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Ocio y Cultura

viajeros por aragón

Cees Nooteboom halló las montañas de Holanda en Zaragoza

El escritor holandés, que recibirá el premio Formentor en unos días, viaja por los paisajes de Aragón desde su primera visita a España en 1954

Viajeros por Aragón. Cees Nooteboom.
El escritor Cees Nooteboom en su última visita al Paraninfo.
José Miguel Marco.

Dentro de unos días, en el paraíso de Pollença, Cees Nooteboom (La Haya, 1933) recibirá el premio Formentor. Cees Nooteboom es un hombre de nuestro tiempo y un gran viajero por todo el mundo, pero también por Aragón desde que inició sus trayectos por España en el año 1954. Cada vez que venía –tiene casa en Berlín, en Ámsterdam y en Menorca, donde cultiva el jardín–, alimenta sus ritos: le gusta entrar por Jaca y contemplar esa catedral que le fascina. Suele decir que «es una de las catedrales más hermosas del mundo» y que le cautiva por «su intimidad».

Aragón aparece en varios de los textos de Cees Nooteboom: en la novela ‘Las montañas de Holanda’ (1987), en el libro de viajes ‘Desvío a Santiago’ (1992), que quizá sea su obra maestra, y en ‘Hotel Nómada’ (2002), donde recuerda que por un día no vivió el incendio del hotel Corona de Aragón en julio de 1979.

‘En las montañas de Holanda’ apareció en España, en 1990, en el sello Edhasa. Nace de un viaje de 1981 por las carreteras secundarias de Aragón que le llevaron a la Cartuja de Aula Dei. Allí, en compañía de su mujer, se le apareció el personaje imaginario Alfonso Tiburón de Mendoza, inspector de carreteras y protagonista de ese libro que sucede en Zaragoza. El propio Cees suele explicar: «‘En las montañas de Holanda’ quiso ser primero un guión cinematográfico, y acaba siendo un libro de viajes, un tratado sobre los cuentos de hadas y una novela acerca de cómo se escribe una novela». 

Dice en el volumen: «Esa carreterita lleva a un monasterio cartujo, la Cartuja de Aula Dei. Ya no quedan muchos sitios como ése. Es la orden religiosa más rigurosa que existe; los monjes viven aislados, incluso dentro del monasterio, recibiendo la comida a través de una escotilla que hay en las puertas de las celdas y congregándose solo un par de veces a la semana para elevar las preces y, curiosamente, para pasear. Me gusta el lugar». Más adelante, anota una paradoja: «En la iglesia se está fresco, y eso, en la provincia de Zaragoza, que más parece parte del Sahara que de Europa, es una bendición. Me quedo allí, meditando, y al cabo de un rato vuelvo a marcharme, llevándome un tarrito de miel elaborada por los propios monjes».

Páginas más adelante, concibe esta imagen: «La silueta de Zaragoza, cuando uno se acerca por el norte, es una de las más bellas de España. Se ven las torres de la Seo y de la Lonja al otro lado del Ebro, y la ciudad parece un barco enorme y misterioso que navega por el desierto».

En ‘El desvío a Santiago’ reaparece la capital del cierzo: «Zaragoza. Junto a dos monjas y una anciana, soy el único visitante en el museo de Bellas Artes, que albergaba también un departamento de arqueología. Las monjas me adelantaban a una velocidad de un siglo por minuto y entonces es cuando estoy realmente solo en la prehistoria española». También estuvo en el Moncayo: «La puerta del monasterio de Veruela se ha cerrado tras de mí. Oigo la hueca resonancia que vaga a través del viejo silencio, de nuevo estoy en el mundo de elección y decisión». Algunas líneas después, se queda cautivo de algunos nombres: «Mirando fijamente el mapa dejo correr por lengua los nombres españoles… La Almunia de Doña Godina, Alhama de Aragón, Sistema Ibérico, Laguna Negra de Urbión...».

Querrá conocer Teruel, glosará la Guerra Civil y apunta: «El color de Teruel depende el estado de ánimo que tengas. O bien es dorado, o tiene el color del barro seco. La catedral que todavía está cerrada. Y las atalayas construidas de ladrillo, delgadas y rectangulares placas de tierra cocida de la región, en realidad es un camuflaje». Sucumbe a la leyenda de los Amantes y los visita: «Son de nuestro siglo y tienen la espantosa autenticidad de lo cursi».

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