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Bernardo Atxaga: "Lo que me interesa son las ramificaciones de lo real"

El autor vasco, que acaba de publicar ‘Casas y tumbas’, dialogó ayer con Pepe Melero en las Veladas Literarias en los Depósitos del Pignatelli

Bernardo Atxaga, invitado a las Veladas Literarias.
Bernardo Atxaga repasó su trayectoria en los Depósitos del Pignatelli con Pepe Melero.
Oliver Duch.

Bernardo Atxaga (Asteasu, 1952), el autor de ‘Obabakoak’, ‘Días en Nevada’ y el reciente ‘Casa y tumbas’, es un contador de historias al que le gusta meditar como si fuera un amigo de Montaigne.

Tiene claro que el libro de relatos ‘Obakaoak’ le cambió la vida: sucede en el lugar real e imaginario de Obaba, y también en Villamediana. «Hace años, un amigo pastor, después de beber mucho los dos, me dijo: 'Me he dado cuenta de que lees demasiado. Eso no es bueno: leer mucho es muy malo, te va a derretir la cabeza¡. Pensé que me iba a contar la historia del Quijote, pensaba en las supersticiones y en las supercherías, pero no. Insistió: 'Conozco un vecino del pueblo de al lado al que lo ocurrió eso'. Me impactó mucho porque a mí lo me interesa es saber a dónde van las ramificaciones de lo real", dice el escritor, que ayer, en los Depósitos del Pignatelli, participó en las Veladas Literarias que dirige Pepe Melero, bibliófilo y columnista de HERALDO.

Atxaga es un fabulador que siempre ha tenido inquietudes. Y así, con sus digresiones, se lo fue contando al medio centenar de asistentes. Antes, explicó cómo llegó al euskera y a la literatura vasca, a través de la profundización y la insistencia. "Eso fue clave. Que me atreviese a entrar, que quisiera aprender. Así me di cuenta de que libros básicos de nuestra literatura como el ‘Axular’ no estaban muy lejos del mundo de Fray Luis de Navarra: hablan de lo mismo, usan metáforas semejantes". Se animó a sintetizar: "Pienso cada vez más, con sus matices, que todo es uno, todos somos tradición, hay solo un mundo y solo hay una cultura, y uno puede entrar. Y eso lo que yo hice con la lengua".

Atxaga elogia "la profundidad de nuestra cultura, en un sentido casi zoológico o físico. Cada vez me impresiona más. Estoy leyendo el teatro histórico de Shakespeare. Ahí veo una escena que yo consideraba definitoria de las zonas rurales acerca de las formas de reñir y de arreglar cuitas, la pelea en un bosque cara a cara, y eso lo que yo hacía en las peleas. Cuando entras en los vericuetos, profundizas físicamente, descubres la íntima y honda conexión del mundo", explicó Atxaga.

Se atrevió a mandar sus primeros textos en vasco, obras teatrales, al poeta Gabriel Aresti. "Contacté con él porque para mí era exógeno, no pertenecía al sistema ideológico vasco estandarizado. Era amigo de Blas de Otero y comunista. Por mi forma de pensar y por mis lecturas, me sentía cercano a estas figuras. Siempre digo que en Euskadi lo mejor es la periferia, los periféricos siempre me parecen lo más interesante. Aresti era una persona crítica, era conflictivo, le atacaban mucho y atacaba. Era muy generoso y me ayudó mucho", dijo.

Unamuno, Baroja, las ficciones

Atxaga recordó que no se sentía muy afín a Unamuno y sí mucho más a Baroja, que era "un hombre humilde en todo, en la vida y en la escritura", y que se percibía próximo a Gabriel Celaya.

En Bernado Atxaga todo está conectado. Por eso es capaz de decir que hay un vínculo entre su ‘Obabakoak’ y ‘La Odisea’, a través de ese jabalí simbólico que le produjo al héroe Ulises aquella cicatriz por la que sería reconocido al volver a casa. "Todo eso tiene que ver también con la superstición y la superchería, y yo jamás iría a donde una bruja a curarme la presión arterial. Sin embargo, me encantan esas historias de perros rabiosos, que son delirantes y me llevan al mundo fantástico…". Eso que aparecía en ese libro, ‘Obabakoak’, que aún sigue dando la vuelta al mundo.

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