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imágenes de la capital del cierzo / 7. 'artes & letras'

Soterramiento del río Huerva, hacia 1930

Una instantánea de un hecho histórico de Zaragoza, nueva aportación de Anteayer Fotográfico Zaragozano. Colección José Luis Cintora

Imágenes de la capital del cierzo / 7
Una Zaragoza, con el Huerva, ahora irreconocible.
Anteayer Fotográfico Zaragozano / José Luis Cintora.

Relata Estrabón en sus crónicas la conversación habida entre un legionario de la IV Macedónica y otro de la VI Victrix, ambos sentados en un banco del Pº Echegaray. Celebraba el uno el que el Ebro fuese un ancho río con el que no les faltaría agua, mientras el otro, más entendido, le advertía que regar con él sería complicado, pues bajaba con demasiada fuerza.

Tenía razón. El Ebro es un gigante que no se deja robar el agua fácilmente. De hecho pasaron dieciocho siglos hasta la construcción del Canal.

El Huerva en cambio era otra cosa. Constante y menos fiero, con él se podía regar un vergel.

— ¡Y espera que vengan los moros! —Añade el cronista por su cuenta—. ¡Verás qué borrajas!

Es gracias al Huerva que estamos donde estamos. El Ebro puso el poder. El Huerva los calabacines.

Así hasta que a nuestros bisabuelos se les ocurrió que Zaragoza bien podría parecerse a otras ciudades y tener una Gran Vía. ¿Cubrir el río? ¿No hemos de saber? En 1925 se comenzó a canalizar el primer tramo tendiendo entre orillas enormes vigas sobre las que después se apoyaría la avenida.

Aquí el fotógrafo lo retrata sometido ya a la voluntad humana fluyendo sereno en su cauce artificial bajo la Gran Vía. En la otra margen las huertas de Escudero se dan de bruces con el paramento de hormigón, como las traseras de las últimas fincas de la calle de Cervantes, tan fiel al río que aún hoy tira recta hasta copular con él.

Si bien todo ello se colmató a fin de edificar, conservamos el espacio orillero aquí reproducido. Arbolado con los años, llegó asalvajado al fin de siglo, y aunque después se recuperó, apenas lo disfrutamos. Como si bajar al soto implicase miedos ancestrales.

El autor se halla en la que fuera fábrica de sombreros de Hernández, que hoy ocuparía la mitad de la calzada. Al fondo, otra fábrica antaño volcada al terraplén, la de espejos de Basilio Paraíso. A su derecha, el edificio de Gran Vía 22, el que la estrenó, junto a la Facultad. Asoma allá la linterna del templo de Santiago.

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