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Corita Viamonte se despidió en el Principal con un recital para sus padres y los animales

En su adiós, la cantante y actriz zaragozana volvió a cantar, 30 años después, la zarzuela ‘Chateau Margaux’ de Manuel Fernández Caballero

Corita Viamonte tiene un corazón tan extenso como su voz o su vocación de actriz. Anoche decidió retornar al Principal con un triple motivo: retirarse del canto profesional, rendir homenaje a sus padres, Cora López, pianista, cantante y maestra de varias generaciones, y Juan Viamonte, cantante, con tonos a lo Luis Mariano, y regidor de un sinfín de proyectos de la compañía musical de ambos. Y, a la par, colaborar con la Asociación Madrinas Animalistas Rescate (AMAR), que protege a los perros, y la Plataforma de Protección Felina, que se preocupa por los gatos. 

La recaudación de la Gala Lírica de Despedida de Corita, o quizá de un hasta pronto, irá a parar a estas dos organizaciones. Maribel Salesa, responsable de la Plataforma, decía: “Estoy emocionada. Es un reto para ella, tras el ictus que sufrió hace un año, y todo un detalle de su gran corazón y de su generosidad. No cobra nada de nada, y fue Corita quien lo propuso para proteger a los animales. ¿No le parece muy grande?”.

Javier Vázquez y Susana Luquín condujeron una gala repleta de emociones. Con humor y ternura, con gran profesionalidad y vis cómica, explicaron la trayectoria de Cora López y de Juan Viamonte. Recordaron que Cora debutó al piano en el Teatro Principal, a los ocho años, que volvió a tocar a los once, y que después se trasladaría a Madrid, donde destacaría en la zarzuela. Fue Plácido Domingo padre quien reparó en el poder y la finura de su garganta. Participó en la película ‘Mi vida en tus manos’, y allí cantó el tema ‘Vivir en Montmartre’, que logró rescatar Rafael Castillejo, ese dueño del desván de la memoria y de todos los sonidos. 

Un entrañable montaje recordó la historia de los progenitores de Corita Viamonte con esa melodía de fondo. En las butacas se oía: “¡Qué guapos eran sus padres! Impresionan”. Cora y Juan se conocieron, compartieron la ilusión de la música y el amor. Al cabo de unos años regresaron a Zaragoza. Corita Viamonte, el fruto de su pasión, seguiría su camino: en el canto, en la afición por la música, la escena, el teatro; quizá añadiese algo nuevo al tándem: su gusto por el humor.

No tardaría en salir para cantar y actuar al ritmo del pianista José Félix Tallada. Javier Vázquez y Susana Luquín, elegantísimos y cercanos, anunciaron el programa: en la primera parte, se representaría la zarzuela ‘Chateaux Margaux’ del maestro Caballero, estrenada en 1887. Corita se despidió de la zarzuela con esa obra. Y ahí la reina de la noche, toda de negro, actuaría con Nacho Embid, Conchita de Castro, Pedro Javier y Jesús M.ª Celma. 

Corita, “nerviosa y emocionada”, según sus presentadores, estuvo feliz, cómoda y solvente de voz, dispuesta a cantar, a bromear, a solicitar aplausos para sus compañeros, fingirse la borracha y dar una lección de sus recursos: la voz, su sentido de la chanza, su vitalidad, su inclinación por las risas. La gente aplaudió a rabiar. Desde un palco lateral, Matilde Rivas y Sabina Ribera comentaban: “Nos gusta mucho. Es simpática, canta muy bien y le encanta actuar. Somos como ella del barrio del Gancho”.

En la segunda parte, el rapsoda y detective Fernando González leyó un poema de Alfonso Zapater, dedicado a Corita López. José Félix Tallada dirigió los voces del Teatro Lírico de Zaragoza. Dentro, con la voz hecha plenitud y nostalgia, Corita Viamonte esperaba su turno. En realidad, se cumplía uno de sus sueños más hermosos: querría acunar con canciones el majestuoso retrato de sus padres. Muchos sabían que el recital de anoche era también el concierto más feliz de los perros y gatos los abandonados de Zaragoza, que oirían desde el callejón las “palabras de miel” que no dejaron de sonar por ellos.

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