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Muere Javier Aguirre, el director vasco más taquillero y prolífico

El realizador donostiarra alternó en su filmografía cintas al servicio de Los Bravos, Raphael o Parchís que tuvieron millones de espectadores y obras experimentales que bautizó como 'anticine'.

Javier Aguirre
Javier Aguirre
Europa Press

A los dos meses, la madre de Javier Aguirre (San Sebastián, 1935) le sumergió en la oscuridad de un cine. Y aquel bebé no lloró. A los diez años apuntaba las películas que veía, a los doce escribía críticas para su archivo particular y con quince se convirtió en colaborador de la mítica revista 'Film Ideal'. A los diecisiete fundó el primer cineclub de San Sebastián y con diecinueve realizó su primera película amateur en la que dio su primer papel a un tal Alfredo Landa. Su pasión devino su oficio; su filmografía, que supera los 80 títulos, es un insólito ejemplo de esquizofrenia creativa en el que conviven algunas de las cintas más taquilleras del cine español y producciones experimentales, tan solo exhibidas en circuitos marginales.

La Academia de Cine ha confirmado este miércoles la muerte del realizador donostiarra tras una larga enfermedad a los 84 años. La noticia llega pocos días después de que la institución le honrara el 21 de noviembre con la Medalla de Oro a él y a su eterna compañera durante los últimos 45 años, la actriz Esperanza Roy. Juntos rodaron ocho películas, entre ellas 'Carne apaleada', 'Vida perra' y 'La monja alférez'.

"En Javier encontré a un hombre que me hablaba de arte, que era honrado y que como director me exigía una barbaridad, nunca me puso de gran estrella", alabó la actriz. La hija que Aguirre tuvo con la actriz Enriqueta Carballeira, la también directora Arantxa Aguirre, recordó a su padre, ya demasiado enfermo para recoger el galardón de la Academia: "Esta Medalla de Oro me parece un acto de justicia poética en el caso de un hombre que ha amado el cine sobre todas las cosas y le ha dedicado su larga vida como crítico, luego como director, guionista, productor y, siempre, siempre, como espectador".

Javier Aguirre era en los últimos años un habitual en las sesiones de la Filmoteca en el madrileño cine Doré junto a Esperanza Roy. Pocos espectadores reconocían al autor de 'Una vez al año ser hippy no hace daño', 'Soltero y padre en la vida' y 'En busca del huevo perdido', que se despidió de las salas comerciales en 1991 con 'El amor sí tiene cura', una comedia al servicio de Fernando Esteso. Pero Aguirre, que se codeó con Truffaut y grabó a Orson Welles en España, era también el autor de cintas como 'Voz' (2000), un monólogo en el que Fernando Fernán-Gómez recita textos de Samuel Beckett en un plano fijo de 80 minutos, lo que duraba la vela encendida en primer plano. El actor le confesó al leer el guion que no había entendido nada.

"Cuando hago cualquier película siempre deposito mi alma", contaba Aguirre a este periodista en la presentación de 'Voz'. "Lo que ocurre es que en unas me pongo en el lugar del espectador medio y en otras pongo algo más visceral. Siempre ruedo como si estuviera ante la mejor película de la historia sabiendo que no lo es". El director también sabía que el precio por no hacer concesiones artísticas era "endeudarte y no cobrar ningún sueldo". Nada que ver con los millones de espectadores que llenaron las salas donde se proyectaron sus rentables productos a mayor gloria de grupos musicales como Los Bravos -'Los chicos con las chicas' (1967), casi 3 millones de espectadores- y Parchís -'Las locuras de Parchís' (1982), 'Parchís entra en acción' (1983).

Aguirre se enorgullecía de que nunca había hecho perder dinero a ningún productor. Tocó todos los géneros menos el western. Aunque parezca incréible, su excelente trilogía terrorífica compuesta por 'El jorobado de la morgue', 'El gran amor del Conde Drácula' y 'El asesino está entre los trece' la rodó el mismo año, 1973. Estudió en la Escuela Oficial de Cinematografía mientras escribía crítica en revistas y empezó como ayudante de dirección a finales de los 50 y realizando noticiarios en el No-Do. Debutó como director en 1961 con dos cortos documentales, 'Tiempo de playa' y 'Pasajes tres (lo viejo, lo nuevo y más)', este último acreedor de la Concha de Oro al mejor corto en el Festival de San Sebastián.

Todo ese cine vanguardista y experimental que nunca dejó de cultivar lo agrupó bajo el nombre de 'anticine', que también bautizó un manifiesto ideológico y un libro publicado en 1971. «Comparto lo que decía Octavio Paz: prefiero dos lectores de poesía que ahonden y la sientan, que doscientas mil personas aclamándome en un estudio de fútbol. No es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Yo ya sé lo que son los éxitos comerciales. Y no me satisfacen», confesaba el autor de películas a mayor gloria de Raphael -'Volveré a nacer' (1973)', Torrebruno -'Rocky Carambola' (1979)-, Martes y Trece -'Martes y Trece, ni te cases ni te embarques' (1982)- y María Jesús y su acordeón -'Los pajaritos' (1983)-.

El director vasco más prolífico y taquillero de la historia del cine fue capaz de llevar a las salas a más de dos millones de espectadores con 'Soltera y madre en la vida', con una Lina Morgan embarazada trabajando en un puticlub, y 1,3 millones con 'El astronauta' (1970), donde Tony Leblanc viajaba a la Luna armado de un botijo. Era el mismo Javier Aguirre que agujereó el celuloide en 'Fluctuaciones entrópicas' (1971), dejó una cámara abandonada para que rodara a pasajeros saliendo del metro en 'Objetivo cuarenta grados' (1969), mostró 113 variaciones de un beso entre Javier Bardem e Inés Sastre en 'Variaciones 1/113' (2003) y que cerró su carrera con 'Sol' (2009), un documental rodado en la Puerta del Sol madrileño a lo largo de varias décadas. "Lo frustrante es intentar gustar a todo el mundo y no conseguirlo", concluía.

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