelista y empresario promovió un espectáculo circense, El Autobólido, que triunfó en París, Lisboa o Nueva York de 1904 a 1914

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Mariano Alonso-Pérez (en el centro, con bastón), junto a sus hijos y al equipo del Autobólido. Mauricia de Thiers a lomos del caballo.
Archivo Carlos Alonso-Perez.

Que los aragoneses era especialmente utópicos y que se ponían el mundo por montera ya se sabía: ahí están Servet, Pedro Porter y Casanate, Félix de Azara, Goya, Buñuel, Cajal y tantos y tantos que se han atrevido con lo posible e imposible. Y otro de ellos, menos conocido, fue Mariano Alonso-Pérez Villagrosa (Zaragoza, 1857-Madrid, 1930, que ha sido objeto de estudio de dos investigadores: Fernando Alcolea, que ha documentado sus espectáculos y su labor en París, y el joven zaragozano Guillermo Juberías Gracia. En su libro de historia del arte, ‘Entre la bohemia y el salón. París y la pintura de género aragonesa, 1870-1914’ (Rolde, 2020) llama la atención de este personaje que fue muchas cosas: pintor, cartelista, pero también empresario de espectáculos circenses. Entre ellos, uno que dio mucho que hablar y que fue reseñado en varias publicaciones: El Autobólido, que se presentó por por primera vez en el teatro Folies Bergère de París el 3 de septiembre de 1904.

¿En qué consistía la función? Guillermo Juberías cuenta: “Mariano Alonso-Pérez lo debió de ir ideando en los años previos, en los que triunfaron en París este tipo de espectáculos circenses arriesgados. Fue la época en la que se pusieron de moda los saltos mortales con bicicleta, por ejemplo. La atracción del Autobólido fue publicitada como el primer salto mortal en automóvil de la historia. La sala estaba ricamente decorada e iluminada con luz eléctrica”. Dentro del bólido, que recorría catorce metros y efectuaba un salto mortal en forma de parábola, viajaba siempre una conocida actriz de circo, Mauricia de Thiers, de la que existe una biografía: ‘La femme bilboquet. Biographie de Mauricia de Thiers’, redactada por Alain Woodrow.

El interés de ese artista, influenciado por Watteau y Fragonard, brota de su condición de “ingeniero y por su talento de artista versátil. Pero contó con la colaboración de Maurice Garanger, otro ingeniero que construyó el sistema de raíles, tal como cuenta Fernando Alcolea”, explica Guillermo Juberías.

El impacto y el riesgo

El impacto del espectáculo, que entrañaba muchos riesgos, fue grande. Las crónicas que se conservan indican que la sala permanecía en un silencio total cuando iba a producirse el salto y luego se oían aplausos y gritos. “En la biografía de Mauricia de Thiers se incluyen recuerdos de asistentes al espectáculo -agrega el joven historiador-. Era algo arriesgado y de hecho, Mauricia sufrió un accidente grave en Lisboa. Los números los ensayaban con un maniquí colocado en el interior del automóvil. Era todo un prodigio: el coche recorría 14 metros en el vacío y daba una vuelta completa. Ella no lo accionaba, sino que se movía de forma automática. El coche pesaba 400 kilos y medía 1 m x 1,60 m. Utilizaba un sistema de frenado progresivo para no salirse de la pista”, describe Juberías.

El Autobólido de Mariano Alonso-Pérez Villagrosa.
Retrato de Mauricia de Thiers.
Archivo Juberías/Carlos Pérez-Alonso.

Si Mariano Alonso-Pérez Villagrosa era fascinante (“fue pionero en la reproducción de sus creaciones a través de nuevos procedimientos gráficos”), Mauricia de Thiers no lo era menos. Fue muy famosa en el París de la Belle Époque, consiguió mucha fama y fortuna; en los retratos fotográficos que de ella se conservan viste con elegancia y usa muchas joyas. No solo ejecutaba El Autobólido, sino que hacía otros dos números: el ‘saut périlleux à cheval’ y el ‘bilboquet humain’. Más tarde, cuando Mariano Alonso-Pérez ya había regresado a España, “en 1916 se casó con el crítico de arte Gustave Coquiot y entró en contacto con la bohemia artística parisina de la época. Fue amiga de la modelo y artista Suzanne Valladon. Debió de tener un romance con el escritor francés Jean de La Hire”, añade Guillermo Juberías.

El accidente de Lisboa y el regreso a España

El Autobólido tuvo un largo recorrido por Europa y saltó el charco. “Fue patentado en Estados Unidos en la US Patent Office, con el número de registro US795087, llegando a un acuerdo con el célebre circo Barnum & Bailey para los derechos de explotación”. Se conservan varios carteles muy elegantes al respecto. Abunda Juberías: “El circo publicitaba el Autobólido con espléndidos carteles, que no fueron realizados por Alonso-Pérez. También he encontrado referencias a su representación en el Circo Rancy de Lyon, en el Cirque Royale de Bruselas y en Lisboa, donde según Fernando Alcolea tuvo el accidente, en 1906. El nieto de Alonso-Pérez guarda recortes de prensa del ‘New York Times’ sobre el paso por EE.UU. de este espectáculo”. El pintor, ingeniero y empresario, concibió este entretenimiento en colaboración con sus hijos Carlos y Mariano, que le proporcionó “una considerable fortuna”.

La atracción, tras la I Guerra Mundial, ya no volvió. Entre los recuerdos de esta función, Mariano Pérez-Alonso hizo un cuidado cartel para el estreno absoluto en el Folies Bergère.

El Autobólido de Mariano Alonso-Pérez Villagrosa.
Cartel del circo The Barhum & Bailey, que explica el salto mortal del Autobólido.
Archivo Juberías/Rolde.

Mariano Alonso Pérez-Villagrosa había estudiado en la Academia de Bellas Artes de San Luis, luego prosiguió su formación en Madrid y Roma (allí nació su primogénito Antonio en 1882) y posteriormente se asentó en París, donde frecuentó a artistas como la zaragozana María Luisa de la Riva, pintora de flores de flores y de naturalezas muertas, o José Moreno Carbonero, pero también al músico Gounod, que compuso la ópera ‘Fausto’. Alonso-Pérez alcanzó reputación como cartelista y pintor, y llegó a hacer una portada para ‘Vogue’ en 1903. Se instaló en Madrid y cayó, poco a poco, en el olvido. En su libro ‘Entre la bohemia y el salón’, Guillermo Juberías recuerda que el 24 de noviembre de 1930, la revista ‘Comoedia’ se hizo eco de su muerte.

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