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Ocio y Cultura

PINTURA. 'ARTES & LETRAS'

El arte de Miguel Ángel Domínguez: intimísima belleza en Alberite de San Juan

El pintor expone su obra ‘A solas’ en el ‘Espacio Huecha’, que ha fundado en la localidad con su familia y que dirige la poeta Marta Domínguez

Miguel Ángel Domínguez expone 'A solas' en el Espacio Huecha.
El artista y delineante e ilustrador de poemas Miguel Ángel Domínguez.
Guillermo Mestre.

El ‘Espacio Huecha’ en Alberite de San Juan, muy cerca de Magallón (patrica de Fernando Lázaro Carreter), es ya una institución que funda su razón de ser en la intimidad de la amistad, precisamente en el ámbito donde los clásicos latinos atestiguaban el auténtico origen de las obras artísticas, su bondad y su crédito: ‘in familiaritate et amicitia’.

Ese ‘Espacio’ lo fundó Miguel Ángel Domínguez y, junto a su familia, lo administra maravillosamente como permanente refugio de convivencia entre el arte, la poesía y, naturalmente, como vaso receptor de la amistad y de sus trasvases sociales y humanos. En la amistad, en el ejercicio íntimo de este valor superior es donde hoy por hoy se encuentra la verdadera virtud de la obra artística, su vigor, su nervio, su aliento posterior, sencillamente porque el peso de su significación y de su alcance críticos no tiene a priori la más mínima importancia; nace de otros valores, de puntales recónditos, arcanos, mientras que sus propósitos son únicamente la pura convicción de una realidad estética personal, el hecho meramente artístico, su materialidad alentada por el empuje de la entraña subliminal e inmediata (aunque transitoriamente ausente) del hacedor.

En este contexto único trabaja desde hace unos cuantos años Miguel Ángel Domínguez, historia viva y efervescente de una Zaragoza que durante tres décadas (1970-1990) dijo mucho sobre su fuste y sus capiteles pictóricos. Del eclecticismo (pintura, ilustración y escultura) del ‘Grupo Algarada’ del que fue parte fundacional en 1973, o quizá del propio eclecticismo estético caracterizador de todo el siglo XX, provenga la última muestra artística de Domínguez, que nos tenía muy bien habituados a una abstracción dichosamente impura (esto es: sin teorizaciones fútiles y feliz presa de un elevado y armónico sentido cromático), salpicada de elementos simbólicos que nos trasladaban a una suerte de espiritualidad mundana, ebria, sensual, incluso fragante. Sin embargo, no es el caso de esa sólida muestra no por casualidad titulada ‘A solas’ y que ocupa desde este verano las salas expositivas del ‘Espacio Huecha’.

Se revela en ella como un pintor de concepto y morfología postcubistas, aunque sin aristas ni constructivistas geometrías, disimilitudes que otorgan a este postcubismo una traza nueva: por ejemplo, la integración del marco como espacio añadido a la superficie de trabajo; la discreta aparición de formas figurativas (peces, venados, hojas…); la debida apropiación de materiales naturales del entorno alberiteño (arcillas, vegetales…); elementos propios del ‘arte povera’ (malla de arpillera). Todos ellos le conceden un sentido híbrido y, por añadidura, prudentes bajorrelieves en busca de un efecto tridimensional, prueba acabada de la manifiesta y poco común habilidad de M. A. Domínguez para crear atmósferas, para dejar en suspenso la importancia de lo conocido y, por medio de su mano, traspasar este límite para trasladarnos a lo que, de otro modo, no nos sería dado conocer; esto es, a la resolución de una realidad común a todos (al arte incluso) y que él convierte en una realidad diversa, en realidades distintas habría que decir.

Miguel Ángel Domínguez expone 'A solas' en el Espacio Huecha.
Detalle de una de las obras expresionistas, matizadas por texturas, del pintor.
Espacio Huecha.

Esta emoción distintiva de la que Domínguez se sirve es la que une muy íntimamente pintura y poesía, una atracción por la palabra poética insuflada acaso por su hija y poeta Marta Domínguez -autora de varios poemarios- y que ha propiciado varios catálogos ilustradores de otras tantas obras de poetas aragoneses contemporáneos trocando armónicamente al artista en lírico y viceversa para ofrecernos la magia del escorzo simbólico, el gesto inverosímil que de nuevo da pábulo a la armonía de la forma, del espacio y de la geometría ‘sui generis’ de esa muestra última.

La pintura de M. A. Domínguez está llena de nexos, de conjunciones y disyunciones, de llaves que desvelan la génesis humana (lo humano: ese «algo» tantas veces indescifrable) cuya traducción no encuentra signos en ningún lenguaje o sólo —quizá— en la gramática de los sentidos, Babel del corazón que sólo en sí mismo y a sí mismo se comprende y descifra: el instinto primigenio del hombre formulado en su asombro ante la belleza universalmente cifrada; esto es, la belleza que nos rinde en su cesión y entrega sinceras, que nos sume en la certeza de que lo intrínsecamente bello se encuentra exento de cualquier atribución ajena. Belleza desnuda, limpia.

Ésta es la verdadera liturgia del íntimo ritual de Domínguez; su «a solas»: la insumisión frente a la obediencia acalófila e impúdica de lo bonito.

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