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literatura. cuentos contra el virus

'Desaparecido en combate', un relato de Pilar Aguarón Ezpeleta

La escritora y pintora mete el dedo en la llaga del coronavirus y funde dos universos: la dura realidad y el recuerdo de otro tiempo aún más brutal

Pilar Aguarón. Cuentos contra el virus
Pilar Aguarón va directa al grano del dolor y del miedo.
Víctor Meneses.

A media tarde sonó el teléfono de una de las hijas de Justino Balel. La encargada de la residencia le comunicó que su padre acababa de fallecer. Ella había llamado por la mañana para saber cómo había pasado la noche y le habían dicho que todo estaba bien, pero Justino, ya llevaba varias horas muerto.

El médico de la residencia estaba de baja, por tener fiebre y una tos seca. Nadie fue a sustituirle. A ningún residente le hicieron pruebas para saber si estaba o no infectado por el maldito coronavirus. Tampoco se las hicieron a los pocos trabajadores, la mayoría mujeres, que todavía resistían en sus puestos. Ni siquiera se preocuparon en llamar al ejército, para que fuera a desinfectar las habitaciones de los que fallecían con fiebre, tos y problemas respiratorios. A esos simplemente los incineraban y el horno se lo llevaba todo.

Habían dejado de dar la merienda y el zumo de media mañana, porque no tenían tiempo ni fuerzas para atender a tantos. Desde hacía tres semanas todo era un caos, un trajín de camillas y bolsas funerarias por los pasillos.

Aunque la mayoría de los ancianos ni se enteraban. Los tenían confinados en el comedor con la televisión encendida, en un canal donde solo emitían telenovelas románticas.

Pero Justino presentía que las cosas no iban bien. Ni siquiera le acercaban a la cristalera para que viera los árboles del jardín. Paco, su compañero de habitación, de celda, como solían bromear cuando aún les quedaban fuerzas, tuvo menos aguante; le subió la fiebre y cayó pronto. Una baja más en la batalla. Porque Justino estaba convencido de que había vuelto la guerra y que estaba, otra vez, en la trinchera, cubierto de polvo y miedo, muerto de sed y oliendo a orines.

Así es la guerra, por eso no se quejaba si no le cambiaban los pañales, ni le traían zumos o gelatinas. Como le dijo su padre cuando le mandaron al frente, tenía que tener coraje y entereza.

Justino supo que la bala le había alcanzado y que estaba herido de muerte, porque, de repente, se disipó la nube que le nublaba la memoria y lo recordó todo. A su padre, aquel hombre bronco y valiente que le salvó la vida. A Obdulia, que le dio tres hijos, seis nietos y una retahíla de biznietos, de los que ya no fue capaz ni de aprender sus nombres.

Había tenido una larga vida. Nació en el otoño de 1918. La maldita gripe que hubo aquel año se llevó por delante a mucha gente. También acabó con la vida su madre, que ni fuerzas le quedaron para soportar el parto. Justino nació flacucho y débil. Su padre le cobijó en su pecho, debajo de su ropa, para darle calor y le alimentó con biberones de leche de oveja. Nadie podía imaginar que aquella criatura tan frágil pudiera llegar a vivir más de un siglo.

Pero aquel día de Jueves Santo de 2020, cuando la cuidadora entró para ver cómo había pasado la noche, le encontró lívido, helado, con los ojos abiertos y labios amoratados.

Varias horas más tarde, apareció por la residencia el médico de guardia. Solo preguntó que si había tenido fiebre. La auxiliar le dijo que no estaba segura. Él no lo dudó, certificó, sin ni siquiera acercarse al cadáver, que había fallecido por la infección del COVID-19.

Dos empleados de una funeraria se llevaron el cadáver. Esa fue la última vez que se supo de él. La familia, preguntó, se desesperó y hasta lo denunció en el juzgado. Pero jamás pudieron encontrar su rastro. Quizá se lo dieran a otra familia o todavía esté perdido en algún rincón de un tanatorio.

Él, de haberlo sabido, tampoco le hubiera dado demasiada importancia, hubiese dicho que, simplemente, era un soldado más, desaparecido en combate.

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