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Ocio y Cultura

literatura. cuentos contra el virus / 7

'De primera mano', un relato de Adolfo Ayuso

El autor de 'Fugas' y especialista en la historia de los títeres retorna a un personaje que siempre le ha interesado: la pianista Pilar Bayona

Adolfo Ayuso. Cuento contra el virus / 7
El escritor, guionista de documentales e historiador de los títeres Adolfo Ayuso.
José Miguel Marco.

'De primera mano'

Unas semanas antes de que llegara el virus me llamó por teléfono Emilio Casanova. Quiero hacer un documental sobre Pilar Bayona, me dijo. Los días siguientes me inundó de información sobre aquella pianista para que dispusiera de datos con los que redactar el guión. Le tuve que decir que no hacía falta tanto papeleo. Le envié un email que decía textualmente:

«A lo largo de mi vida he guardado miles de recortes de periódico que normalmente no consigo archivar con un poco de lógica. Algunos siguen navegando por archivadores o cajones sin que ya sea capaz de localizarlos. Pero este, sí. Te envío escaneada la página del HERALDO DE ARAGÓN del viernes 14 de diciembre de 1979, donde Luis Horno y Joaquín Aranda escriben la necrológica de Pilar Bayona. La he seguido siempre. En un cuento que publiqué en 2003, dentro de un libro de relatos titulado ‘Fugas’, hablaba muy brevemente del atropello y muerte de Pilar Bayona. Parecía una anécdota dentro del cuento, pero no lo era. En realidad, la idea de ese relato, que trataba de trazar un mapa donde estuvieran señaladas todas las personas que habían muerto, no en un hospital o en su casa, sino sobre el asfalto de nuestra ciudad, giraba alrededor de aquel coche que terminó con la vida de Pilar Bayona al principio del paseo de Marina Moreno. La señorita Bayona ha sido siempre una de mis obsesiones más intensas.»

No pude contarle todo, me limité a lo razonable. Ni siquiera a Emilio, que describe como nadie la belleza de las fotos de Rafael Navarro o el alma ingobernable del oscense Ramón Acín, le puedo decir que tras la muerte de varios familiares he heredado unos pisos y que alojo o escondo allí a mis fantasmas favoritos.

Pilar Bayona tiene ciento veintidós años y pese al accidente se conserva genial. He tenido que alquilarle un piano, un piano de los caros. Nadie sabe lo que cuesta ser investigador y disfrutar de fuentes originales. Nada de recortes de periódicos o de wikipedias. Todo de primera mano. Por las tardes la visito con el perro y charlamos. Está un poco conmocionada con esto del virus. Yo le explico que sin el perro no podría ir a verla. Pone cara de no comprender. Desde luego me obliga a quitarme la mascarilla para hablar con ella. Entonces yo le pregunto si es cierto que iba todos los domingos a misa. Y cómo se compagina eso con las miradas lujuriosas que le dirigía Luis Buñuel. Me cuenta que un antiguo alumno, Pedrito, viene a verla. Me dice que viene a aprender pero sé que no lo necesita, me cuenta. Yo le recuerdo que el trato era de no recibir otra visita que la mía. Entonces ella cruza las piernas como si estuviera ofendida.

Cierro la puerta despacio. Para que el pestillo haga plaf y no clac. Sé que le sobresaltan los ruidos. Me gusta protegerla de la impiedad del mundo. Y del ruido del mundo. Quiero que el mundo suene a tecla de piano. De Bach, de Falla, de Usandizaga. También toca alguna partitura de Rubinstein pero no puede decírselo a Pedrito, porque se pone como un basilisco.

Bajo por las escaleras pensando si ahora que he dejado ese piso protector ella seguirá adentro. O si solo es imaginación mía. Se lo preguntaré a Nora, mi perra. Me parece escuchar el piano que Pilar nunca toca delante de mí. Al abrir el portal y salir a una calle desierta veo a una abuela que lleva de paseo a un perro que trota despacio y renqueante con solo tres patas. El perro se encoge y suelta su cagarruta. Felisa se agacha dolorosamente y la recoge. Nada más, solo eso. Conde Aranda está perfectamente vacía. No temas, Emilio, no hace falta que me envíes más documentos, sé lo que hay que contar de esa mujer.

De primera mano

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