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Ocio y Cultura

"Una epidemia es un drama humano pero, para el sistema natural, resulta ley de vida"

El historiador de la Universidad de Zaragoza Francisco José Alfaro ha publicado un libro sobre la peste que sufrió la capital aragonesa en 1564

El historiador Francisco José Alfaro, autor de ‘Zaragoza 1564. El año de la peste’, publicado por la Institución Fernando el Católico.
El historiador Francisco José Alfaro, autor de ‘Zaragoza 1564. El año de la peste’, publicado por la Institución Fernando el Católico.
Guillermo Mestre

A principios de marzo de 1564, algunos zaragozanos empezaron a mostrar síntomas de una enfermedad que ya conocían: la peste bubónica. En la memoria colectiva aún estaba vivo el impacto de la epidemia de 1507, quizá la más grave en la historia de la ciudad. Pero la de 1564 fue también brutal: se calcula que fallecieron 10.000 personas en una ciudad en la que vivirían 30.000. Se improvisó un hospital a dos kilómetros de Zaragoza, se trajeron especialistas desde Toulouse, a los enfermos se les extraía de sus casas y a sus familiares se les imponía la cuarentena. Se estableció un servicio público de ‘desinfección’ de ropas. A estudiar los efectos de aquella epidemia se ha dedicado Francisco José Alfaro Pérez, profesor del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Su estudio ‘Zaragoza, 1564. El año de la peste’ (Institución Fernando el Católico) acaba de llegar a las librerías.

Quizá de peste no, pero epidemias ha habido siempre...

Son consustanciales a la humanidad. Aunque a veces se llamaba ‘peste’ a algo que no lo era, cada 20 o 30 años hubo un episodio epidémico en la ciudad. El de 1564 fue de peste bubónica y luego siguieron siendo frecuentes hasta el siglo XVII. La última peste en España fue hacia 1820 y a Zaragoza no le afectó.

¿Qué hace especial a la de 1564?

Su incidencia, su enorme capacidad de devastación. Es difícil calcular el número de muertos, quizá 10.000, aunque no se puede precisar.

¿Cuál fue la causa?

No se sabe con certeza, pero, sin duda, el movimiento de personas y mercancías infectadas estuvo muy presente.

Su libro nace de la intención de cotejar o comprobar con fuentes históricas lo que cuenta el médico Joan Thomas Porcell en el libro sobre esa epidemia que publicó tras extinguirse, en 1565.

Sí. Porcell dice que a principios de marzo de 1564 unos comerciantes franceses que habían llegado a la ciudad introdujeron en ella la peste. Podría ser, desde luego. Pero sabemos que el año anterior hubo ya algunos brotes aislados de peste en distintos puntos de Aragón. Había otros lugares con peste en el valle del Ebro, e incluso en el sur de Francia, y muchas veces los brotes pequeños saltan de un sitio a otro y acaban convirtiéndose en epidemias incontrolables. Es posible que se les echase la culpa a los mercaderes franceses por el temor atávico al extranjero.

¿Y por qué fue tan grave en Zaragoza?

Porque había una población relativamente importante y porque las condiciones sanitarias de la ciudad, desde luego, no eran las adecuadas para enfrentarse a una epidemia así, aunque Zaragoza tenía un desarrollado sistema sanitario para aquella época.

¿Qué nos dicen las fuentes históricas de cómo quedó la ciudad?

Nos hablan de un panorama dramático, desolador. Su incidencia fue muy superior a la del coronavirus actual. Y al impacto real hay que añadir que entonces se produjo en una sociedad acientífica, dominada aún por creencias sin base real.

¿Cómo se combatió la epidemia?

Como se ha luchado contra todas, con prevención, aislamiento y cuarentenas. Con limpieza, medidas médicas paliativas... Y aguantando, sobre todo aguantando. La actuación de Porcell fue decisiva porque cubrió un espacio social y profesional que habían abandonado otros médicos. Y, sobre todo, aplicó un método, que hoy nos podría parecer arcaico, pero era un método, y eso hizo que el impacto, aun siendo gravísimo, fuera menos duro de lo que pudo haber sido. Las medidas tomadas y el propio curso de la enfermedad hicieron que la epidemia se extinguiera.

Perdieron la vida las personas más débiles de la ciudad.

Las epidemias siempre se ceban en los más débiles. Afortunadamente, hoy esta frase no es rigurosamente exacta, porque los avances médicos y los sistemas de salud permiten luchar contra ellas como nunca. A las clases pudientes también les pilló, pero buena parte de la élite social huyó a otros lugares, como Tarazona.

¿Se puede aprender de 1564?

En la historia siempre hay lecciones que aprender para aplicarlas en futuros episodios. Siempre hay elementos comunes. La sociedad de hoy es muy distinta a la de la Edad Media o la de la Edad Moderna, pero en sociedades muy diferentes se pueden encontrar patrones similares.

Como demógrafo, no está de acuerdo con las estadísticas que se dan sobre el coronavirus.

No, porque se están cogiendo datos específicos o relativos y no absolutos. Para tener una idea de la incidencia real del coronavirus habría que comparar la mortalidad absoluta actual con la media de años precedentes. Y gran parte de la desviación de la media habría que achacársela al virus. Pero, aún así, las estadísticas son complicadas porque en magnitudes pequeñas los porcentajes son volátiles. En Aragón, si tomas los datos de uno de estos días, ves que la tasa de mortalidad es del 10% de infectados, más del triple que en otros lugares. Eso puede indicar que hay muchos casos ocultos y no diagnosticados. Lo que estamos viviendo ahora debería ser un ensayo general para cuando vengan episodios aún más graves que este, que llegarán. Necesitaremos saber muy bien cómo actuar.

¿Llegarán epidemias peores?

Sin duda. La población humana está creciendo hasta niveles insostenibles y, aunque suene duro decirlo, tiene que haber un reajuste malthusiano, un reequilibrio. Y, si no lo hay, de una manera constante y organizada tendremos que sufrir sucesivos brotes de epidemias. Es un modo de regularse, de buscar un nuevo equilibrio. Porque, para los seres humanos, una epidemia es un drama; pero, para el sistema natural, es ley de vida.

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