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Ocio y Cultura

poesía española. artes & letras

Eloy Sánchez Rosillo: poemas que dicen la verdad

Una lectura de uno de los mejores poetas españoles con motivo de la publicación de su último poemario: 'La rama verde' (Tusquets)

Eloy Sánchez Rosillo publica 'La rama verde'.
Eloy Sánchez Rosillo es el poeta de la memoria, de las pequeñas cosas, de la vida, de los pájaros, de la despaciosa felicidad.
Juan Ballester.

Soy lector de poesía desde hace décadas y, aunque resulte duro decirlo, una parte importante de los libros que se publican en este género son completamente prescindibles. Conviene, pues, llamar a las cosas por su nombre, no perder el tiempo, fijar el rumbo. Por eso, cuando uno encuentra un libro que no deja indiferente y que sabe transmitir, sin coleccionar fósiles, el significado de lo esencial (la muerte, el amor, la infancia, los silencios que desbrozan…), no queda sino exclamar de forma categórica, incluso con vehemencia, «¡esto, sí!». Y eso es lo que me ha sucedido con ‘La rama verde’ (Tusquets: Nuevos Textos Sagrados. Barcelona, 2020), último libro publicado por Eloy Sánchez Rosillo, un autor al que leo desde que obtuvo, hace ya bastantes años, el premio Adonais con su 'Maneras de estar solo', libro que se inicia con un emblemático arranque de Pessoa: "Ser poeta no es una ambición mía: / es mi manera de estar solo".

‘La rama verde’ es un libro que aúna, de nuevo, contemplación, sencillez e intimidad, mezclando en sus páginas diario y autobiografía. Parece fácil aunar todo eso, pero no lo es. Y tampoco es fácil usar, como lo hace este autor, un lenguaje desnudo, conciso y cuidado a la vez, que convierte la vida en su gran argumento ("…estar vivos del todo mientras dure la vida").

"‘La rama verde’ es un libro que aúna, de nuevo, contemplación, sencillez e intimidad, mezclando en sus páginas diario y autobiografía".

Muchos de estos poemas son narraciones donde, resulta curioso, no hay grandes acontecimientos. Pero el discurrir cotidiano, lo vivencial, la certera reflexión ("Existir es eso: / un azar incesante"), le dan a cada texto consistencia, voz propia, incluso la legitimidad implícita de lo intemporal situada en ese ya mencionado terreno autobiográfico donde no tienen cabida, como debe ser, lo solemne ni lo vacuo.

Merece la pena escucharlo

No hay temas nuevos en la poesía de este escritor. Para qué. No lo necesita. Hay quien dirá que eso es un defecto. Yo creo lo contrario. Su escritura muestra una forma de estar y ver el mundo. Y la escritura también sirve para descifrarnos.

Atardece cuando hablo por teléfono con Eloy Sánchez Rosillo. Vive en Murcia. En la conversación hace recuento de su trayecto universitario, que ya queda atrás. Nos reímos porque el humor está presente en sus descripciones. Sabe, y me lo dice, que hay profesores de literatura que nunca entran en una librería. ¡Qué pena, pobres!

La poesía puede reflejar lo que uno es o lo que uno ve. Con él sucede. Y se lo digo. Pero su respuesta es el trazo firme de un lápiz: "Me interesa la emoción, es lo fundamental. Si el poema te deja indiferente, lo mejor sería dedicarte a jugar a la baraja. Un poema debe conmover, y esa emoción transforma, hace que seas otro".

Eloy Sánchez Rosillo: "Me interesa la emoción, es lo fundamental. Si el poema te deja indiferente, lo mejor sería dedicarte a jugar a la baraja. Un poema debe conmover, y esa emoción transforma, hace que seas otro"

Ha sido un poeta elegíaco, sin duda, pero ahora conviene introducir varios matices en esa afirmación. ¿Ya no lo es? Sí y no. Los matices son suyos. "La vida la vas entendiendo poco a poco, y ahora comprendes cosas que antes no veías". En su libro anterior, ‘Quién lo diría’, hay un poema titulado Sin edad, que comienza así: "En este cuerpo mío que envejece / habita el hombre sin edad que soy. / Cuánta melancolía. Y cuánta dicha". Y en ese poema se autodefine como "alguien que está en el mundo y que lo canta / desde un asombro sucesivo y quieto".

Abrir los ojos resulta esencial. Me lo dice. Y nos detenemos en esos pájaros que salen en sus poemas: el gorrión que se posa en la mesa, el petirrojo que se encontró en Cuenca, el verdecillo, los mirlos y, cómo no, el emblemático jilguero, al que veía en los largos veranos que pasaba, de niño, en una finca familiar situada en la Mancha, entre Albacete y Ciudad Real. En otros autores se repiten los motivos urbanos: bares, transportes públicos, chicos o chicas adornados por la noche, ‘gin tonics’ troquelando la piel… 

Con Sánchez Rosillo rebrota siempre la exaltación de la naturaleza. Podría ser urbano. Más de un atisbo hay sobre ello en el poema ‘Celebración y elegía’. Pero su identidad es otra. Y no tiene prisa. Quizá nunca la ha tenido. Noto, por eso, que el tiempo no lo manipula. "Mi consideración del tiempo ha cambiado". Insiste en ello. Hay claridad en algunas insistencias.

Lista personal

Varios poemas de Sánchez Rosillo permanecen dentro de uno, es mi caso, aunque haya pasado mucho tiempo desde que fueron leídos. Me ocurre con ‘Casta diva’, que está en su libro ‘Autorretratos’. Y también con ‘Una temporada en el infierno’, que muestra y cuenta su estancia en un internado cuando era colegial, incluido en ‘La certeza’ (poemario que obtuvo el premio Nacional de la Crítica en 2005). ‘La rama verde’ tiene también unos poemas que han pasado a formar parte de mi lista esencial. El primero de ese grupo se titula ‘En la mañana inmensa’, que es el mismo poema, pero vuelto del revés, que ya publicó en su libro ‘Autorretratos’ con el título ‘La playa’.

Poema enorme es ‘Date prisa’, dos palabras que su madre le dice cuando tenía seis años. La fuerza del pasado y la visión de la muerte. El niño confiado que sonríe. La constatación de que pérdida y serenidad pueden convivir. Y otro gran poema es 'Reencuentro', de atmósfera misteriosa, donde está de nuevo la madre y en el que se perpetúa lo vivido. Un poema es otra forma de subrayar la verdad. Y nada de ambigüedades. Nada de insustancial. Los laberintos no sustentan el mundo. ¡Cómo me gusta entrar en la escritura de Sánchez Rosillo!

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