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Asalto: 15 años, 15 intervenciones en Zaragoza para recordar

El Festival de Arte Urbano despide hoy su decimoquinta edición en el barrio de San José. Sus organizadores recuerdan algunos hitos de su historia.

La muy fotografiada churrería que intervino el Festival Asalto junto al Mercado Central.
La muy fotografiada churrería que intervino el Festival Asalto junto al Mercado Central
Toni Galán

Detrás del Festival Asalto, uno de los proyectos culturales con sentido que han arraigado en Zaragoza, está el equipo formado por Isabel Tris, Alfredo Martínez, Sergio Beltrán y Luis García. Resistiendo los cambios de gobierno municipal desde 2005 y con solo un año de parón –el de la Expo–, han desarrollado una actividad muy transformadora: devolviendo a la vida solares y otros espacios degradados de la ciudad, normalizando la presencia del arte urbano en ella, tejiendo una comunidad de creadores y de gentes que aprecian sus trabajos, haciendo escuela e inspirando otros festivales similares surgidos en distintos puntos de España...

En su edición decimoquinta (hoy termina y pueden apreciarse sus resultados paseando por el barrio de San José), los organizadores echan la mirada atrás, recordando 15 intervenciones artísticas de años pasados que explican la personalidad de este festival. Algunas siguen allí donde fueron creadas, enriqueciendo el paisaje cotidiano de los zaragozanos. Otras ya no están, por la voluntad efímera con que nacieron, por haber sido vandalizadas, o porque cayeron víctima de distintas presiones o para dar paso a nuevas construcciones.

Murales de la calle Estébanes. Pintados en el estreno de Asalto, en 2005. «Todo empezó allí. No existía el ‘boom’ de los grandes murales. Casi 30 artistas recorriendo el Casco Antiguo de Zaragoza y dejando pequeñas obras de puro ‘street art’ en los rincones».

‘Hombre paseando a un cocodrilo’, de Blu+San. Segundo Asalto, también en el Casco Antiguo: «Bajo este mural se situaban un par de clubes de alterne. Las chicas que trabajaban allí adoptaron aquella figura paseando un cocodrilo como un ser protector. Probablemente fue la primera vez que fuimos conscientes del potente significado personal de las obras en el espacio público para las tipologías tan diferentes de habitantes».

‘Porque sueño no estoy loco’. El mural del colectivo Boa Mistura en lo que era un solar frente a la Delegación del Gobierno se integró desde 2012 y durante cuatro años en la plaza del Pilar. Hoy hay allí pisos. «Se convirtió en un icono para diferentes colectivos. El día de su derribo, tras una humilde convocatoria, acudió un número inesperado de población para poder llevarse un trocito de la pared y mantener el recuerdo».

El ‘Solar del Conejo’. El mural creado por un grafitero belga, ROA, acabó dando nombre a un solar del barrio de la Magdalena recuperado para usos ciudadanos. El de Gante dejó muchas más obras a su paso por el festival. «La ciudad desarrolló rápidamente un cariño especial hacia ellos».

‘La araña’ borrada. El mexicano Smithe ideó una especie de insecto gigante tecnológico que compartía solar en la calle de Santiago con una Virgen del Pilar pixelada, esta obra de Boa Mistura. La primera de esas creaciones duró apenas unos meses, hasta que fue borrada por las brigadas municipales. «Ha sido el único mural que se ha tenido que eliminar de Asalto por censura».

Rosh, en el Gancho. Intervino en una esquina de la calle Las Armas con la plaza Mariano de Cavia. «Mientras el artista estaba pintando en la plataforma elevadora a la altura de las ventanas de los vecinos, estos le invitaban a que pasase a sus casas y les pintara el interior».

El cuartel general en una iglesia. Asalto estableció su sede en 2016 (con una feria de arte urbano, actuaciones, un bar...) en un templo desacralizado del parque de Delicias. Aryz pintó allí. «Es importante en la trayectoria del Asalto. En sus pinturas se encuentran detalles, guiños y mensajes ocultos, como si de un retablo de 360º se tratase».

Un lema para el barrio Oliver. La pareja portuguesa Half Studio pintó: «Cuida lo que tienes, lucha por lo que quieres». «Es una frase emblemática de la lucha vecinal del barrio. Todo el vecindario respeta esa obra y la ha asimilado como propia».

Zest ilumina Valdefierro. La obra abstracta del francés en la calle Proción llenó de color una zona de paso tan transitada como gris. «Una demostración de que es posible dignificar estéticamente espacios no resueltos arquitectónicamente».

‘La aguadora’, de Helen Bur. De 2017 como el anterior, destaca por «el vínculo tan directo de este mural con la historia de Valdefierro y las mujeres».

‘La Madonna del Viento’, de Isaac Mahöw. En la calle Boggiero, un artista local, Isaac Mahöw, imaginó una diosa del cierzo, soplando a través del Puente de Piedra. «Un mural, icono de la ciudad, que incluso hay gente que lo lleva en la piel».

La churrería de 100 Pression. Este colectivo intervino en 2010 en una antigua churrería junto al Mercado Central. «Un rincón muy fotografiado y visitado. A día de hoy perdura bajo otros tipos de instalaciones».

Un colegio lleno de color. La fachada del colegio Fernando el Católico, en Oliver, fue pintada por la argentina Animalitoland, tras un proceso que implicó a todos los alumnos. «Un mural que hace sentirse orgullosos a los peques y que forma parte de las actividades curriculares».

Intervención en el carril bici. El trío El Enigma de la Fruta trabajó en 2013 en el carril bici entre los puentes de Piedra y de la Almozara. Su obra «ha durado muchos años y ha sido disfrutada por muchos ciclistas».

La instalación de SpY en el río Ebro. Este artista madrileño ha pasado en tres ocasiones por el Festival Asalto. «Nos fascina. Sus propuestas son cada vez más ambiciosas y reconocidas a nivel mundial. Con su instalación de una mano sujetando unos globos bajo el puente de Santiago (cuarto Asalto, 2009), fue la primera vez que intervenimos como festival en el cauce del río Ebro».

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