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literatura. Cuentos contra el virus

'Oroel', un relato de amor y montaña de Rodolfo Notivol

El "día de padres" y un viaje en coche le sirven al autor de 'Vaciar los armarios' para indagar en las claves y recuerdos de una pareja

Rodolfo Notivol.Cuentos contra el virus
Imágenes y trazos para Rodolfo Notivol
Víctor Meneses.

En cuanto dejan atrás Bernués y entran en el puerto de Oroel, las ruedas empiezan a quejarse del asfalto. Pero a ellos les gusta aquella vieja carretera de montaña cada vez más destartalada y solitaria. Escuchar música mientras viajan en coche por carreteras como aquella es lo más cerca que han estado de la felicidad. Les basta conducir un par de horas para que todo se calme. Conforme suben el puerto, la radio se va llenando de ruidos y arañazos hasta perder la señal. El hombre, inquieto, rebusca entre los cedés y saca el 'Live in London' de Cohen. Llevan sin decir una palabra desde que cruzaron el embalse de La Peña. El viejo puente oxidado había parecido ondularse a su paso.

«Dicen que es así cómo se sienten los terremotos», había dicho ella.

Poco después, habían llegado a La Carrosa, una vieja pardina abandonada. Durante algún tiempo habilitaron el paraje como lugar de acampadas. Siendo niño, él pasó unos días allí en un campamento de verano. El "día de padres" los suyos acudieron a visitarle. Han pasado cuarenta años y todavía lo recuerda. La llegada del autobús, la comida en la hierba, la función de teatro… A los dos les gustaba salir al campo, pero no era fácil que lo hicieran, nunca tuvieron coche. Tampoco era fácil verles brillar juntos de ese modo. Parecían más jóvenes de lo que eran, libres y todavía dispuestos a arreglarlo todo. Guarda las fotos que se hicieron como si fueran una rara pieza de coleccionista. Luego aquel se convirtió en un lugar devastado. Pero durante años siempre que pasaban por allí paraban un rato. Le gustaba observar cómo la vegetación lo iba invadiendo todo. Era una visión inquietante, como si la broza quisiera cubrir ese momento de su vida. Pero él encontraba algo placentero en ella, algo que no le resultaba difícil aceptar, un orden ancestral y valioso. Más tarde, alguien decidió llenarlo todo de vallas. Cerraron el camino que subía entre los abetos. Cercaron el abrevadero donde se aseaban y el pabellón donde hacían las comidas. Seguramente querían evitar accidentes. O tal vez dejar que la naturaleza hiciera su trabajo sin estorbos y pudiera tragarse tranquilamente aquellas ruinas. No habían vuelto a parar desde entonces. Tampoco esta vez lo han hecho. Aunque él no ha podido evitar echar un vistazo de soslayo.

‘Take this waltz’ suena ahora en el coche. Ella baja la velocidad y habla de una nueva versión que ha escuchado. "Silvia Pérez Cruz", dice. "Una chica nueva". El hombre recuerda el ‘Omega’ de Morente y el poema de García Lorca, pero no sabe nada de aquella "chica nueva". Así que prefiere seguir en silencio y buscar el latigazo del frío apoyando el dorso de su mano en la ventanilla. Es un mediodía soleado de finales de marzo, pero algunos retazos de bruma han quedado atrapados en el fondo de los valles, entre los quejigales. La cresta de Oroel, todavía nevada, asoma sobre el parabrisas como la quilla de un barco invertido. Él está otra vez a punto de decir algo, pero otra vez prefiere callar. Vuelve a aquellos años de La Carrosa. Ese tiempo, poco antes de conocerla a ella, en que los buenos deseos parecían ir a cumplirse: fraternidad, justicia... Ahora ninguno de los dos cumplirá ya los cincuenta y, desde hace mucho tiempo, a él solo le importa qué va a ser de ellos.

"Este es un paisaje para dinosaurios", dice ella de repente, como si pudiera oír lo que él está pensando, y da un volantazo firme a la derecha. Él sonríe complacido ante aquel gesto lleno de energía. A veces le gustaría vivir siempre dentro de aquel coche, junto a ella, sin tener que bajar ni detenerse nunca. Se acomoda en el asiento y sigue con la mirada la línea negra de la carretera que desciende por la ladera de enfrente. Todo está bien, se dice. Todavía queda un rato para que asomen los primeros tejados de Jaca y la música sigue sonando.

"Llévame bailando a través del pánico hasta que esté seguro en él", canta Cohen.

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