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Juan Linacero, el botones del Banesto que hizo historia en la difusión de la música

El líder durante décadas del negocio musical en Aragón, fallecido recientemente, abrió su primera tienda en 1968.

Celebración navideña en 1983. Juan Linacero, con corbata a la derecha de la imagen, posa en esta fotografía de familia en la tienda de la calle San Miguel, 20. Le acompañan sus hijos Sonia, Miguel, Juanvi y Luis, además de los trabajadores Olga Guillat, Ana Anadón, César Repollés y María Jesús Sancho, entre otros.
Celebración navideña en 1983. Juan Linacero, con corbata a la derecha de la imagen, posa en esta fotografía de familia en la tienda de la calle San Miguel, 20. Le acompañan sus hijos Sonia, Miguel, Juanvi y Luis, además de los trabajadores Olga Guillat, Ana Anadón, César Repollés y María Jesús Sancho, entre otros.
Familia Linacero

Hay personas que devoran la vida a dentelladas. A golpe de tesón y trabajo, se rebelan contra las contrariedades para dejar su impronta en forma de legado. Es el caso de Juan Linacero (Bilbao, 1935-Zaragoza, 2019), recientemente fallecido, quien tuvo la clarividencia de creer en el negocio discográfico, del que fue un pionero y al que dedicó medio siglo.

Resulta casi imposible encontrar a un aragonés que no haya escuchado al menos un disco despachado en las tiendas de este emprendedor. Desde 1968 –año en que inauguró su primer establecimiento– hasta nuestros días –sus hijos siguen portando la antorcha–, se han sucedido las generaciones que han encontrado su banda sonora existencial con su intermediación. Un camino asido a la innovación y a la ambición en pos de difundir la música hasta el último rincón de la Comunidad.

La trayectoria de este bilbaíno de nacimiento, pero zaragozano –y borjano– de corazón, ya era digna de un guión cinematográfico desde su tierna y agitada infancia. Su padre, Vicente, luchó en el bando republicano en la Guerra Civil y fue hecho prisionero. El pequeño Juan estuvo a punto de ser conducido a la Unión Soviética como un ‘niño de la guerra’. Sin embargo, un militar amigo de sus progenitores lo reconoció y lo devolvió con su madre Obdulia. Terminada la contienda bélica, los Linacero se instalaron en Zaragoza, donde tenían lazos familiares. Concretamente en la calle Casta Álvarez.

A los 10 años, la repentina muerte de su padre bajó la persiana de su niñez y le empujó a adquirir obligaciones de adulto. Ejercía de monaguillo en los Escolapios para poder desayunar. Y con 14 años fue contratado como botones en el Banco Español de Crédito (Banesto). Ansioso por progresar, estudió Contabilidad y fue subiendo escalones hasta ser nombrado interventor. Las tardes las dedicaba a completar los ingresos llevando las cuentas de diversas empresas. Fue en ese caldo de cultivo y en su estatus más desahogado cuando decidió, junto a dos compañeros en la entidad bancaria, invertir en la venta de discos.

«Abrieron tres tiendas: una en la calle Graus, otra en el paseo de Cuéllar y otra en la plaza de San Miguel número 11. La sociedad a tres bandas no duró mucho, pero mi padre mantuvo su apuesta», explica Luis Linacero, el vástago que lleva inoculado el fervor por la música.

Desde aquel establecimiento iniciático llamado El Patio Musical –literalmente estaba ubicado en el patio de la entrada de un edificio– fue erigiendo paulatinamente un pequeño gran imperio que vivió su mayor esplendor en los años 90, con la apertura de diversas tiendas, la venta de entradas para grandes conciertos que generaban filas asombrosas, la edición de una revista propia, la creación de tres sellos discográficos y la distribución a gran escala desde el País Vasco a Cataluña, pasando por Navarra, La Rioja, Aragón y Soria.

«Mi padre no era un melómano. Le gustaban los boleros, las rancheras y el género lírico. Pero se tomaba muy en serio este negocio y no escatimaba ni medios ni esfuerzos para mejorar. Supo rodearse de grandes profesionales, como Alberto Carasol o Imelda Bueno, que abrieron el abanico para llegar cada vez a más público», ensalza Luis Linacero, quien habla con especial cariño de Cara 2, tienda que en la calle San Miguel, 49, se constituyó en la tierra prometida del rock y de la modernidad.

La velocidad de crucero de Juan Linacero era tal, que incluso asumió con éxito la misión a priori imposible de reflotar Guateque, otrora el comercio de referencia en el Pasaje Palafox.

Otro de los pilares de su filosofía fue la difusión de los artistas aragoneses, que siempre encontraron acomodo en las estanterías de Linacero. Desde Labordeta a la Bullonera, pasando por Más Birras, Héroes del Silencio, Amaral, El Niño Gusano o Bigott.

Honesto e íntegro

No cabe duda de que Juan Linacero exprimió sus más de ocho décadas con una determinación inquebrantable. A su manera, influyó en la educación lúdico-sentimental de miles de personas. Y es que la música, con su poder sanador y exaltador, habita en cada uno de nosotros.

«Cuando pienso en lo que hizo mi padre, me quedo, sin lugar a dudas, con su honestidad, con su integridad, con sus fuertes convicciones a las que no renunció jamás; a la justicia social que llevaba clavada en su ADN. Eso es lo realmente importante», apostilla Luis Linacero. 

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