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Ocio y Cultura

HISTORIA. 'ARTES & LETRAS'

El Coso de Félix de Azara, cronista de Indias

A partir del cuadro que pintó Goya del militar, ingeniero y botánico, el autor reconstruye la vida, la obra y la época de este gran personaje oscense

Vida, obra y aventura de Félix de Azara.
Fragmento del detalle que pintó Goya de Félix de Azara en 1805.
Archivo Museo Goya.

“Orillas vestidas de árboles, anegadizos, tábanos, mosquitos y jejenes”. Subo a ver a mi amigo Azara, Félix de Azara, en el Museo Goya, antiguo Museo Camón, en cuya biblioteca pasé muchas horas con la revista ‘Goya’, preparando la edición de 'Crónicas de París', de Julián Gállego.

Nacido en Barbuñales (Huesca) en 1742, Azara tuvo una vida rica de aventura, para concluir en 1821, en Huesca, donde fue regidor o alcalde. Descansa en el panteón Lastanosa de la catedral oscense. El linaje Azara procedía de los Azagra, señores de Albarracín.

Al encararme por enésima vez con su retrato, mi frívola vista se remansa en el alfanje o sablazo de Azara, pintado con gran destreza, casi con caligrafía de pincel chino. El pintor era un demonio de la miniatura. La empuñadura y la vaina o funda del sable parecen flotar sobre el calzón amarillo miel , muy ajustado sobre el muslo. Calzón dieciochesco –gelbe Hose- a la moda de 'Werther' de Goethe. La punta del sable le llega casi hasta el tobillo. A mitad de la vaina luce un adorno que se confunde con un emblema de la Gestapo, una calavera de acero. Calavera cisne, tildó Quevedo a Góngora.

Siempre me pregunto si luce peluca el caballero Azara o es su propio cabello plateado. A saber si se puso ciego de ron en Indias, que dicen robustece el vello craneal. No descartemos la peluca jacobina. Azara fue un solterón toda su vida, un segundón del Somontano. Era bien parecido, un galán como un castillo, pero nuestro Lucientes no le hace resaltar el burdo paquete, la martingala. Puede que sufriese el síndrome del Tio Toby de Sterne. Castración en el puente de mando en Argel o en las selvas del sur de Brasil. No parece que estas minucias de vestimenta o desaliño le quitasen una hora de sueño.

En América del Sur se quedó turbado ante la belleza volcánica de ciertas indias de garbo ateniense. Quizá no perdió el tiempo con escrúpulos absurdos. Tenía de tonto lo justo, ni un pelo. No sobrevive uno en Indias, si no anda con los cinco sentidos. Como dijo Bernal Díaz de algunos camaradas de fatigas, sus tumbas fueron los vientres de los tigres. Había visto tigres o jaguares a mansalva en las selvas del norte de Argentina, e incluso se permitió un desdén jocoso con el gran naturalista francés Buffon. “No ha visto un tigre en su vida”.

La aciaga joya, así tilda Borges al tigre de su infancia, visto en el zoo de Buenos Aires. Pero era el tigre de Kipling, no el jaguar de Azara. Laguna del Tigre Tuerto, así se llama un paraje que aparece en su 'Diario del río Tebicuari, 1785', publicado en Buenos Aires, 1836. Otró topónimo sugestivo, Estero Bellaco. “Los caballos echaban sangre por las muñecas desolladas”.

Todavía nadie ha escrito un buen libro sobre los cronistas de Indias. Azara nos recuerda el estilo épico de Bernal Díaz del Castillo en México. “Pasamos el Salado, que se explaya bastante, con agua a la barriga de los caballos, agua muy clara, pero salobre”. Incluso Cajal fue un cronista de Indias como soldado en la Cuba de Martí. O el propio Sender en San Diego, California, al escribir sobre Lope de Aguirre, páginas que anticipan el realismo febril de García Márquez. Y el Nobel Juan Ramón Jiménez en La Florida con su poema 'Espacio', las garzas de Moguer en las marismas del Golfo de México.

Al norte de Florida, en Pensacola, Gálvez derrotó a los ingleses, siendo gobernador de La Luisiana. Gálvez y Azara estuvieron juntos en la expedición de Argel. Azara se sublevaba contra el abuso de los hacendados criollos –alguno poseía nueve mil yeguas- respecto a los indios esclavizados. “Inicuo dominio sobre los indios” dice. Algunos españoles cimarrones, Robinsones de Indias, practicaban la poligamia de alta promiscuidad con las nativas y se reproducían como conejos o patriarcas de la Biblia. Docenas de hijos mestizos. Así se poblaron las Españas americanas.

El retrato goyesco está fechado en 1805, el año de Trafalgar. El propio Azara fue capitán de Fragata destinado en el Virreinato de la Plata, para delimitar la frontera con Brasil. Trafalgar tuvo lugar el 21 de octubre de 1805. El cuadro tuvo que ser pintado en los meses previos. Emana, sugiere, desprende una atmósfera épica, un hombre que no se arruga o flaquea nunca ante la adversidad. De hecho, estuvo en la expedición de Argel y perdió una costilla en acto de combate, episodio que lo vincula con Cervantes, manco en Lepanto y cautivo en Argel.

Como ingeniero militar –el mismo oficio de Mor de Fuentes– se pasó veinte años estableciendo la cartografía militar del río Paraguay, fronterizo con Brasil. Otro ejemplo de ingeniero ilustrado lo tenemos en el zaragozano Alcubierre, que excavó Pompeya y Herculano, al servicio de nuestro Carlos III, rey de Nápoles.

Fue el siglo de los científicos de la Armada, Jorge Juan, Ulloa, Azara, y de los almirantes legendarios, como Blas de Lezo, que defendió Cartagena de Indias ante la Armada inglesa, a la que derrotó a cañonazo limpio, o el almirante Solano en Pensacola, cuando Nelson era un teniente novato en la Armada inglesa del Caribe. Cartagena y Trafalgar son el alfa y omega de la Armada dieciochesca española. Nelson perdió un brazo en Tenerife y la vida en la costa de Cádiz. Blas de Lezo sobrevivió a tres heridas graves, tuerto, manco y cojo, y conoció el dulce sabor de la victoria.

A su regreso desde América, Godoy tentó a Azara con nombrarlo Virrey de Nueva España, pero había pasado en Indias veinte años y debió de decirse, a otro tordo con ese lazo

El retrato de Azara refleja todo ese siglo, Lezo-Ulloa-Azara, tres generaciones capaces de conciliar las armas y las letras, la épica de la Armada en Indias, el coraje ilustrado de esos hombres, al servicio de Felipe V y de Carlos III. Hubo en ese siglo una laguna filosófica, pero no la hubo en otros campos. Fue además el siglo de Scarlatti y Goya, los dos genios de talla europea en el XVIII. El siglo de la épica dieciochesca en Indias, de la Armada ilustrada. A su regreso desde América, Godoy tentó a Azara con nombrarlo Virrey de Nueva España, pero había pasado en Indias veinte años y debió de decirse, a otro tordo con ese lazo.

Vida, obra y aventura de Félix de Azara.
Retrato de Godoy, que albergó planes para Félix de Azara.
Francisco de Goya / Academia San Fernando.

Un Fuenclara había sido virrey de México con Felipe V, y en el Siglo de Oro lo fue el Obispo Palafox, hermano bastardo del marqués de Ariza, que escribió unas líneas memorables : “Aunque parezco desterrado de España, a los de España tengo yo por desterrados de las Indias, pues igualmente todos tenemos como patria el destierro”.

En el retrato de Azara, vemos sus libros sobre ‘Pájaros exóticos’, publicados en París, donde su hermano José Nicolás de Azara fue embajador ante Bonaparte.

Gonzalo de Diego, buen amigo, me contó durante un viaje en Ave a Madrid, para dar una conferencia goyesca, pelos y detalles, de su aventura con este cuadro de Azara, cuya compra para Ibercaja gestionó con la copiosa familia Jordán de Urriés.

El cuadro, tras medio siglo en el Museo de Zaragoza, estuvo cedido en el Museo Romántico de Madrid, y desde allí regresó a Zaragoza, durante el Mundial de fútbol de 1982. El retrato incluye un curioso corral de Indias, por decirlo con humor. Un pato alarga su cuello y casi picotea el papelajo o pliego que Azara porta en su diestra. En el estante superior pululan aves precolombinas. En el inferior, una especie de armario de naturalista, un lobezno nos da la espalda, pero lo más siniestro del cuadro, se nos muestra en una vulpeja de malas pulgas, una fiera rabiosa que enseña los dientes, como si fuese a mordisquear el elegante bastón del caballero Azara. Goya da la pincelada del susto donde menos te esperas. Nadie ha reparado en ese detalle banal. Un cachorro de lobo de Indias.

Lo más siniestro del cuadro, se nos muestra en una vulpeja de malas pulgas, una fiera rabiosa que enseña los dientes, como si fuese a mordisquear el elegante bastón del caballero Azara

Buena parte del siglo XIX el retrato colgó en la Casa Azara del Coso, el palacio con puerta renacentista de la antigua Casa Coloma, pared con pared con la Casa Zapater, donde se atesoraba la mejor colección de Goya de la ciudad, los dos retratos de Zapater, el Pignatelli vendido a los Villahermosa, las famosas cartas de Goya a Zapater. Todo ese legado se esfumó sin dejar rastro. Acaso el episodio más negro de la historia cultural de Zaragoza. El Coso lo ha visto todo y todo lo ha olvidado. Vuelvo a mirar al caballero Azara y recuerdo unos versos del místico de Ontiveros : “Y pasaré los fuertes y fronteras”.

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