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Ocio y Cultura

Imágenes de la capital del cierzo / 23. 'Artes & Letras'

Que la Puerta del Duque vuelva a su sitio

La ciudad y sus límites. Cuando Zaragoza terminaba allí y una vez pasado el Huerva todo eran campos

Puerta del Duque de la Victoria. 1904. Autor: Silvestre Hernández Gil. Archivo Hernández-Aznar
Puerta del Duque de la Victoria. 1904.
Silvestre Hernández Gil. Archivo Hernández-Aznar

Sobre esa pared el Circo Ruso pegaba aquellos enormes cartelones donde las trapecistas y los leones parecían querer saltar a la calle, como si huyesen de Berlín Este. Con la creación del mural de la Puerta de Duque en 1988 se quedaron sin esa alternativa, pero la ciudad ganó belleza. Hace algunos meses, sin embargo, se concluyó que el desplome de la fachada era inminente, siendo impepinable picar de arriba abajo la obra de Alfonso Forcellino. Ignoro qué “real academia” decide las obras de arte que por ser de un género “menor” son susceptibles de ser eliminadas en cuenta de restauradas.

Pero vayamos a la puerta.

Antes hay que recordar que antaño para llegar al convento de San José, al otro lado del Huerva, se cruzaba por el puente homónimo, situado más o menos en la revuelta de ERZ. Arruinado en los Sitios se tendió una pasarela provisional unos metros río arriba, tan provisional que una riada la arrastró, con lo que en 1855 se optó por construir el puente definitivo a la altura de la plaza de San Miguel. Cruzándolo se llegaba a la rotonda de la que arrancaba, amén de otros caminos, la carretera del Bajo Aragón.

Derribada la tapia con la que la plaza de San Miguel había lindado desde tiempos medievales, se pudo acceder desde ella, tanto al nuevo puente como a la ronda que orillando unía la glorieta de Pignatelli con las Tenerías.

Esta es la historia del paisaje. La historia de la puerta fue otra cosa.

Zaragoza se sentía muy ufana por haber sido la avanzadilla de las revueltas que en 1854 pusieron fin a la Década Moderada, que en corrupción se moderó poco. Isabel II, viéndose reina de un país de barricadas rogó a Espartero que regresase a la política. El Duque de la Victoria accedió a formar gobierno, exigiendo que entre otras cosas fuesen investigadas las finanzas de la mismísima reina madre. El caso nos suena. Nuestra ciudad, entusiasta desde siempre del vehemente general, quiso honrarle en 1856 dedicándole una puerta triunfal que por desgracia, o por azares, o por otras abstractas razones, al poco colapsó. En 1861 José de Yarza proyectó una segunda, ésta vez con los dineros de Juan Bruil.

Aunque se le llamase así, la del Duque no era una puerta como otrora lo fue, por ejemplo, la que un centenar de metros más allá cerraba la embocadura de la calle del Heroísmo; recia, basta, y una vez trancada por dentro difícil de echar abajo. La aquí levantada era una puerta simbólica. Zaragoza, que al parecer no temía volver a ser tomada por asalto, en adelante prescindiría de cualquier tipo de defensa perimetral. La Puerta del Ángel, renovada en 1864, será también más decorativa que otra cosa. Lo será aún más la que se levante en Santa Engracia en la última década del siglo. Por lo demás, con la revolución de 1868 se derribarán casi todas las puertas restantes, cuyo uso seguía vinculado al pago de los arbitrios. Guerra volvió a haber alguna, pero los invasores ya estaban dentro.

La del Duque contaba con un vano central en forma de arco de medio punto, tan alto que cuando fue menester permitió pasar al trole de los tranvías. Y ojo que no era esa cualquier línea. La nº 1, 'Bajo Aragón', fue de las primeras de España. Funcionó electrificada desde los pilares de 1903 y llegaba hasta “cocheras”.

El paso se cerraba en un principio con dos fastuosas rejas fundidas en Inglaterra. A los lados columnas jónicas soportaban el entablamento, donde una inscripción rezaba “Puerta del Duque de la Victoria”, a pesar de que para cuando Yarza remató la obra, Espartero ya se había retirado definitivamente a Logroño. Coronaba el conjunto una filigrana de hierro sustentando el escudo de Zaragoza. De los laterales arrancaba un muro de ladrillo, más alto que un hombre y terminado en verja, interrumpido por sendas entradas peatonales entre pilastras que sostenían un farol. Cruzada la ronda, el puente poseía también su alumbrado. De ahí en adelante el paseante se adentraba en el campo.

Y es que una puerta, fea o hermosísima, siempre sirve para separar espacios. La de Duque constataba que la ciudad acababa allí.

No nos cabe aquí el relato de cómo parcela a parcela lo rústico pasó a convertirse en urbano. Pero no hace falta ser octogenario para recordar que a poco que te alejases en dirección a Las Fuentes, Montemolín o San José, los retazos del campo se intercalaban con la urbe. En realidad, era al revés.

No obstante, para 1904 entre los campos de labranza ya habían surgido algunas industrias y las torres exclusivamente agrícolas se alternaban con otras que servían de fincas de recreo a las clases medias y altas. El camino de San José estaba flanqueado por una sucesión de ellas, lo mismo que la carretera de Alcañiz y el que ya era llamado 'camino de las Torres' y que ahora, en el techo del absurdo, llamamos “avenida”.

En esa fecha, aunque las hojas de hierro habían sido desmontadas la puerta mantenía íntegro su conjunto. Y como antes decíamos, hay ya multitud de razones para traspasarla. Ahí al lado, por ejemplo, están los 'Viveros Municipales', hoy 'Centro de mayores Laín Entralgo'. Desde 1887 funciona en la carretera de Castellón —nótese el nombre cambiante— el modernísimo Matadero Municipal. No tan modernos pero necesarios eran los lavaderos a derecha e izquierda del inicio de Miguel Servet, calle que luego continúa recta hasta la estación de Utrillas. Y por supuesto está el Gasómetro, que tanto alteró la vida doméstica y el 'skyline'. No podemos obviar tampoco a las Hermanas de los Pobres y su asilo, abierto en 1882.

A cualquiera de estos sitios —aquí hago referencia a los confesables— se puede estar dirigiendo la pareja retratada, a quienes diríase que el paso del tranvía les fascina. La “ronda”, por donde tal vez paseaban hacía un instante, había cambiado de nombre; el tramo hasta la parroquia de San Miguel pasó a denominarse paseo de la Mina, por recordar la que excavaron los zapadores imperiales. De ahí en adelante se llamaría calle “del” Asalto, por algo parecido. No somos rencorosos pero casi. El ábside enladrillado de San Miguel ha visto ya demasiadas cosas como para que le roben su atención tales modificaciones en el nomenclátor, y menos aún un vulgar ingenio eléctrico. Es como si la parroquia dijese, “dejadme que ya tengo bastante con lo mío”.

En 1911 para facilitar el tráfico rodado la puerta fue privada de sus accesos laterales. Incluso entonces, viéndose aislado, el arco central pretendió mantenerse en pie. Lo cierto es que de haber perdurado adornaría sin estorbarnos demasiado. El autobús le pasaría por debajo. Y quizá la línea de tranvía de San José, cuando la haya.

“No te has de quedar ahí”, le dijo el Municipio.

Y en 1919 lo derribó.

Imágenes de la capital del cierzo / 23.
Puerta al Duque de la Victoria con el mural de Alfonso Forcellino.
Esther Gabriel
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