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Ocio y Cultura

NOVELA NEGRA. ARTES & lETRAS

El sueño eterno del escritor Jon Lauko

Recuerdo y trayectoria de un escritor de tierras del Jiloca que sucumbió a la covid, cuyo nombre auténtico era Francisco Rubio (1948-2020)

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Retrato del escritor de Caminreal Jon Lauko, afincado en Euskadi.
Archivo Lechón/Lauko.

Francisco Rubio Montaner (Caminreal, 1948–Barcelona, 2020). En Caminreal se acercó a la era donde aprendió a montar en bicicleta y guardó un puñado de tierra en un tarro de cristal dejando escrito de un modo maravilloso en ‘Camino Real’ su deseo de llevársela cuando emprendiera el viaje definitivo.

Solía regalarnos recuerdos con la infancia como protagonista en ‘El Comarcal del Jiloca’. En ‘Otro verano’ nos contó los años transcurridos en Calamocha, donde vivió el despertar a la vida y a la lectura cuando a su padre, maestro de escuela, lo trasladaron y le regaló una colección de novelas que leería entre moscas y calor a la hora de la siesta.

Con la jubilación comenzó a publicar. No le fue fácil, «si te autopublicas nunca sabes si lo que escribes es bueno». Ello le llevó de una editorial a otra hasta que encontró quien creyera en él. En el año 2011, Meteora le publicó ‘Donostia’, la cual firmaría como Jon Lauko dejando atrás el nombre de Paco Rubio con el que había escrito ‘Viaje a la comunidad de Albarracín’, en Cuadernos Literarios Alazán (Bilbao), así como varias publicaciones académicas como profesor de matemáticas que fue.

Al llegar a San Sebastián lo hizo decidido a recorrer el País Vasco y contarlo. Una noticia en prensa a propósito de un agente doble le llamo la atención y por fin se decidió a escribir novela negra. Con su seudónimo rindió homenaje a la obra del maestro del suspense John le Carré, traducido como Juan Cuadrado, Jon Lauko. Un año después publicaba en Atlantis ‘Barrendero, enterrador, ferroviario’ (2012). Ambientada en Albónica, la Calamocha de los 50 del siglo XX. La escribió en menos de un año gracias a los recuerdos de la niñez con su habitual precisión matemática.

La considero su mejor obra. Novela negra rural, homenaje esta vez a García Pavón y su célebre personaje Plinio. Agapito en el caso de Lauko, quien da un paso más allá conformando una novela negra, rural, coral y con un destacado papel de la mujer fuera de los tópicos, serán guapas, harán preguntas, tendrán iniciativa.

Dos años más tarde en 2014 publicaba en Goodbooks ‘Estación París’ y con esa misma editorial en 2018 ‘Cancán’, en la cual incluía ‘Donostia’, ‘Estación París’ y ponía fin a la trilogía con ‘El Parque de Cismigiu’. Tres novelas en una. Suspense, intriga, espías, militares, gente normal. Su España es la de la transición. ETA, golpe de estado, asalto al banco central de Barcelona. No hay tregua, minucioso, te engancha, te hace pensar y resulta más que evidente llegar a creer que Paco Rubio escribió lo que tal vez vivió en primera persona. ¿Fue matemático o un agente doble?

Entre tanto en 2015 vio la luz ‘El jardín de los naranjos’ (Editorial Sekotia), obra a la que dedicó toda su vida con el Albarracín de los siglos VIII al X como protagonista. El mundo árabe fue otra de sus pasiones. Una historia tras otra, cristianos, judíos, árabes, viajeros, guerreros, monjes y una partida de ajedrez. Poesía en prosa. Una obra que temía que al lector «se le cayera de las manos» por no ser fácil su lectura. La misma novela, en una edición más cuidada, se publicó en 2018 como ‘El sable de la dinastía’ (Predecesores Ediciones PG).

Hace un año, estaba ilusionado. Había conseguido una editorial e iba a reeditase ‘Barrendero, enterrador, ferroviario’. Soñamos con presentarla un atardecer en el cementerio de Calamocha. Pero un día de marzo volvería a casa armado con tan solo una barra de pan y el periódico, infiltrado ya el covid en su cuerpo. A continuación, llegó el hospital, los meses en la uci y Jon Lauko, uno de los nuestros, iniciaba el camino real hacia el sueño eterno en agosto con un tarro de cristal como equipaje.

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