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Muere en Madrid a los 101 años el escritor Juan Eduardo Zúñiga

Con la muerte de Juan Eduardo Zúñiga las letras españolas pierden a su patriarca .

Zúñiga, en una foto tomada en 2003
Zúñiga, en una foto tomada en 2003
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Las letras españolas se tiñeron de luto por la muerte de su decano. Con 101 años y sus memorias en marcha nos deja Juan Eduardo Zúñiga, autor casi secreto, tan admirado como minoritario. Falleció en Madrid, donde había nacido el 24 de enero de 1919. Huidizo patriarca, a su pesar, de la letras españolas, sus libros fueron siempre más apreciados por otros escritores que por el común de los lectores. Elogiado con largueza por colegas como Manuel Longares, Luis Mateo Díez, Antonio Muñoz Molina, Marta Sanz, Almudena Grandes o el difunto Rafael Chirbes, su discontinuo ritmo editorial registró largas ausencias y silencios en una carrera de siete décadas. Con la complicidad de su esposa, la editora, escritora y pintora Felicidad Orquín, jugó Zúñiga a ocultar su edad hasta cumplir los cien. Lento, aplomado y minucioso, ultimaba unas memorias para Galaxia Gutenberg y preparaba reediciones de algunas de sus primeras obras.

Olvidado maestro del relato, apasionado eslavista y traductor, Zúñiga obtuvo en 2016 el Premio Nacional de las Letras Españolas, un merecido galardón que le hacía justicia a los 97 años y que es el segundo en el escalafón tras el Cervantes, que sin duda merecía. El jurado lo reivindicó «como un maestro en el género del cuento realista y fantástico, en el ensayo literario y la traducción».

Los relatos sobre la guerra civil y la posguerra articulan la exquisita obra de este singular narrador para quien el cuento tenia "las medida de mi respiración". Hombre frágil, enjuto, barbado y esquivo, nunca quiso estar bajo los focos, y se mantuvo deliberadamente en un segundo plano.

Cuando estalló la guerra Zúñiga era un adolescente. Los médicos impidieron alistarse en las filas republicanas al enclenque mozalbete, hijo de un farmacéutico, que viviría aquella barbarie como algo «absurdo y desesperado». El drama y la tensa atmósfera bélica se grabaron a fuego en la mente de aquel muchacho que, ya octogenario, destejería la madeja de su dolorosa memoria para hacer la mejor literatura.

Dio voz a sus víctimas más comunes, a los derrotados, en 'Capital de la gloria' (2003), que le valdría el premio Nacional de la Crítica y el Salambó. Con él culminó la trilogía que dedicó a la contienda, medio centenar de conmovedores relatos cuyos otras entregas fueron 'La Tierra será un paraíso' (1989) y 'Largo noviembre en Madrid' (1980). «Traté de dar un barniz de heroísmo a las desgracias que cercaron a aquellas personas», explicó. «Mi claro compromiso no es exclusivamente político. Me comprometo con la población, con quienes fueron mis vecinos y con quienes fueron perseguidos y acorralados en una vida precaria y plagada de necesidades», agregó este defensor de la literatura como reconstrucción de la memoria.

Para Zúñiga el modelo en el cuento fue siempre Anton Chéjov y la crucial revolución que el genio ruso impuso en el género. «Dotó al relato de tristeza y humor, y siempre he soñado con Chéjov como un gran maestro», reconocía Zúñiga, admirador también de Francisco Ayala, Ignacio Aldecoa o Francisco García Pavón, «que prestigiaron el cuento e hicieron que dejara de ser un género de segundo orden o una excrecencia de la novela».

En lo más duro del franquismo firmó su primer ensayo, 'La historia de Bulgaria' (1945). En 1951 aparecía 'Inútiles totales', primera obra narrativa de un clandestino militante comunista -miembro del PCE entre 1958 y 1964- que abominaba del realismo socialista. Cayó en un silencio de más diez años que rimpió con 'El coral y las aguas' (1962). Su discontinua obra se completa con los cuentos de 'Misterios de las noches y los días' (1992) y 'Flores de plomo' (1996), emotiva aproximación novelada a los últimos días y el suicidio de Mariano José de Larra, a quien había dedicado antes 'Artículos sociales de Mariano José de Larra' (1976). 'Brillan monedas oxidadas' (2010) y 'Fábulas irónicas' (2018) son sus colecciones de relatos más recientes.

Trabajador en soledad, casi en el anonimato, prefirió olvidar algunas obras publicadas bajo seudónimo. "Los escritores no debemos darnos en espectáculo; el escritor tiene que demostrar lo que es y de lo que es capaz en las cuartillas", sostenía.

Como gran eslavista, este licenciado en Bellas Artes y Filosofía que se doctoró en lenguas eslavas para leer a sus admirados autores en su lengua original, dedicó numerosos estudios a escritores rusos y búlgaros, como 'Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev' (1977) o 'El anillo de Pushkin', ensayos sobre los grandes temas y autores rusos que reunió luego en el volumen 'Desde los bosques nevados' (2010).

Premio Nacional de traducción en 1987 por su versión de las obras del escritor portugués Antero de Quental, Zúñiga tradujo también a notables novelistas y poetas eslavos y a autores portugueses como Urbano, Tavares Rodrigues o Mario Dionisio.

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