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Carmen París: "En el coche de mi padre se escuchaba flamenco, jotas y grandes orquestas"

La cantante y compositora aragonesa actúa esta noche, a partir de las 21.00, en el Museo de Zaragoza en el marco del ciclo ‘Música para noches de verano’.

Carmen París actúa hoy en Zaragoza.
Carmen París actúa hoy en Zaragoza.
Enrique Cidoncha

¿Cómo está viviendo estos meses tan extraños y diferentes tanto en lo personal como en lo creativo?

Han sido unos meses, por motivos familiares y por todo lo que está sucediendo, de auténtica locura. No he estado creativa debido a mi impotencia ante la situación. He estado entre Zaragoza y Madrid. Mucha gente me decía que aprovechara para componer. Es fácil decirlo pero no se han dado las circunstancias.

¿Cómo ha vivido los conciertos que ha dado este verano (en Estella, en el Festival Sonna y en Gandía)?

He dado tres conciertos en esta nueva ‘anormalidad’, como yo la llamo. Recuerdo perfectamente el primero, en Estella. Te reconforta volver al escenario y contactar con el público, pero es muy impactante ver a todo el mundo con mascarillas y separados. Me sentí muy sola. Se pierde el contacto con la gente. No les ves la cara. Aunque sé que la música trasciende las barreras, no existe la experiencia musical. Nadie sabe qué le parece al otro. Es muy extraño. Se difumina la energía que desprende la música y se diluye la fuerza del directo. Luego me senté a firmar discos y vino la gente a comentarme el concierto. Pero es a posteriori. Si van a ser así los conciertos, no sé…

Parece que va para largo esta nueva forma de asistir a los recitales.

Esto se va a cargar no solo nuestra idiosincrasia de contacto social y de nuestra forma de ser. Lleva implícito cargarse nuestra cultura. De hecho, se han suspendido todas las fiestas, que dan trabajo a músicos y artistas.

Las contrataciones se han desplomado.

Como ya estaba adaptada a austeridades, tocando y cantando yo sola... Pero todos los que llevan espectáculos más grandes… Detrás de una banda o una orquesta hay mucha gente: conductores, técnicos, ‘backliners’… Todos esos están ahora parados.

¡Vaya panorama!

La música no se va a librar de la robotización de la sociedad. Van a pretender que los conciertos sean ‘on line’. Para mí esto es cargarse los conciertos. Si este es el futuro, eliminan el fundamento del directo, por más ‘streaming’ que sea la cosa.

El otoño pasado dio una gira que recaló en Jamaica.

Fue sorprendente. Era el único país de habla no hispana que iba a visitar en la gira. Y fue el que más público tuve, en el teatro de Kingston. Me encantó comprobar que, aunque pertenezcan a la cultura anglosajona, son caribeños. La vena latina de la música les mueve igual que a nosotros. Por lo visto, no van muchos artistas por Jamaica y fui como agua de mayo para ellos. Me recibieron tan hospitalarios, tan cariñosos, siempre contentos. Y puedo decir que el teatro vibró. Les conté que, aunque en realidad no tuviera nada que ver, mi primer trabajo como cantante fue en una orquesta llamada Jamaica. ¡Quién me lo iba a decir! Fue muy emocionante. Mi primera gira en América la he hecho tras 35 años de carrera. Y estaba comenzando a recoger frutos, iba a volver a Cuba y a la República Dominicana, pero lo he tenido que suspender. Me habían invitado a cantar en el festival Boleros de Oro de Cuba y dos conciertos en abril en tierras dominicanas.

¿Cómo recuerda sus veranos de niña?

Los recuerdo como los veranos más felices de mi vida. Nos marchamos de Tarragona cuando yo tenía seis años y medio, donde mi padre era repartidor. Se asoció con otro señor para vender espejos cuando se llevaba el pan de oro. Compraban los marcos y los cristales, los montaban y los vendían en las tiendas de muebles con una furgoneta. Estuvimos un año viviendo en Tudela hasta que nos instalamos en Utebo, donde nos buscó casa el párroco, que era de Samper de Calanda como mi padre. Toda mi infancia hasta que murió mi padre a mis 18 años, las vacaciones consistían en ir por la costa en la furgoneta para vender espejos, colchonetas, sandalias de río, hamacas… Nuestros veranos eran sinónimo de recorrer la costa española, desde Cataluña hasta Andalucía. Para mí era una aventura. Nos íbamos parando en las tiendas, nos bañábamos en las playas y dormíamos en la furgoneta. Era estilo ‘Verano azul’ y por eso me identificaba tanto con esa serie.

¿Tenía presencia la música en aquellos viajes en el coche?

Mucha. Al poco de llegar a Utebo comencé a estudiar música. En los veranos me llevaba a la furgoneta la guitarra y la melódica, que mi padre también tocaba de oído. Éramos una especie de familia Trapp ambulante.

¿Cuál era la banda sonora?

En los cassettes a mi padre le encantaba llevar flamenco, jotas y las grandes orquestas. Él había comenzado a estudiar trompeta justo antes de que empezara la Guerra Civil. Pero lo tuvo que dejar. Era un gran admirador de Glenn Miller, de Benny Goodman y de Louis Armstrong. Por eso mi último disco en solitario, ‘Ejazz con jota’, era una amalgama de los cassettes que había en casa: desde el Pastor de Andorra a la orquesta de Glenn Miller. 

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