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música

"Duende es el canto bonito; a veces aparece y a veces no"

Arturo Jiménez, cantaor, percusionista y vendedor del Rastro zaragozano, publica un disco de flamenco con resonancias aragonesas

Arturo Jiménez, en el barrio de La Magdalena, donde vive y canta flamenco.
Arturo Jiménez, en el barrio de La Magdalena, donde vive y canta flamenco.
Toni Galán

Arturo Jiménez quizá sea uno de los secretos mejor guardados del flamenco aragonés. Humilde comerciante del Rastro de Zaragoza, casado y padre de cinco hijos, para el buen aficionado al flamenco –y en Zaragoza los hay en cantidad– es ciertamente conocido. Pero acaba de publicar su primer disco, ‘Aromalí’ (en verdad, en caló), que está lleno de sorpresas y va a ser lanzado por todo lo alto, con presentación a los medios y concierto en la festividad del 5 de marzo.

Jiménez es hombre de silencios y de no presumir, y el disco supone un paso al frente para exponer su flamenco, desnudo, ante el público. Es uno de los fundadores de la Peña Unión Flamenca y estuvo en formaciones como Sonacay Caló, La Querencia, Norte Flamenco o Azul y Nácar. Y es uno de los cantaores de la Orquesta Popular de la Magdalena, con la que ha participado en la grabación de los dos discos de ‘Flamenco diásporo’. Pero en ‘Aromalí’ es, por fin, protagonista exclusivo.

"Llevo cantando desde pequeño y necesitaba grabarlo –asegura–. Mi familia materna es de Nájera, de La Rioja. Mi madre canta muy bien pero siempre ha sufrido de asma, y mi tío Ismael Gabarri tiene una voz increíble. Yo he crecido con ese canto, en esa tradición. No puedo decir mucho más, aunque también soy un estudioso. Tengo un montón de discos antiguos, y están todos superrayados de lo mucho que los he escuchado".

Forjado en peñas, festivales y tablaos, admirador de Camarón ("recuerdo perfectamente cómo me enteré de su muerte, viendo un sábado ‘Informe semanal’ en un bar. Yo quería ser como él", evoca), reconoce sin ambages el magisterio de dos figuras clave en el flamenco aragonés: Manuel Tejuela y José Luis Cortés ‘Panoja’, ambos ya fallecidos. "Los dos han sido muy inspiradores para mí –subraya–. Tejuela me enseñó mucho del propio cante, y Panoja del cante y de los cantadores, porque era una enciclopedia del flamenco. Durante años y años he ido a su terraza a cantar con él durante horas, y la gente salía a los balcones y nos aplaudía".

Arturo Jiménez es, obviamente, un hijo de la Magdalena. "Es el mejor barrio de Zaragoza, aunque me encanta toda la ciudad y sus gentes", asegura. Y se desenvuelve en él como pez en el agua. Lo único que echa a faltar es un tablao. "El flamenco zaragozano está por reivindicar y las instituciones deberían apoyarlo más porque hay muy buenos cantaores y músicos. Es una pena que en Madrid y Barcelona haya más de una docena de tablaos y aquí ninguno".

Dueño de una voz magnética y con un absoluto dominio del compás, asegura que si tuviera que elegir uno de los palos del flamenco se quedaría con las bulerías. "Porque son muy alegres, aunque resulten difíciles de cantar. Y me gustan también los tarantos y todos los cantos de Levante: mineras, cartageneras....". En el disco ha ido del fuego a la ceniza: tangos, bulería, tanguillo, rumba, polo y granaína, para acabar con unas ‘Tonás del cierzo’, en las que se ha sentido libre y ha conjugado los sonidos del viento y de un instrumento tan aragonés como el chicotén, con estilos como el martinete, la carcelera o la debla.

"He querido que sea un disco muy variado, que me resuma como cantador y que le dé mucha importancia a la percusión –asegura el artista–. Por eso hay desde un estilo muy antiguo, como el polo, hasta piezas más modernas y libres. Creo que soy el primero que utiliza el chicotén en un cante flamenco. Todo el disco tiene mucho sentimiento".

¿Y duende? ¿Lo tiene? ¿Qué es el duende? Arturo Jiménez medita un par de segundos. "Es el cante bonito, cuando te salen las cosas mejor incluso de lo que las has imaginado. A veces aparece y a veces no. Quizá el duende tenga que ver con el cariño. Cuando vas a un sitio a cantar y te sientes respetado y querido, cuando todo es gratificante, ahí es donde suele salir el duende".

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