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Ocio y Cultura

pequeñas pasiones

"El primer soldado de plomo quizá fue un San Jorge"

Ignacio Martínez colecciona juguetes desde los 12 años y parte de sus fondos se exhibe en un museo en la localidad turolense de Urrea de Gaén

IGNACIO MARTINEZ ( COLECCIONISTA DE JUGUETES Y RESPONSABLE DEL MUSEO DE JUGUETES DE URREA DE GAEN ) / 22/07/2020 / FOTO : OLIVER DUCH [[[FOTOGRAFOS]]]
Ignacio Martínez, coleccionista de juguetes y responsable del Museo del Juguete de Urrea de Gaén.
Oliver Duch

Coleccionistas de juguetes hay muchos, y muy buenos, pero lo que distingue a Ignacio Martínez entre los demás es que él ha conseguido el sueño que todos acarician: tener un museo para exhibir lo que ha ido atesorando. El museo es muy completo pero modesto:apenas 140 metros cuadrados en la localidad turolense de Urrea de Gaén. En ese espacio ha conseguido que el visitante tenga una explicación cabal y resumida de lo que es y significa el juguete dentro de una sociedad. Hay pequeñas secciones centradas en temas como el juguete y la vida doméstica, la religión y la política. Y es que los juguetes son más importantes de lo que parece.

"A mi padre, Enrique, le gustaban mucho los juguetes y las maquetas, y abrió tienda en Zaragoza en el año 74 –relata–. Yo, a los 14 años, ya estaba detrás del mostrador, así que no es raro que me convirtiera en coleccionista. A mi padre le gustaban los recortables y a mi madre las casas de muñecas. He seguido en esas dos líneas pero también me he especializado en otras, como la de los trenes eléctricos".

Su primera compra fue en el Rastro zaragozano, cuando aún se celebraba los domingos en los porches anejos al Mercado Central. Lo frecuentó. "Mi abuela se espantaba, me decía que adónde iba con lo que había comprado, que a saber en qué manos había estado... Yo madrugaba mucho para ir allí porque sabía que al Rastro hay que ir madrugando, y cuando volvía a casa era ya la hora de desayunar. Les enseñaba mis pequeños tesoros. Una de las primeras cosas que compré fue un belén, que guardé enseguida y ha estado en un altillo durante 20 o 30 años. En 2015, cuando fui a por él, descubrí que cada figura estaba envuelta en papel de tiendas como el Bazar X o el antiguo Sepu. Con una plancha y mucho cuidado logramos sacar algunos pliegos de papel original de esas tiendas". Hoy, como muchos otros coleccionistas, rastrea piezas más en internet que en los mercadillos.

Se resiste a dar una cifra de los juguetes que posee. Muchos, porque al fin y al cabo, "todos los coleccionistas padecemos el Síndrome de Diógenes atenuado". pero asegura que en Urrea de Gaén presenta unas 400 piezas y que suponen aproximadamente un 10% de su colección. Así que la cuenta parece clara. Pero no acumula por acumular. "Busco juguetes que me cuenten una historia. Por ejemplo, en una vitrina del museo he colocado una Mariquita Pérez, la famosa muñeca que se hizo después de la guerra y que costaba entre 80 y 100 pesetas. Y la he contrapuesto con una muñeca de cartón piedra que en la misma época costaba 5 o 6, y enmedio he colocado una cartilla de racionamiento. Ahí hay una historia. Otro ejemplo, si yo tengo una pieza y la factura de lo que se pagó por ella, y veo que fueron 1.300 pesetas de 1953, puedo invitar al visitante a que imagine qué se podía comprar en aquella época con ese dinero. Hay museos muy científicos y documentales..., pero un museo del juguete es puramente emocional. Uno se ve reflejado en cada una de sus vitrinas".

El valor de cada juguete de colección lo pone su propietario. Ignacio Martínez, por ejemplo, destaca de entre los suyos un recortable que no tiene gran valor económico pero que, una vez montado, muestra la plaza de Sant Jaume de Barcelona en 1931, en el momento en que se proclamó la República catalana. Le cuenta cosas de la sociedad y la política de un tiempo pasado. Otro recortable, por ejemplo, es una ‘Mariquita legionaria’.

"Es anterior a la Mariquita Pérez, porque se hizo poco después del desembarco de Alhucemas en 1925. El dibujo está inspirado en las muñecas que Grace Drayton hizo para Sopas Campbell pero la niña, en una de sus manos, lleva la cabeza de un niño moro decapitado. Ese recortable nos habla de un momento histórico muy concreto de nuestro país, pero también de cómo ha evolucionado la sociedad. A nadie se le ocurriría hoy hacer algo así".

"A todas las piezas las veo siempre desde el punto de vista histórico –añade–. Los recortables, por ejemplo, se remontan al siglo XVI, y tienen, como en el caso de los soldados de plomo, un origen religioso. Se empezó haciendo santos en estaño para los que no podían comprar figuras de santos en plata. Por eso siempre he dicho que el primer soldado de plomo quizá fue un San Jorge o un San Martín. Luego, en el siglo XVIII, cuando surgieron los ejércitos nacionales, se empezaron a hacer soldados de plomo".

Siendo aragonés, persigue también piezas de fabricantes aragoneses, que los ha habido, y de calidad.

"Recacha fabricó cabezudos y hubo algunos fundidores de soldados de plomo –relata–. No conozco a nadie que en Zaragoza hiciera juguetes de chapa, pero, a cambio, los recortables de Uriarte eran magníficos, alguno de ellos no ha sido superado técnicamente. Luego están Nacoral, cuyas miniaturas de automóviles son muy buscadas por los coleccionistas, los juguetes de Cefa... Hay datos curiosos, como que en Muniesa, en Teruel, La Ilusión fabricara baratijas, juguetes de plástico que fueron muy populares".

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