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Silvia Marsó: "¿Por qué una mujer madura no puede tener un amante joven cuando al revés está bien visto?"

En la última. La actriz representará del 14 al 16 en el Teatro Principal el musical '24 horas en la vida de una mujer' de Stefan Zweig

Silvia Marsó en el Teatro Principal de Zaragoza.
Silvia Marsó da vida a la aristócrata Madame C en '24 horas en la vida de una mujer'.
Archivo Silvia Marsó.

«He luchado toda mi vida por un teatro que aporte algo; reflexión, emoción, crítica. Aprendo siempre», dice Silvia Marsó (Barcelona, 1963), que presentará del 14 al 16 en el Teatro Principal el musical ‘24 horas en la vida de una mujer’ del escritor Stefan Zweig.

¿Qué le pide a los espectáculos ajenos?

Que me hagan pensar y que me hagan cuestionarme cosas de mi vida o de la sociedad en la que vivo. Y de la condición humana. Y del amor. Si la obra es de risa, que también tenga una dosis de ironía y mordacidad suficiente.

Usted sonríe mucho, ¿no?

Es una actitud. También tengo  mis momentos de reflexión, imagino que de angustia y de tocar con los pies en la tierra. Mi actitud es la de mantener el buen rollo, y me sale, además. No es un sacrificio. Busco la sinceridad en el escenario, la verdad, y siempre hay luchar por ella.

¿Era lectora de Stefan Zweig?

Sí. Me encanta. Devoro sus relatos cortos. Y me encantan sus memorias, ‘El mundo de ayer’, y, por supuesto, ‘Carta de una desconocida’, que fue la primera novela suya que leí, quizá porque era la más popular por la adaptación al cine de Max Ophüls.

¿Cómo llegó a ‘24 horas en la vida de una mujer’?

Fue curioso. Durante el rodaje de ‘Gran Hotel’, para Antena 3, mi compañero Eloy Azorín me regaló la novela. La leí en una tarde y me gustó muchísimo. Al cabo de seis meses, me enteré de que la estaban haciendo en París.

Y allá se fue…

Fui a verla por curiosidad. A ver cómo habían hecho una obra en la que salen tantos escenarios distintos: el casino de Montecarlo y unas callejuelas de mala muerte, un palacio en Viena, la ‘riviera’ francesa… La habían adaptado con solo tres actores. Cuando cayó el telón decidí que esa iba a ser mi lucha: hacer esa función teatral y musical. Eso fue 2016.

¿Pensó que usted también quería hacerla en clave musical?

Silvia Marsó en el Teatro Principal de Zaragoza.
Un momento de la representación de la pieza musical, que dirige Ignacio García.
Archivo Silvia Marsó.

La versión que se estaba haciendo en París ya tenía compuesta la música. Es del ruso Sergei Dreznin, que vive en Nueva York. Mi siguiente paso fue gestionar los derechos, Hablé con Ignacio García, actual director del Festival de Teatro Clásico de Almagro. Cuando leyó la obra, y buscó un hueco para poderla dirigir (y lo hace), ya vi que podía llevarse a cabo. Es mi primera producción.

¿Qué le atrapó de la obra con esa aristócrata que vive momentos que le remueven la vida?

El mensaje profundo de ver cómo el ser humano, por culpa o a consecuencia de los condicionantes del entorno, familiares, sociológicos o religiosos, no viva en libertad dentro de su propia esencia. Esta obra es un canto a la libertad individual. Zweig atrapa.

¿Algo más?

También llamamos la atención sobre la ludopatía. Ahora que hay tantos adolescentes que juegan a los máquinas tragaperras, por la proliferación de espacios dedicados al juego, es bueno que haya una obra que habla de cómo el ludópata que interpreta Marc Parejo no puede salir del vicio del juego y cómo se destruye. Hay otra reflexión que me importa…

¿La historia de amor, quizá?

Sí. ¿Por qué una mujer madura no puede tener un amante joven cuando al revés está bien visto? ¿Por que el amor no puede ser libre? ¿Por qué tenemos que estar las mujeres sometidas a la opinión pública más que los hombres? Decidí hacer esta obra, con una música bellísima, maravillosa, original, poliestilística con connotaciones; puede oler a Tchaikovski y Shostakovich; a Debussy y algunas cosas de Kurt Weill, de cabaret, de sordidez... La música se interpreta en directo con un piano, un violín y un violoncello. Cantamos los tres actores. Es como una ópera…

¿Se queja de algo?

Me duele que la cultura no sea una prioridad en nuestro país y no sea menos intocable.

¿Qué le da el teatro a la gente?

Por mucha tecnología que haya, la representación teatral es un acto mágico. Nada es comparable al mensaje en directo y a las lágrimas de un actor en el escenario y a las risas del público. El teatro es la vida. Por eso perdura y perdurará por los siglos de los siglos.

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