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yo de arte no entiendo. 'artes & letras'

Prince, el príncipe sónico

Las conexiones secretas y literarias con el genio de Minneapolis, muerto en plena juventud

'Yo de arte no entiendo'. Sección de Pecker.
Retrato de Prince.
Archivo Pecker.

Anoche, Karl Ove Knausgård viajaba de copiloto en el coche de un compañero de trabajo por las sinuosas carreteras del norte de Noruega. El conductor, mientras sujetaba el volante, le pidió que pusiera algo de música, que echara un vistazo a las cintas que llevaba en la guantera, que eligiera la que quisiera. Karl Ove leyó una a una todas las posibilidades y, justo antes de permitirle escoger, cerré el libro. Yo de todos esos nombres, me quedaría con Prince.

Miré la portada de la novela 'Bailando en la oscuridad' sin prestarle ninguna atención. Me había desconcentrado por completo de la lectura, así que conscientemente me adentré en mis recuerdos y viajé al verano de 1988. Yo estaba en la cabina del pinchadiscos. Alberto, el dueño del bar Tránsito, me había invitado a pasar por allí para dejarme disfrutar de sus vinilos. A él le venía bien que alguien se encargara de la música, y a mí me enloquecía descubrir grupos en ese templo de la modernidad oscense. Deberías hacer una versión de algún tema de Prince, me dijo. Yo no tenía ni idea de quién era ese tío, así que me grabó una cinta con un montón de posibles opciones, y al llegar a casa la metí en mi radiocasete. Llamó mi atención 'When you were mine', un impecable y brillante oasis de pop. Cogí la guitarra, busqué los acordes y me inventé una nueva letra en español.

Esa experiencia me conectó con el genio de Mineápolis. Me hice con algunos de sus discos. De hecho, 'Diamonds and pearls' fue el último vinilo que me compré justo antes de descubrir la perfección del sonido digital, y su famoso álbum del símbolo del amor fue mi primer CD. Lo que mantenía encendida mi admiración era su fórmula vanguardista de producir, esos temas de espíritu rock, dentro de un cuerpo funky, vestido con elegantes sintetizadores y otros trajes sónicos. Como además yo ya había sido contagiado con el virus del hip hop, todavía le profesé mayor devoción cuando, en esos primeros 90, él rompía el interior de algunas de sus canciones con compases llenos de rap. Siempre me sonaba a nuevo. Representaba un destino para mí. Era un músico autodidacta capaz de transmitir emociones casi con cualquier instrumento, y gozaba de un don innato para crear música, la música más sexy que había oído.

"Siempre me sonaba a nuevo. Representaba un destino para mí. Era un músico autodidacta capaz de transmitir emociones casi con cualquier instrumento"

Un día de principios de siglo, cuando yo vivía en Madrid al límite, sobreviviendo con un trabajo precario de fotógrafo, con el que apenas pagaba el alquiler y una nevera medio llena, mi amigo Loren me invitó a un concierto sorpresa que Prince daba en la ciudad. Entramos en la sala expectantes y serpenteamos discretamente hasta primera fila. Cuando llevábamos dos horas de espera y nuestras lumbares latían doloridas, nos dio por gritar: ¡Valienteee! Silencio. Pasaban los minutos. Y otra vez: ¡¡Prince, valienteeee!! La gente a nuestro alrededor nos miraba desconcertada, después volvía la vista hacia ese escenario lleno de instrumentos inanimados y continuaba con su cara impaciente de incredulidad e indignación. 

Cuando pareció que se habían olvidado de nosotros: ¡¡Prince, valienteeee!! ¡¡¡Valiente hijo de putaaaaa!!! Se oyeron carcajadas, relajamos tensiones y, de pronto, el artista se hizo carne en una aparición perfecta. Tres horas de show. Fue como ver el baile de una tormenta eléctrica dirigida. Rayos que eran notas saliendo de su guitarra para atravesarnos el cuerpo, y truenos que nacían de su batería brutal y mantenían constante el ritmo de nuestro corazón. Un verdadero hijo de puta.

Salimos de allí exhaustos, rebosantes de 'groove', soñando con escribir al menos una canción tan buena como la peor de las suyas, imaginándonos en escena vestidos de púrpura, sintiéndonos completamente negros. Pero el libro seguía en mis manos. La realidad era que ahora Prince estaba muerto. Y yo tenía viva la curiosidad, ¿qué cinta había elegido finalmente Karl Ove para acompañarles en el viaje? Me identificaba tanto con sus confesiones autobiográficas que me habría dolido no coincidir. Abrí su novela y me sumergí. Y…, claro que sí.

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