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Ocio y Cultura

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Las crónicas de María Dolores Serrano

La periodista publicó de 1966 a 1967 en 'La Vanguardia' sus viajes por Aragón,  y sus diálogos con los paisanos en el libro 'Crónicas de la frontera'

Las crónicas de María Dolores Serrano.
Roda de Isábena, donde estuvo María Dolores Serrano.
Javier Blasco.

Un libro del que apenas queda recuerdo es ‘Crónicas de las fronteras’, de María Dolores Serrano, extraordinaria periodista hoy olvidada, que recorrió el Aragón oriental entre 1966 y 1967 y publicó en ‘La Vanguardia’ una sección de crónicas viajeras sobre los territorios aragoneses de lengua catalana. 

Aquellas crónicas las recogió en 1970 en ese libro, que le editó Juan Perucho en la colección ‘Ciempiés’ que dirigía para la editorial Taber, y al que le puso un prólogo Martín de Riquer, en el que, después de recordar que Serrano era leridana, arabista y la mujer de Francisco Noy, que sería director de ‘La Vanguardia’ entre 1983 y 1987, decía de ella que escribía un maravilloso castellano y hablaba un castizo catalán occidental. Serrano, que había estudiado Semíticas, era una enamorada del Sahara y, además de conocer el árabe clásico, hablaba varios dialectos que había aprendido en sus viajes al desierto. Procedía del Pallars, de la villa de Salàs, de una familia asentada allí durante generaciones, y en ella mantenía todavía su casa pairal, que gustaba de visitar con frecuencia. 

Al Pallars le dedicó en ‘La Vanguardia’ una serie de gran éxito, ‘Mis historias naturales’. Hizo también crítica de arte en la revista ‘Gaceta Ilustrada’, crónicas de tribunales (cubrió el famoso juicio por el crimen de la calle de Aragón) y publicó numerosas secciones de viajes en ‘La Vanguardia’, para las que recorrió el Sahara, la Costa Brava, la Cerdaña o el Aragón oriental. Murió joven, a los 56 años, en 1986, y Néstor Luján le escribió una necrología en la que destacaba «su insobornable rigor intelectual, un tanto melancólico y escéptico».

En ‘Crónicas de las fronteras’ Serrano describió paisajes, personajes tan pintorescos como el tío Chafatenalles, de Nonaspe, («que un día se enfadó con su mujer porque no le dejaba darle al morapio y le arrancó todas la parras de la viña y le rompió las tinajas de la bodega») y pueblos como Roda de Isábena (donde se encuentra con el cinero, «que va de pueblo en pueblo con su Citroën y sus celuloides rancios» y que esa noche quería poner dos Nodos y una del Gordo y el Flaco), Arén, Peralta de la Sal, Benabarre (allí halla la fonda más antigua de la comarca, ‘La buena de Dios’), Tamarite, Fraga, Mequinenza, Nonaspe (en el que escucha cantar jotas clásicas como ésta: «La jota, para ser brava, / no ha de cantarse entre rejas / quiere campo y libertad, / por algo es aragonesa»), Maella (un pueblo limpio, de calles empedradas… y arriates junto a las murallas), Calaceite, Valderrobres…

Serrano describió nuestras tierras de frontera con cariño y emoción y dejó para la historia un libro espléndido y singular.

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