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VIAJEROS POR ARAGÓN

Wanderer, tras la huella de Bécquer y las brujas de Trasmoz

El periodista entrevistó para la revista 'Alrededor del mundo', en 1899, a las descendiente de la tía Casca y la Galga

Viajeros por Aragón. Manuel Alhamas Montes, Wanderer.
Retrato del fundador de la revista 'Alrededor del mundo'.
Alrededor del mundo.

Han sido muchos los que se han sentido atraídos por Bécquer, Trasmoz y la brujería, desde su contemporáneo Augusto Ferrán hasta Miguel Mena, que posee casa en Trasmoz y le dedicó la novela ‘Alerta Bécquer’. Y entre ellos figura un periodista y viajero, Manuel Alhamas Montes, más conocido por su seudónimo, Wanderer (‘caminante’, en alemán) que casi dio la vuelta al mundo, como corresponsal de ‘El Imparcial’ y ‘Heraldo de Madrid’. Estuvo en la guerra de Filipinas y conoció Cuba. Fatigado de recorrer caminos y países, hacia 1899 regresó a España y fundó la revista ilustrada ‘Alrededor del mundo’, título homónimo de una famosa sección que tenía en ‘El Imparcial’.

Wanderer había nacido en 1857 y fallecería en 1910. El escritor Eduardo Zamacois, en su necrológica, dijo que ‘Alrededor del mundo’ fue «su vida, su historia, el amor de su alma errante». El 17 de marzo de 1910, en el diario ‘Guadalete’, añadía que «ha vivido una existencia intensa, solitaria y original», y decía de él que «fue un hombre que poseyó, como pocos, el difícil secreto de hacerse amar».

Wanderer alimentó el mito de los Bécquer, el escritor Gustavo Adolfo y el pintor Valeriano, desde el número 3. Hablaba de Veruela y decía que «tal soledad me encanta». Agregaba que «ocho días, de quietud deliciosa, pasé en Veruela, y durante ellos mi única ocupación algo activa fue buscar gentes que hubiesen conocido al poeta». Habían pasado más de 30 años de la muerte del poeta y casi 35 de su estancia en el Moncayo. Comprobó que los Bécquer «retraídos por timidez y por pobreza, intimaron con muy pocas personas». Wanderer, en sus notas, apunta que Bécquer habría escrito unas pequeñas obras de teatro, de las que no se sabe nada, dice que había sido exacto en sus descripciones y que había buscado un tesoro en una suerte de gruta, abovedada, a la que no había podido acceder. La idea de la existencia de un tesoro, intuido por el autor de ‘Rimas y leyendas’, se había extendido entre sus amigos. Su texto iba acompañado de fotos: Manuel Alhamas Montes también era fotógrafo.

Pero su interés por Bécquer y su universo, también se desplazó a la brujería y al mito de las Galgas y la tía Casca. En otro artículo, que recogió Manuel Jalón en su libro ‘Leyenda negra de Trasmoz’ (Leyere, 2004), Wanderer evocaba el espíritu de las cartas ‘Desde mi celda’, y contaba que «tras media hora de sosegado paseo» llegó al «fatídico castillo de Trasmoz, cuna de leyendas medrosas, escenario de tragedias sin cuento, refugio últimamente de brujas y aquelarres». Confiesa que iba en busca de brujas, «para fotografiarlas y averiguar si conservan fielmente las fórmulas de conjuro, los untos y las recetas», y narra la vida del castillo: su historia está «enlazada con brujerías y anatemas» y «habla poderosamente a la imaginación».

Comprueba que, «en sus casuchas, al pie del castillo, moran la Casca y las Galgas. Desciende la primera de aquella gentil Dorotea, sobrina de mosén Gil el Limosnero, que hace porción de siglos se hizo bruja. (…) Su descendiente, la tía Casca actual, es sobrina nieta de la famosa tía Casca cuya horrorosa muerte a manos de bárbaros e insensibles fanáticos describió Bécquer con tanta fuerza de colorido que no se olvidan jamás aquellas páginas después de leídas».

Añade que «las Galgas son otra rama de la misma familia. Largas fueron mis conversaciones con una y otras. La Casca, huraña y reservada, mirábame recelosa en cuanto le hablaba de hechicería, y si algo me dijo fue siempre cuidando de advertir que eran cosas que había oído a otra. Me costó trabajo convencerla para que se dejase retratar y el cliché salió malo; sin duda le hizo mal de ojo». De las Galgas, «alegre de carácter la madre, bonita y retozona la hija», tampoco pudo saber mucho, «aunque fueron muchas mis visitas a Trasmoz».

Decepcionado Wanderer, el texto finaliza con una sorpresa: la revelación de «una afamadísima bruja de Santa Cruz de Moncayo», Catalina, que confesó, en su lecho de muerte, que «había desenterrado el cadáver de su nieto, le había abierto el cráneo y le había sacado los sesos, hecho por el cual habían sido encausados otros vecinos del pueblo».

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