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Nada será igual, un relato sobre el miedo y la esperanza, por Félix Teira Cubel

Al principio la pandemia ocurría lejos, después sonó a plaga bíblica, exageraciones; por fin los muertos convirtieron la ciencia ficción en realidad.

Nada será igual
Nada será igual
Víctor Meneses

A Rafa, apoyado en el alféizar, le sorprendió el denso silencio. De pronto importaba el color del atardecer, la calle sembrada de bares estaba desierta. Aquel sábado despertaba la primavera y cambiaban la hora.

-No contesta mi padre, ni al fijo ni al móvil.

-Ya sabes cómo es Paco, Ana. Si fuera jueves te diría que está de juerga con su cuadrilla en el caserón del coto de caza. El caso es que los chicos estén bien.

Al principio la pandemia ocurría lejos, después sonó a plaga bíblica, exageraciones; por fin los muertos convirtieron la ciencia ficción en realidad. Por eso importaba “que los chicos estén bien”, el mayor en Suiza y el pequeño, tan inteligente, cocinero en paro.

-Si al anochecer sigue sin contestar, tendré que ir.

-Joder, Ana, que no se puede salir… Pero tienes razón, es viejo.

-Gracias -dijo ella. Le pasó la mano por la espalda y permanecieron enlazados.

A las ocho de la tarde se emocionaron, aplaudían a los sanitarios. Estaban conmovidos porque pertenecían a un colectivo, un país que se conjuraba para vivir. Y porque tenían miedo.

Era noche cerrada cuando llegaron al piso de su suegro. El viejo veterinario se ahogaba. El médico que acompañaba a la ambulancia les ofreció esperanza. Regresaron cogidos de la mano, Ana se había puesto los guantes de fregar y una bufanda. Rafa creyó que Paco había sonreído al mencionarle su broma clásica: has matado más animales que has curado.

Era maravillosa la tecnología, la voz de Luis llegaba nítida desde Ginebra; Raúl enviaba ‘wasaps’. Ana colgaba ejercicios de logaritmos para sus alumnos de secundaria y dialogaba en video conferencia con los miembros del departamento. Pero él se encontraba cansado, seguía lloviendo el 1 de abril. Cuando comenzó la tos, tomó la decisión: preparó la bolsa de viaje y se trasladó al piso de su suegro.

La conversación telefónica con Ana fue emotiva, les saltaron las lágrimas. Rafa apeló a la mente matemática de su esposa, era una decisión racional. Y afectiva: no podía contagiar a la persona que más quería.

Le dio instrucciones para desinfectar con lejía diluida el piso y le contó los consejos de los sanitarios que lo visitaron. Si todo iba bien, en quince días se volverían a abrazar. A mediodía Ana dejaba una bolsa con alimentos cocinados a la puerta del piso de su infancia.

Ya en la calle hablaban por el móvil. Ella no tenía síntomas, los chicos seguían bien y su padre permanecía sedado.

Rafa olvidó el sabor metálico del miedo cuando desapareció la tos.

Decidió que saldría al balcón. Participó de la alegría pueril de los vecinos, seguían vivos, aplaudió, escuchó las canciones y saludó a los vecinos de enfrente, un matrimonio con dos hijos. La mujer le preguntó:

-¿Y el señor Paco?

-Está ingresado, señora.

-Ah, ya decíamos… ¿Tú eres el hermano de Ana?

-No, su marido.

La gente se iba recogiendo. Llegaba la hora de las noticias. La mujer comentó:

-No te hubiera reconocido, para nada. ¿Te acuerdas de cuando veníais todos los jueves a limpiar el piso? Me parecías más alto y un poco rubio, figúrate.

-Que se mejore el señor Paco -dijo el marido.

Los días siguientes la fiebre aceleró el tobogán de la memoria, reunión de departamento los jueves, me arreglo porque después tomamos unas cañas, es una suerte llevarte bien con los colegas, revisar las fotos de las cenas de navidad, de las jubilaciones, alto, algo rubio…

-¿Papá? A ver, tío, que dice mamá que estás de bajón, que repites que nada será igual. Pon otro careto, padre, todo irá bien. Verás cómo levanto el restaurante y te devuelvo las pelas. ¿Me oyes?

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