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Ocio y Cultura

VIAJEROS POR ARAGÓN

Giuseppe Baretti, el ilustrado que perturbó a Goya

El viajero, escritor y editor turinés se quedó fascinado con Zaragoza,  con el llano de Cariñena y el romanticismo de Daroca, «un lugar delicioso»

Giuseppe Baretti. Viajeros por Aragón.
Giuseppe Baretti acabó escribiendo en inglés y residiendo en Londres.
Joshua Reynolds.

Hace poco, era César Pérez Gracia, escritor y columnista de HERALDO, quien ponía el foco en la figura de Giuseppe Baretti (Turín, 1719-Londres, 1789). Entre otras cosas, en su libro ‘Cartas del Coso’, decía que el viajero e historiador del arte había pasado por Zaragoza y descrito «los frescos cafres del monasterio de San Francisco», que estaban a dos pasos de la casa de Goya en el Coso. Añadía: «Esto no lo podíamos saber hasta que Baretti los describe en su ‘Viaje de Londres a Génova a través de Inglaterra, Portugal, España y Francia’, de 1760, publicado en 1768. Si Baretti se quedó alucinado, y por eso lo refleja en su libro, qué no le pasaría al pobre niño Goya, que los pudo ver hasta el hartazgo, con esa mezcla de terror y placer visual que tanto encandila a los niños, encantados de ver monstruos».

Quizá sea este el fragmento, vertido por Soledad Martínez de Pinillos Ruiz para Reino de Redonda, que turbó a Goya: «Los varios artistas que se han empleado en ese trabajo parecen haber rebuscado en su imaginación para inventar refinadas torturas para los pobres frailes, de los cuales se muestran algunos en el acto de ser aserrados vivos o arrastrados sobre piedras desiguales por caballos y toros, o pisoteados por elefantes, o traspasados por espetones de hierro y asados sobre un gran fuego por los paganos, que sonríen a través de sus espesos bigotes, además de muchos que sufren amputación de piernas y brazos, o que están simplemente decapitados o ahorcados».

Baretti fue de aquí para allá en caballerías y en calesas, y pernoctó en fondas y posadas. Fue halagador con los aragoneses y con sus paisajes, a los que calificó de románticos. Refinado y agradecido, se mostró como un cronista que tiende al reconocimiento, a la sutileza y al elogio. Dio paseos por «la bella ciudad de Zaragoza», le interesaron los monumentos y siempre estaba dispuesto a mirar con embeleso un relieve, el llano, la viña o el cauce del Ebro.

Zaragoza reclama su atención, en primer lugar por sus alrededores y por la agitación de la vendimia. «Los accesos a esta ciudad de Zaragoza son extremadamente hermosos, particularmente en este tiempo cuando todos los campesinos, hombres y mujeres, están ocupados con la vendimia. La riqueza de sus viñedos apenas puede concebirse. Nunca vi tal abundancia de uvas gordas, tan bellamente coloreadas».

Algo más adelante, ofrece un dato revelador; para ver mejor se sube a la mula del canónigo que lo acompañaba: «No recuerdo ninguna de nuestras ciudades que presente un aspecto mejor, o un territorio más encantador, que Zaragoza. Sus cúpulas y torres, los viñedos e innumerables árboles a todos lados, el llano bordeado por montañas, junto con el cielo más brillante que sea posible imaginar, formaban un paisaje bien merecedor del pincel de un Claude Lorrain», dijo. La traducción es de Esther Ortas.

No será esta la primera alusión a un artista. Giuseppe Baretti era un esteta y quizá tuviese algo de filósofo. Le gustaba mirar la naturaleza como si tuviera inclinación al éxtasis. Desde un collado de Cariñena vislumbra la tierra desértica: «Así que después de haber cenado, salí de la venta, que está colocada al pie de una colina pedregosa. (...) Un ataque de curiosidad se apoderó de mí y me empujó a saber cómo se veía la región desde la cima de esa colina». Solo vio colinas pequeñas, baldío, desolación y silencio.

Luego viene la reflexión: «Después de haber considerado lo horrible del solitario desierto, me senté en una piedra y me dije: “¡Qué lugar para la meditación hay aquí, en medio de esta eterna morada de silencio!; aquí no hay ningún hombre ni bestia, ni pájaro, nada que haga el menor ruido. Déjame sumergirme en alguna ensoñación y probar cuán lejos irán mis imperturbables pensamientos».

Más adelante, le seducen los paisajes de Daroca: «La ciudad de Daroca está colocada en el fondo de un valle: un riachuelo lo fertiliza en grado sumo y lo hace un lugar delicioso; el paisaje alrededor está agradablemente diversificado por precipicios rocosos. El imaginativo pincel de Francesco Zuccarelli nunca dibujó nada superior a lo romántico del entorno de Daroca». Ahí tenía toda la razón del mundo.

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