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Paloma Navares condensa sus cuatro décadas de creación reivindicativa en la Lonja

El feminismo y la innovación han marcado el camino de esta artista que expone en Zaragoza hasta el 12 de abril.

Paloma Navares, ayer en la presentación de la exposición ‘El vuelo. 1978-2018’.
Paloma Navares, ayer en la presentación de la exposición ‘El vuelo. 1978-2018’.
Raquel Labodía

Condensar una vida profesional tan intensa, reivindicativa y transgresora como la de Paloma Navares (Burgos, 1947) entre las paredes del Palacio de la Lonja de Zaragoza se antojaba un desafío extraordinario. Un reto que esta artista multidisciplinar ha asumido, dando como resultado la exposición ‘El vuelo. 1978-2018’, que podrá visitarse hasta el próximo 12 de abril. Además, la muestra tiene un prolongación en Etopia con diversas intervenciones visuales en sus fachadas.

La obra de Navares regresa a la capital aragonesa, donde ya recaló hace casi tres décadas a través de la galería Spectrum. El paso del tiempo no ha desteñido las señas de identidad de esta creadora infatigable: audacia, feminismo, modernidad, sensibilidad y espíritu crítico.

Una mirada especial e intransferible que habita en cada una de las fotografías, vídeos, esculturas, ‘collages’, instalaciones y los variopintos y tuneados objetos que integran una iniciativa realizada con la colaboración entre el Ayuntamiento de Zaragoza y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León –donde desembarcará del 20 de junio al 27 de septiembre–.

«Esta exposición representa toda mi historia. Fui una niña casi sin visión, pasé mucho tiempo con ceguera, algo que me ha condicionado. Me hice artista para sanear el alma y la mente. Y aquí he reunido una pequeña selección de las etapas más importantes de mi vida», apuntó.

Una trayectoria marcada profundamente por una dura infancia que ayer compartió y que ayuda a comprender las coordenadas por las que transitan sus creaciones. «A los 6 años me internaron en un centro religioso. Para localizarme, para dirigirse a mí, yo era el número 43. Mi infancia fue solitaria, claustrofóbica», rememoró. Aunque fue precisamente una religiosa la que le introdujo la semilla del arte. «Pasé a otro internado más leve y allí una monja me enseñó a copiar obras del Prado: superponía algo transparente y lo calcaba. Ahí se me despertó un sentido emocional. Cuando dibujaba ya no estaba asustada en la habitación y aprendí a pintar», prosiguió.

La mujer es el principal hilo conductor de su universo plástico. Una lucha eterna en la que no ha rebajado ni un gramo su implicación y combatividad. «Sigo en la defensa del género. Como niña, como joven, como madre y ahora como persona mayor, he vivido todas las etapas como mujer en la sociedad. He sufrido cuando dejas de ser visible y vives con dolor y con una soledad muy grande. Te van quitando los puntos de apoyo», lamentó.

Cada una de las obras expuestas es un canto a la mujer y a la sociedad. Como en la sección ‘Otros páramos, mundos de mujer’, donde pone el foco sobre las culturas, los ritos y las costumbres que han mutilado el desarrollo femenino.

Navares se atreve incluso con un tabú como el suicidio –«algunas personas llegan a sufrir un dolor insoportable en el alma», dijo–, denuncia la explotación animal con una impactante grabación de unas panteras recluidas en una jaula de nueve metros cuadrados y sitúa al espectador ante la crudeza del genocidio de Ruanda con imágenes grabadas ‘in situ’.

Un viaje hacia la emoción extrema que conmoverá a las almas sensibles.

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