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Ocio y Cultura

Literatura. cuentos contra el virus

'Human crossing', un relato de sorpresas y bestias de Joaquín Berges

El autor de 'Los desertores' narra una experiencia cotidiana que también es una exploración de la reclusión, de la vida en la oficina y del deseo

Joaquín Berges. Cuentos contra el virus.
Joaquín Berges escribe un cuento lleno de sutileza, inquietud y deseo.
Víctor Meneses.

Nada más despertarme fui a buscar conchas a la playa. Por el camino me encontré una tarántula y la capturé. Fue una grata sorpresa porque a esas horas no suele haber tarántulas en la isla. Luego bajé a desayunar y tuve una reunión de trabajo con algunos compañeros, todos desordenándose en la pantalla del ordenador como uno de esos puzles de madera, cuyas piezas se mueven aprovechando un espacio libre. El director de márquetin se quedó congelado buena parte de la reunión. Su conexión no debía de ser muy buena, aunque nadie lo echó de menos. Cuando estamos en la oficina también suele congelarse.

Después leí la prensa. Toda. Periódicos nacionales y extranjeros en distintos idiomas, traducidos al castellano a una velocidad sospechosamente rápida. Me dio la sensación de que todos los periódicos del mundo se escriben en castellano y luego se traducen a sus distintos idiomas. Corrí ocho kilómetros sin moverme ni un centímetro en el espacio. Me duché y volví a la isla para vender la tarántula al museo. De esta manera voy amortizando mi hipoteca. Aproveché para recoger unas manzanas y unos cocos.

Decidí salir a comer fuera. El sol de la terraza iluminaba los platos con intenciones culinarias, como si quisiera dotarlos de un sabor cósmico. Saludé a unos vecinos que también comían en sus terrazas, algunos de ellos a la sombra. Vi a una vecina que se había quedado dormida en su butaca y me recordó al director de márquetin. Por la tarde trabajé en una hoja de cálculo sintiendo la claustrofobia de las celdas y los barrotes. Una hoja de cálculo es una cárcel de números. Y yo soy un número más. Todos lo somos. Unos contagiados, otros curados y otros fallecidos. Vamos pasando de una columna a otra para poder ser sumados o restados al final.

Los números son un idioma universal, no necesitan ser traducidos. Los entienden los físicos, los biólogos, los economistas y por supuesto los matemáticos. Estos últimos, con sus modelos y sus algoritmos, son los adivinos del siglo XXI. Saben cuándo va a terminar la pandemia y qué número total de fallecidos habrá. Saben cuántas estrellas hay en la galaxia y cuántas galaxias hay en el universo.

Más tarde vacié un armario para hacer limpieza general. Al fondo había una puerta que daba a un mundo de nieve y magia. Me asomé un momento y vi a un fauno que no llevaba mascarilla. No quise entrar porque yo tampoco llevaba mascarilla y desconozco si soy un contagiado asintomático. A veces creo que este término es como un insulto. Asintomático, que eres un asintomático. A las ocho salí de nuevo a la terraza para aplaudir. Luego sonaron varias canciones. Era el mundo al revés; primero sonaban los aplausos y luego la música. Vi el telediario junto a mi esposa, comentando los números. Los telediarios se han convertido en hojas de cálculo. El mundo es una Excel en la que cada uno ocupa una celda, como si fuéramos monjes de clausura. Quizá por eso mismo volví a la isla y, esta vez sí, recogí una docena de tarántulas y pesqué cinco peces: tres gallos, un pez león y una lubina. Tan pronto como abran el museo, lo venderé todo y prácticamente habré satisfecho mis deudas. Luego me acosté pero no pude conciliar el sueño. Había una tarántula en la cama que buscaba mi mano una y otra vez. Al final tuve que encender la luz para matarla pero vi que era la mano de mi esposa. Las manos son arañas que suben y bajan por el cuerpo, especialmente por la noche, cuando no hay sol ni aplausos ni música. Cuando ni siquiera hay números.

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