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Ocio y Cultura

Ocio y cultura. letras

Ana Merino narra la turbulenta apetencia de la felicidad

La poeta y profesora ganó el Premio Nadal con 'El mapa de los afectos', una novela que explora lo valioso y las heridas de las vidas minúsculas

Ana Merino y el Premio Nada.
Ana Merino, el día después de ganar el Premio Nadal.
Toni Albir/Efe.

Ana Merino (Madrid, 1971) era esencialmente poeta, profesora y estudiosa del cómic, sobre todo de los superhéroes. Hija de un gran narrador, en corto y en largo, como José María Merino –uno de los maestros leoneses del relato oral, la tierra de Antonio Pereira, otro maestro del envolvente decir–, reconoce que ha sufrido de diversos modos el contagio de la imaginación creativa. Con ‘El mapa de los afectos’ (Destino) da el salto a la novela.

El libro transcurre en el Medio Oeste norteamericano, donde vive y da clases desde 24 años, y plantea una novela abierta, con criaturas que entran y salen, que aparecen casi episódicamente al final de un capítulo y se adueñan del siguiente, y más tarde, de pasada en apariencia pero con toda la intención del mundo, reaparecen como si vinieran a cerrar enigmas, a completar disfunciones o habitar silencios que habían quedado por ahí, como algo abrupto y a menudo doloroso.

Ese pequeño pueblo es, de entrada, el gran protagonista del libro. Es el escenario, con sus casas bajas, con sus lugares de alterne, con un bosque más o menos cercano, donde pasan muchas cosas, y donde Samuel, el joven Samuel, tiene su refugio: el corazón de un árbol en el que deposita sus objetos, sus recuerdos, sus pequeños latrocinios.

En cierto modo parecía que la novela iba a ser como un inventario de secretos y de personajes alrededor de la vida de Samuel, ese niño que al principio asiste a los amores clandestinos y gozosos de la maestra Valeria y de Tom, 30 años mayor que ella. Se citan en la umbría de la arboleda y el niño, que aún desconoce la rotundidad de los cuerpos que se unen y las músicas del placer, es el primer fabulador. Pese a esa pasión, no tardamos en saber que Valeria tomará una extraña decisión: se casará bruscamente, en muy pocos días, con otro compañero, Paul, y Tom se revelará como un solitario, no sabemos si abatido y decepcionado, coleccionista o cazador de eclipses.

No era la historia de Samuel no esta narración de elipsis, de estados de ánimo, de emociones, de migrañas y de soledades lo que íbamos a leer. Vidas minúsculas. Pronto asoman otros personajes: ese grandote Greg, aficionado a los clubs de alterne y a las bellezas exóticas; de tarde en tarde, se ocupa con ellas, y deja el coche afuera. Un formidable equívoco, que entrañaba acaso una abisal forma de locura de amor, le condenará a uno de los peores destinos. En este retrato de diversas capas que Ana Merino hace de la sociedad norteamericana, también medita sobre la condena a los inocentes, enviados a la hoguera o a presidio como si nada.

Hay muchas más historias, relatos sobre la bondad extrema, aguijoneada de súbito por el desafuero carnal de un cura endemoniado y fanático, deliciosas historias de relaciones, de vínculos con las casas y los jardines; seres que buscan su redención como Emily, que decide pasar de ser bailarina y prostituta a crupier, seres como el apacible Alfredo, que anda por ahí como en la periferia de su propia existencia y de la de los demás, dispuesto a escuchar y echar una mano sin que se note demasiado. Y por andar, en esta novela donde las historias se aquilatan con naturalidad, donde los personajes se cruzan de golpe, en las esquinas del tiempo o del puro azar, andan los hijos de Lilian, aquella mujer asesinada de la manera más chapucera e inverosímil; el relato de uno de ellos, James, aborda otro asunto que la autora ha vivido muy de cerca, el de los alumnos o jóvenes que se marchan, en medio del curso, a la guerra.

Por haber incluso, a través de una periodista brillante y curtida, Diana P., que es expulsada de su periódico, hay una condena explícita a los excesos del feminismo (por cierto, su madre recoge a los perros y gatos perdidos y llamará Feminismo a un galgo maltrecho). Diana P. dice: «Es verdad, mamá, con ese falso feminismo se establece un nuevo tipo de corrupción, ser feminista deja de ser una garantía de igualdad, ahora que han adquirido poder se han comenzado a corromper al convertirse en sectarias». Y, unas líneas más allá, imparte una modesta lección sobre el oficio del reportero, cuando su madre le dice que busque más casos como el suyo, y que los cuente: «Es demasiado personal y me duele. A mí lo que me gusta es escribir con la mente abierta, pensar sobre lo que sucede en el mundo y contárselo a mis lectores de forma positiva. Escribo sobre la actualidad y las preocupaciones que tenemos todos», le responde.

Hay muchas historias encadenadas en el libro, personajes fascinantes, complejos y sencillos, que buscan la dicha y la calma y a veces hallan su envés, homenajes al cómic, relatos de españolas en Estados Unidos y al revés, norteamericanas que viajan por España, y de uno de ellos deriva el más bonito e inesperado capítulo de amor del conjunto, que certifica también cómo ha pensado su novela, Ana Merino, esta visión desde arriba, a vista de ojo de águila que penetra en todas las casas, en todas las almas y en la umbría del bosque para contar la respiración coral e individual de la comunidad, y para mostrar cómo pugnan el destino, la fatalidad y la injusticia con la bondad y la suave apetencia de felicidad.

‘El mapa de los afectos’ es un tratado de vidas minúsculas y de emociones inmensas. Todos somos importantes, valiosos, únicos, fragmentos de un material sensible que pueden cristalizar en una novela como esta, forjada por la poesía, la delicadeza y las turbulencias del destino.

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