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Bordar: una tradición de siempre que se reivindica como nunca

Si instagram es termómetro de lo que está de moda, es el caso del bordado. Los jóvenes se apuntan a coser con bastidor, una técnica que en 2020 cambia temáticas y conceptos. Incorpora sensibilidades como la feminista y trata de desprenderse de su vinculación en España a una tarea impuesta en el colegio.

Natalia Pérezgrueso, de Venticatorce Estudio, con uno de sus bordados.
Natalia Pérezgrueso, de Venticatorce Estudio, con uno de sus bordados.
@venticatorce_estudio

Natalia Pérezgrueso, como Venticatorce Estudio, borda perros o 'La noche estrellada' de Van Gogh. Lola Goyanes es arquitecta. Bajo el nombre de Es el Gato, cose en bastidores desde grúas a torsos de mujer tatuados. Mercy Rojas (@historiaentela) ha tejido con la iniciativa Mottainai una red social en torno al bordado, algunas de cuyas expresiones se exponen en el Centro Joaquín Roncal de Zaragoza.

El bordado está de moda. Pero ocurre algo más. Que esta técnica artesanal, circunscrita ancestralmente al universo femenino, regresa con fuerza entre las jóvenes a las que, por un lado, les está sirviendo para conectar intergeneracionalmente. Y, por otro, están dando un paso más allá, utilizando el bordado como vehículo de causas como el feminismo u otras reivindicaciones sociales y hasta políticas.

"Yo he aprendido de mi madre, pero ahora también le estoy enseñando a ella", cuenta Natalia. Esta diseñadora gráfica ha encontrado en el bordado una ocupación placentera, pero también una tarea que cada vez le exige más. Sus bordados con escenas vegetales, cuadros o hasta perros (sobre foto), son cada vez más exitosos. Estos días, por ejemplo, Natalia se afana en coser pequeños bastidores con motivos navideños para colgar en el árbol, que están haciendo furor.

A su juicio, este éxito radica en que "algo hecho a mano nunca es igual; tiene un encanto muy fuerte". En el caso de los bordados de perros o de los cuadros, se añade además la minuciosidad y el valor del trabajo que hay detrás: "Un perro me puede costar 30 horas", calcula Natalia.

Esta veinteañera subraya las virtudes del bordado como "terapia relajante, capaz de conectarte con tu yo íntimo". Pero también su capacidad para establecer lazos con otras personas y recuerda experiencias como las de muchas mujeres latinoamericanas, que se reúnen en parques para bordar.

Desde hace una semanas, Lola Goyanes, con Es el Gato, su marca de bastidores bordados, se ha animado a dar clases en Victoria López, una academia de corte y confección de Zaragoza (las próximas citas, el 28, 29 y 30 de diciembre).

Sus alumnado es intergeneracional: "Hay gente de 20 y de 60, que se apunta con curiosidad". Porque, asegura, "todo el mundo puede aprender a bordar". "Yo misma no sé coser, pero sí que sé bordar". Aunque también tiene un potente componente creativo e, incluso, artístico. Para Lola, "dejar el bastidor al terminar el bordado como si fuera un marco es una manera de subrayar que el bordado es también un arte".

De eso sabe Mercy Rojas, quien en 2016 puso a andar Mottainai, una iniciativa con sede en Harinera ZGZ que reúne a artistas textiles de Aragón. Entre sus objetivos: divulgar, entre otras, la técnica del bordado. Reivindicarla como "un arte con mayúsculas". No en vano, del bordado se ha dicho que es "pintura al hilo".

En estos cuatro años, Mottainai ha pasado de reunir a apenas tres personas a juntarse (antes de la pandemia) un par de decenas. 

Mercy es colombiana y destaca cómo en España el bordado tiene una suerte de 'leyenda negra' de la que carece en Latinoamérica: "España tiene una historia traumática con el bordado, porque es una tarea que se imponía en las escuelas durante la dictadura". Algo que iniciativas como la suya y el desprejuicio de las nuevas generaciones están contribuyendo a cambiar: "Ahora hay un acercamiento lúdico al bordado, como un medio de expresión, no como una imposición o algo obligado para que una mujer fuera 'válida'", explica Lola Goyanes.

En derribar ese componente negativo trabajan las tres bordadoras. En el caso de Mercy, "hablando con amor del bordado". "Hay gente que no sabe ni enhebrar una aguja y nosotros le enseñamos con cariño, no con gritos". En este sentido, destaca el poder del bordado a la hora de generar un "entorno de confianza, conversación: es un dispositivo que dispara historias y lugares, recuerdos emotivos". 

Más áun, hay ejemplos, sobre todo en Latinoamérica, de cómo el bordado ha servido de vehículo para luchar contra graves atropellos de los derechos humanos, de cómo ha unido en torno a un trozo de tela a mujeres que de esta forma han podido sacar fuera duras historias de violencia machista o política.

El bordado, destaca Mercy, es una labor que puede ser "curativa", que "pasa por el cuerpo; es una tarea física". Un hecho que desde Mottainai consideran particularmente interesante en estos tiempos, "en los que parece que todo el mundo tiene que ser oficinista o usar dispositivos electrónicos".

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