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Víctor Lapeña: "Mis veranos de niño eran de pura diversión y de muy poco estudio"

A sus 45 años, este zaragozano acredita un palmarés envidiable como entrenador de baloncesto femenino. Entrena al Fenerbahce de la liga turca.

Víctor Lapeña, en la playa de La Pineda (Tarragona).
Víctor Lapeña, en la playa de La Pineda (Tarragona).
V. L.

¿Cómo está asiendo su mes de agosto?

Muy ajetreado. Tanto mi esposa como mis tres hijos me acompañan en esta nueva temporada en el Fenerbahce de Estambul. Hacer la mudanza ha sido agotador. Comenzaré la pretemporada entre el 10 y el 15 de agosto, dependiendo de las jugadoras de las que pueda disponer ya que muchas están disputando la NBA femenina.

¿Cómo ha llevado estos meses tan raros de confinamiento y de ‘nueva normalidad’ en España?

Ha sido un cambio radical pero muy positivo porque me ha permitido regresar a España para estar con mi familia. Los primeros días estuve en estado de ‘shock’, no me creía lo que estaba sucediendo. A los pocos días ya me adapté y han sido unos meses muy agradables en lo personal.

¿Ha podido satisfacer alguna de sus aficiones?

Me he dedicado básicamente a estar con mi esposa y mis tres hijos: Marta, de 10 años, y los mellizos Bruno y Ana, que tienen 4. En los pocos ratos libres de los que he dispuesto, he leído varios libros, he visto la fase final de la ACB... No he echado de menos nada. Las últimas temporadas las había pasado entrenando en Rusia y en Turquía, así que el cambio me ha venido bien.

Ha disfrutado de unas ‘vacaciones’ nada habituales en su carrera.

No recuerdo haber estado parado tantísimo tiempo. Mis veranos los dedicaba básicamente a mi club y a la selección nacional femenina. Por eso agradezco cosas tan aparentemente pequeñas como ir a la playa con mis hijos –nuestra residencia familiar está en La Pineda (Tarragona)– o charlar tranquilamente con mi mujer.

¿Cómo eran sus veranos de pequeño?

Hasta los ocho o nueve años los veraneos eran en las instalaciones del Stadium Casablanca, donde éramos socios. Pasábamos prácticamente todo el día allí. Nos llevaba mi madre por la mañana mientras mi padre trabajaba. Él venía al mediodía, le dábamos un beso y se bañaba con nosotros. Mi padre estaba empleado en Telefónica y le ofertaban apartamentos en sitios de costa:Cataluña, Murcia, Galicia... Íbamos unos 15 días. También recuerdo con mucho cariño jugar con los amigos que tenía en el edificio Habitat Don 2000 de Zaragoza, donde viven mis padres. Es una comunidad cerrada en la que hacían fiestas, jugábamos al fútbol, íbamos en bici...

¿Era un buen estudiante o tenía que llevarse los libros a la playa para los exámenes de septiembre?

No era un estudiante de dieces ni de matrículas, pero siempre aprobaba todas las asignaturas en junio. Mis veranos eran de pura diversión y de muy pocos cuadernos. Como mucho, mi madre me recomendaba leer algún libro. Básicamente, era un tiempo para disfrutar al máximo de mis amigos y de una libertad maravillosa.

¿Cambió el guión cuando se hizo adolescente?

Todo cambió cuando entró el baloncesto a mi vida, a los 10 años. Desde aquel momento, les pedía a mis padres ir a campus de verano para perfeccionar mi juego. Y, como ya era más mayor, me dejaban ir unos días con mis primitos a un pueblo toledano llamado Valmojado, donde lo pasábamos genial. Cuando en edad infantil fui a jugar al Helios, dejé atrás el Stadium Casablanca, y pasaba muchas horas con mis amigos junto al Ebro. Así estuve hasta los 17 años.

¿Le queda por hacer algún viaje pendiente que le genera una especial ilusión?

Me encantaría ir a muchos sitios en los que he estado con la selección española para compartirlos con mi mujer. Hablo de sitios como Budapest y de Praga, que me encantan. O varias ciudades de Estados Unidos... o el mismo Pekín, donde se produjo mi debut en unos Juegos Olímpicos. No es lo mismo ir allí por trabajo que por ocio. A veces parece que, en el mundo del deporte de élite, visitas muchos países, pero en realidad no sales del hotel o del pabellón. No puedes empaparte realmente de cómo son aquellos lugares. Y en España también hay zonas que no conozco bien, como Almería o Asturias, que las tengo pendientes.

¿Extraña Zaragoza?

Sinceramente, mucho. Es mi ciudad y, por cuestiones profesionales, y ahora mucho más con la crisis sanitaria del coronavirus, no voy tantas veces como me gustaría. Tras el confinamiento, pude visitar a mis padres. Pero, un tiempo después, fuimos a Cantabria de vacaciones y al regreso no quisimos parar en Zaragoza porque nos daba miedo la posibilidad de poder contagiar a mis padres. Volver a Zaragoza es sinónimo de reencontrarme con muchos amigos y con la familia. Estoy en un momento muy importante de mi carrera deportiva y tengo que aprovechar para exprimirla al máximo. 

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