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Ocio y Cultura

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La pintora Teresa Ramón desnuda sus manos en el museo Pablo Serrano

La artista oscense, Premio Aragón-Goya, ocupa dos salas con obra retrospectiva y su impresionante mural, 'El juego de vivir', de las edades del sur humano

Teresa Ramón
Teresa Ramón ante uno de sus cuadros, casi monocromos.
Guillermo Mestre.

PINTURA Y DIBUJO

'La jaula se ha vuelto pájaro'

Teresa Ramón. IAACC Pablo Serrano. Comisaria: Semíramis González. Hasta el 29 de marzo.

Luchadora vital y profesionalmente, Teresa Ramón (Lupiñén, Huesca, 1945) presenta en esta exposición esa fuerza redentora que constituye la pintura ante el vacío al que te puede llevar la vida.

Sin pudor y con valentía muestra las credenciales de quien es capaz de superar los envites y salir de la oscuridad imposibilitadora, con los mimbres liberatorios del proceso creativo. El título de la muestra es un claro referente, ‘La jaula se ha vuelto pájaro’, uno de los versos del poema ‘El despertar’ de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, en los que esta presente la angustia y la lucidez. De ellos habla la exposición que incluye distintas series que abarcan un periodo que va de 1999 a 2019. En algunas con una estricta selección y en otras con un contenido más amplio.

La pintura de Teresa Ramón siempre viene impregnada de analogías que hacen converger el influjo psíquico sobre el físico, convirtiéndose en una relación necesaria y constante. Pero también de símbolos en el que todo posee un significado, todo se manifiesta secretamente intencional, todo deja una signatura que pueda ser objeto de comprensión e interpretación. Las representaciones pictóricas más antiguas ya incluyen signos femeninos tallados en los abrigos o pintados en las cuevas. Porqué no, fueron pintados por una mujer que como Teresa Ramón atrapa el signo y lo hace mística para escenificarlo en laberintos como el de Egipto que Plinio lo sitúa en el lago Moeris, los dos cretenses de Cnosos y Gortyna o el griego de la isla de Lemmos. Formas que poseen la virtud de atraer, que se mimetizan con un abismo atávico o que tienen forma de cruz, como los que se conocían en Italia como el «nudo de Salomón» y que integran el doble simbolismo de la cruz y del laberinto. Lienzos en los que apremia la visceralidad del color. Rojos, amarillos y azules, refulgen en las superficies en las que la expresión se proyecta en masas que se convierten en manos que atrapan sueños.

Una pintura que guarda el significado de los arcanos en sus encrucijadas interiores como poemas que se puedan leer en cualquier dirección, sin que por ello pierdan su cadencia y sentido. Unas obras de factura reciente que sin embargo están ligadas a la serie en papel de pequeño formato ‘Crónicas de laberintos’ de 2016. Es el preludio del neófito que tantea el territorio, que se reconoce en su lenguaje, que es consciente del fin de una dependencia, que disfruta con el color y la línea, que ha vencido a la imposibilidad. Teresa Ramón traza el destino que se va abriendo a la luz en sus muros de estructuras derrumbadas por el movimiento que las impregna y armoniza.

El proceso anterior a esta catarsis está presente a través del cuaderno ‘Proceso de una resurrección’ (2014). Un diario visual que se ha reproducido en su totalidad, como hojas extendidas en un gran mural, donde tiene cabida la iconografía de la impotencia y angustia, dibujada en la expresividad de del rostro y la figuras que buscan una escapatoria de la «jaula» en la que se encuentran.

La exposición además se completa con las series ‘Sangre de paloma’ de 2010 y ‘Los amantes secretos de Petra K’ de 1999. Esta última constituye una paráfrasis de la situación de desamparo de la mujer ante el acecho de dos formas masculinas.

Complementando a la exposición con motivo del Premio Aragón Goya de 2015, se ha dispuesto en la sala de las cuarta planta el gran mural de 68 metros de longitud, ‘Le jeu de vivre’ (‘El juego de vivir’) que se exhibió en el Museo de Huesca, en 2018. Una obra que supuso todo un reto y en el que apuesta decididamente por el color. Un delirio vibrante y un estallido de vida. Alejada de símbolos, la obra es un canto brutal a la pintura. Un viaje cromático del que va prendida una línea que se desvanece y vuelve a surgir, acompasando las composiciones abstractas. 

Un juego de tensiones y movimientos que como señaló Rafael Doctor está vinculado a la vida «concebido con ilusiones, con momentos, con materia, con luz, con reposos, con sorpresas, con predicción, con sombras, con decepciones y aciertos, pero, ante todo, es un cuadro elaborado desde la belleza y libertad de la intuición de la autora; un cuadro de todo donde no es necesario ver nada e incluso es preferible no pensar y dejarse seducir y ser arrastrado por esa línea de luz de la vida y, sin esperar nada a cambio, sentir, sentir y sentir».

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