Despliega el menú
Ocio y Cultura

ENSAYO. ARTES & LETRAS

Se cumple medio siglo del primer libro de Savater: 'Nihilismo y acción' (1970)

Este breve ensayo discurre entre el Camus de novela del absurdo, el Hemingway de ‘El viejo y el mar’ y el Borges de las intolerables alegorías

50 años del primer libro de Fernando Savater.
Retrato de Fernando Savater en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.
Toni Galán

En su colofón de ‘Nihilismo y acción’, 1970, justo hace medio siglo, un joven Fernando Savater de veinte años hizo su bautismo de fuego a bordo del Pequod, ‘Ahab como ejemplo’. Este breve ensayo discurre entre el Camus de novela del absurdo, el Hemingway de ‘El viejo y el mar’, y el Borges de las intolerables alegorías. En cierto modo, este breve ensayo melvilliano es ya un amago de ‘La infancia recuperada’, 1976.

Se rastrea a Swift, Defoe, Sade, Carroll, Kafka, Hesse. Pero su indagación planea con ojo de halcón sobre maestros del pensamiento como Schopenhauer, las amargas altanerías, Nietzsche, el nihilismo activo, o Spinoza, el modo odioso de de la Naturaleza despiadada, ‘Natura sive Deus’. El análisis o glosa que Savater dedica a Schopenhauer sobre el orgasmo, pag 73, primera edición de Taurus, divierte y amedrenta por igual. La lucidez dialéctica del joven Savater, un veinteañero donostiarra, resulta asombrosa.

Nos habla del entusiasmo polvoriento o del pensamiento apático. “Nada más alejado de la apatía que pensar”. En algún momento el brío de su prosa, su música enardecida, nos recuerda al Juan Benet ensayista: “Mientras dure el pensamiento arderá el deseo...” Benet se nutrió, y de qué modo, de Schopenhauer.

Quien tolera al monstruo blanco, ipso facto se erige en su cómplice. Savater escribe este ensayo sobre Ahab en los amenes del franquismo. Leer a Melville en clave política, sea en 1970 o, medio siglo después, en 2020, puede resultar una frivolidad inadmisible. Una intolerable alegoría. En todos los países cuecen sapos. En realidad, el simbolismo americano no se gestó para condenar fábulas políticas triviales. Pero Melville fascina porque el mito de la ballena asesina devora las posteriores tragedias americanas, ya sea el asesinato de Kennedy o la presidencia actual de un Ahab irrisorio en la Casa Blanca.

Todas las batallas trágicas, y Moby Dick encarna una de las más fascinantes y siniestras, están perdidas de antemano. La victoria de Ahab sobre la ballena asesina conlleva su propia inmolación, destrucción, aniquilación. Victoria pírrica. El arponero de pata amputada, Ahab, y la blanca bestia oceánica, Moby Dick, perecen en el último combate a muerte, y yacen en un lecho de algas de la misma fosa marina, como dos rivales colosales de una tragedia americana.

El sermón de los tiburones. Centenario de Melville

Mi último asombro o perplejidad con la novela de Melville, cuyo centenario hemos celebrado el pasado año, surgió al leer la cena de Stubbs, cap 64, cuando el cocinero negro, Fleece, le prepara un solomillo de ballena, recién sajado de la captura que boga amarrada al costado del Pequod. El filete está duro como una piedra y Stubbs echa pestes del cocinero. Pero para acabarla de arreglar, una manada de tiburones se ensaña con la carcasa de la ballena muerta.

El alboroto es impresionante, sobre todo en la bodega, en la sentina, cuando el estruendo llega a su apoteosis. Y Stubbs, el segundo oficial en el puente del Pequod, ordena al cocinero que ruege a los señores tiburones, cejar en sus feroces y ciegas acometidas. Y ese sermón franciscano dirigido a las seráficas criaturas, fellow-critters, constituye una cima del estilo novelesco de Melville. El tono es de una comicidad perversa. “Hermanos tiburones, a qué viene este alboroto nocturno, cesad en vuestra ciega y febril voracidad, sed complacientes con Maese Stubbs, y no le fastidiéis la cena”. Ni se me ocurre una traducción literal, me limito a trasladar un ápice de su dantesca comicidad.

En cualquier caso, es obvio que Melville se mofa de la presunta fraternidad franciscana entre todas las criaturas de Dios. El remate del discurso o sermón de San Fleece, el Negro Peluso, adquiere de súbito una inspiración rapsódica digna de un Rilke o un Baudelaire, un ángel no es nada más que un tiburón domesticado. Hace falta releer esas líneas varias veces para dar crédito a su delirante rapto lírico. “For all angel is nothing more than the shark well goberned”. Dudo que Walt Whitman se haya acercado a esa demencial altura lírica. En todo caso, para mi modesto olfato crítico, esas páginas de Herman Melville no tienen parangón en América, y si nos ponemos estupendos, no sé, no sé, quizá ni en Dante, en el propio Shakespeare. Solo Melville alcanza esa velocidad de crucero, ya que estamos en el Pequod. “All life is an experiment”, toda vida es un experimento, nos dice Emerson en su ‘Diario’. Quizá avizoraba el pensamiento salvaje americano, la filosofía depredadora sin máscaras ni ambages. El grado cero de la moralidad americana.

Etiquetas
Comentarios