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letras españolas. 

Libros del Innombrable publica una obra inédita de Fernando Arrabal

En 'Familia (de memoria)', el dramaturgo recoge textos vinculados a sus recuerdos, al teatro y los surrealistas, la vida en París y a sus obsesiones.

Fernando Arrabal publica 'Familia (mi memoria)'.
Fernando Arrabal: el hombre que ha hecho su carrera en París.
Archivo Arrabal / Innombrable.

Fernando Arrabal (Melilla, 1932) aprendió a leer y escribir en Ciudad Rodrigo. El trágico destino de su padre, desaparecido en la Guerra Civil, marcará al autor —según el poeta y Premio Nobel Vicente Aleixandre—, «de una luz moral que está en la materia misma de su arte». Y a la muerte de su progenitor le dedicó muchas páginas, una novela y una película, ‘Viva la muerte’, llena de sangre, de imágenes turbulentas, en la línea del movimiento pánico, y de intensas indagaciones. Se fue pronto al exilio y se sintió, con humor y surrealismo, un desterrado que jamás ha dejado de escribir en español. El 11 de agosto de 2020 el dramaturgo español vivo más representado en le mundo hará 88 años, y lo celebra a su modo: con libros.

El sello Libros del Innombrable le publica ‘Familia (de memoria)’, que es un volumen de diversos textos -artículos, recuerdos, poemas, correos electrónicos, poemas, etc.- que trazan una biografía dispersa donde están sus grandes asuntos: su familia, España, los recuerdos, París, el surrealismo, el movimiento pánico (que integró con Topor, protagonista de un divertido apunte sobre sus nueve novias, y Alejandro Jodorowsky), o la Patafísica. “Es un trabajo nuevo, esencialmente inédito, configurado como tal, aunque se habían publicado sueltas algunas piezas”, explica el editor Raúl Herrero, gran amigo del autor de ‘La torre herida por el rayo’ o ‘La virgen roja’.

Arrabal deja dos confidencias sobre la escritura y la lengua: “Escribir permite no dejarse asfixiar por la ceniza temblorosa de la realidad a pesar de que se encadena al sufrimiento imprescindible. Nunca he abandonado la tierra firme del español a pesar de que la mayoría de mis primeros editores suelen aparecer como peldaños extranjeros y de que una parte importante de mis poemas y mi teatro y mis novelas se irisa compuesta en francés”. Vivir en Francia le ha permitido establecer vínculos especiales: “A causa de mi circunstancia he gozado de la presencia de justos como, entre otros, Beckett, Dalí, Topor, Duchamp, Houellebecq, Kundera… (...) Los cuatro dramaturgos desterrados, “con los que tanto he querido», Beckett, Fo, Gao Xingjian y Pinter dan el lustre al nobel que ha deslucido la falange de amanuenses filotiranos y sin espejos”. Arrabal hace recuento y autorretrato en varios de sus textos. Por ejemplo, desde un prisma estético, anota: “La Patafísica me ilumina como ciencia de las excepciones, de los epifenómenos y de las soluciones imaginarias. El Pánico me sigue asombrando por su lucidez, como la poesía ‘beatnik’; aun fallecidos Kerouac y Ginsberg tañe su flauta de gasa y pórfido. Durante tres años en el café surrealista de París hice novillos presididos por una vaca sagrada. No participé en un núcleo de intolerancia o de ininteligencia pero sí de belleza y de amor. Se ponía de manifiesto una vez más que el amor está reñido con la libertad”.

Arrabal habla un poco de todo. De su esposa Luce Moreau, Lis Arrabal, catedrática en La Sorbona y especialista en monstruos del Siglo de Oro, de su hija Lélia, que le dijo a la gran artista Louise Bourgeois: “¡No sabe usted nada de amor!”. Uno de los textos más bellos se lo dedica a su profesora de párvulos Mercedes Unceta, que llevaba a sus alumnos regiones desconocidas y les invitaba a dibujar el paraíso. “Nos enseñó a saber inventar nuestro propio ritmo poniendo patas arriba toda planificación”, recuerda.

Arrabal cuenta muchas cosas: se enreda en sus juegos de palabras, responde a un familiar que quiere saber algo más de la rama de su propia familia, evoca una cita disparatada con el Rey de España y Cela, escribe de Jim Morrison, al que conoció en México no mucho antes de su misteriosa muerte, se cartea con Milan Kundera, recuerda la relación de Julio Cortázar con su segunda compañera Ugné Karvelis, que le marcó notablemente en sus posturas políticas. Y por contar y ver, hasta ve volando un calzoncillo verde que pasa por delante de las narices de André Breton, papa del surrealismo.

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