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George Orwell, luz sobre Monte Oscuro

Artes y Letras. La gran mole occidental de la sierra de Alcubierre, descrita con absoluta claridad por el autor inglés tras su experiencia como soldado en su libro ‘Homenaje a Cataluña’, conserva en torno a su cima importantes vestigios de la Guerra Civil

Orwell en Monte Oscuro.
Panorámica de Zaragoza desde Monte Oscuro, por donde anduvo George Orwell.
Fernando González Seral.

En el extremo occidental de la Sierra de Alcubierre, entre los términos de Farlete y Perdiguera, a 824 metros de altitud, se alza Monte Oscuro, una cima solo diez metros inferior a la de San Caprasio, el punto más alto de esta pequeña cordillera que es un mirador privilegiado tanto hacia el norte pirenaico como hacia el valle del Ebro. 

San Caprasio está coronado por una ermita y es famoso por sus eremitorios excavados en la roca, Monte Oscuro está coronado por la esfera de un radar meteorológico y debería ser famoso por las casamatas, trincheras y cuevas excavadas durante la guerra civil, un patrimonio histórico que cuenta además con un especial valor literario: aparece en las memorias del miliciano Antoine Giménez, un libro titulado ‘Del amor, la guerra y la revolución’, y en el mucho más conocido ‘Homenaje a Cataluña’ de George Orwell. Sin embargo, un pequeño error de interpretación ha borrado el topónimo de Monte Oscuro en algunas ediciones recientes, aunque permanece como tal en la inmensa mayoría.

Entre las notas que el editor Peter Davidson incluyó en la publicación de las obras completas de Orwell figuraba esta apreciación en la página 252 de ‘Homage to Catalonia’, referida a la primera traducción al francés de esta obra: «By 11 September 1938 Orwell had corrected the first six chapters of translation. He sent correction to chapters 7-10 on 19 june 1939 and he mentioned, en passant. The name of Monte Oscuro could be changed to Monte Trazo. I probably made a mistake».

En la versión original de ‘Homenaje a Cataluña’, Monte Oscuro aparece citado en los capítulos 4 y 7; curiosamente también se mantiene en versiones francesas recientes como la publicada por Editions 10/18 con la traducción de Yvonne Davet, a quien se dirigía la nota de Orwell.

Como se ve en la referencia de Davidson, no hay indicios de que Orwell lo mencionara en la corrección de los seis primeros capítulos, donde realmente tiene importancia, y sí lo hace casi un año después, en passant, como algo poco relevante, al encontrarlo en una breve alusión del capítulo 7. El contenido claramente diferenciado de ambos capítulos muestra que en algunas ediciones se ha tomado la parte por el todo y, debiendo corregir solo el apunte anecdótico del capítulo 7, se han eliminado también las tres citas trascendentales que aluden a este paraje en el capítulo 4, algo que solo puede hacerse desde el desconocimiento del terreno ya que la descripción que el autor inglés hace de Monte Oscuro es inconfundible, muy distinta del paraje nombrado como Monte Trazo o Monte Irazo, y demuestra su presencia en este lugar. De no haberlo conocido, es obvio que no lo habría citado tantas veces y con tanta precisión.

El capítulo 4 es un diario de campaña en el que Orwell cuenta la llegada al pueblo de Alcubierre de un pequeño contingente del Independent Labour Party (ILP), la decisión de que se una a ellos y su traslado a Monte Oscuro, describiendo el lugar y lo que allí se encuentra: «... como se decidió que los ingleses estuviéramos juntos en este frente, a Williams y a mí nos llevaron donde ellos. Nuestra nueva posición estaba situada en Monte Oscuro, varios kilómetros hacia el oeste y a la vista de Zaragoza».

Los informes sobre el contingente del ILP, que pueden consultarse en internet, corroboran sus palabras y hablan de un recorrido hasta Monte Oscuro de «12 miles to the south west» al que se unen otros ingleses llegados al frente con anterioridad, «including Eric Blair, not yet using his pen name George Orwell».

Orwell en Monte Oscuro.
Trinchera en Monte Oscuro.
Fernando González Seral.

George Orwell (1903-1950) se desplaza doce millas desde Alcubierre (20 kilómetros), remonta la sierra hacia el sudoeste y llega a un punto tan alto que le permite ver la capital aragonesa, el único de la zona que goza de esa panorámica, Monte Oscuro, emplazamiento que describe a la perfección: «La posición estaba encaramada en una especie de cresta afilada de piedra caliza, con cuevas cavadas horizontalmente en el risco como nidos de golondrinas».

Ahora hay mucha más vegetación, sobre todo en esa cresta caliza que desciende por el extremo occidental de Monte Oscuro, la loma conocida por los lugareños como Monte Oscurillo, pero varias de esas cuevas pueden visitarse con facilidad, como reflejó Manuel Benito Moliner en su libro ‘Orwell en las tierras de Aragón’, y sin embargo no hay nada parecido en Monte Irazo, que tampoco está a veinte kilómetros de Alcubierre, sino muy cerca y pegado a la carretera, ni responde al perfil alto, escarpado, alejado y panorámico descrito en el libro. Pero además de lo que se ve allí, el argumento más contundente de su presencia en Monte Oscuro es lo que se ve desde allí, cuando Orwell insiste en su visión de Zaragoza, tanto con sol como al oscurecer: «Por la noche podíamos ver las lámparas de nuestros camiones de abastecimiento provenientes de Alcubierre y, al mismo tiempo, las de los fascistas que venían de Zaragoza. A unos veinte kilómetros hacia el sudoeste también Zaragoza era visible: una delgada hilera de luces como ojos de buey de un barco iluminado».

De día y de noche conviene insistir en ello: Monte Oscuro es la única posición republicana desde la que puede verse Zaragoza, como corroboran dos de los grandes conocedores de la zona, el naturalista Constantino Escuer, de Perdiguera, y el fotógrafo Fernando González Seral, de Leciñena. Lo era en 1937 y lo sigue siendo ahora porque es la única de cuantas ocupaban los milicianos que tiene la elevación suficiente para contemplar la ciudad. Durante la Guerra Civil Zaragoza tenía 175.000 habitantes y esa modesta iluminación que Orwell contempla como ventanas de un barco. En la actualidad tiene 700.000 habitantes y está rodeada por grandes polígonos industriales que también derrochan luz, una potente iluminación que se ve con intensidad desde Monte Oscuro y que es imposible contemplar desde Monte Irazo, Monte Pocero o cualquier otra antigua posición republicana en Los Monegros porque todas ellas están más alejadas y al otro lado de la sierra de Alcubierre, en su vertiente norte, y los montes que tienen delante impiden ver nada del valle del Ebro. Ni un destello de luz. Ni de día ni de noche.

Ni entonces ni ahora. Basta con circular en coche desde Alcubierre hacia Zaragoza para comprobarlo, de hecho desde Monte Irazo, por su baja cota, no se ve ninguna población, ni siquiera las que tiene más cerca.

El caso del capítulo 7 es muy distinto. Aquí no se describe nada, solo hay una breve alusión a Monte Oscuro y forma parte de una evocación, de un momento de reflexión, tiempo después, en que el autor encadena tres recuerdos de otros tantos lugares por los que pasó: «Todo aquel periodo ha perdurado en mí con una curiosa nitidez. Con el recuerdo revivo incidentes que tal vez parezcan demasiado insignificantes para ser evocados. Vuelvo a estar en el refugio de Monte Pocero, sobre el suelo de piedra caliza que me sirve de cama. El pequeño Ramón ronca con la nariz aplastada entre mis omóplatos. Me tambaleo por la embarrada trinchera, atravesando la niebla que gira en torno a mí como vapor helado. Estoy a mitad de camino en una grieta de la ladera de la montaña, luchando por mantener el equilibrio mientras arranco una raíz de romero silvestre. Por encima de mi cabeza cantan algunas balas perdidas».

«Estoy echado, oculto entre unos pequeños abetos, en el terreno bajo que está al oeste de Monte Oscuro, con Kopp y Bob Edwards y tres españoles. En la desnuda colina gris a nuestra derecha, una hilera de fascistas trepan como hormigas. Cerca, una trompeta suena en las líneas enemigas. Mi mirada encuentra la de Kopp, quien, en un gesto escolar, les hace burla. Estoy en el asqueroso patio de La Granja, entre la multitud de hombres que luchan con sus platos junto a la olla de estofado. El cocinero gordo y agotado nos mantiene a raya con el cucharón».

En un rápido repaso a sus recuerdos incluye tres lugares, Monte Pocero, Monte Oscuro y La Granja, pero es fácil deducir que el segundo recuerdo no le ocurrió en Monte Oscuro, ya que al contar su desplazamiento a esa posición solo nombra que le trasladan con otro compatriota, el citado Williams, con el objetivo de juntar a todos los ingleses. En ningún momento dice que les acompañara el comandante Georges Kopp, que además no era inglés sino belga. Es fácil deducir que, al repasar el texto, Orwell debió de caer en la cuenta de que esa anécdota con Kopp habría tenido lugar en otro sitio, en Monte Trazo o Monte Irazo. Las diferencias descriptivas y literarias entre los capítulos 4 y 7 son muy esclarecedoras.

Orwell en Monte Oscuro.
Una edición de 'Homenaje a Cataluña' entre latas y restos en Monte Oscuro.
Miguel Mena

Orwell nunca entró en Zaragoza ni pudo tomar un café en Huesca, como era su deseo. Ambas ciudades las vio a lo lejos, mientras pateaba Los Monegros, arriba y abajo, y así estuvo en Monte Irazo, por supuesto, pero también en Monte Oscuro como atestigua su minuciosa información al respecto, algo que puede resultar indiferente a un lector lejano, pero muy fácil de comprobar para quienes residimos a poca distancia. Ahora falta que este emblemático lugar, al que se accede tras recorrer quince kilómetros por una pista de tierra, se proteja y se difunda como se ha hecho con otros sitios de la Ruta Orwell, más promocionados por su fácil acceso.

A Monte Oscuro no es difícil llegar, solo hay que seguir los rótulos que guían hacia el observatorio meteorológico, y una vez allí, un centenar de metros al norte y otros tantos al sur de la gran esfera, encontraremos los restos históricos tal y como quedaron al finalizar la contienda. Muchas de las fortificaciones, en concreto las del bando franquista que había en zonas más bajas, se destruyeron en roturaciones y reforestaciones, pero en el punto más alto siguen abiertas las cuevas donde el escritor no pegaba ojo, «no se puede dormir bien en un horrible agujero cavado en la tierra», y aún abundan en el contorno las latas de alimentos que no conseguían saciar a los combatientes: «estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos; cualquier comida nos parecía sabrosa». Alguna de ellas serviría de alimento a un miliciano llamado Eric Blair, inmortalizado en la historia y la literatura con el sobrenombre de George Orwell.

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