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Ocio y Cultura

Picasso, el reproductor de arte (/)

El monstruo interior

Con 'La danza', Picasso pone punto final al periodo clasicista.

Jean Cocteau, Pablo Picasso, Igor Stravinsky y Olga Khokhlova en Antibes, 1926.
Jean Cocteau, Pablo Picasso, Igor Stravinsky y Olga Khokhlova en Antibes, 1926.
Heraldo

En 1925 Picasso inicia un cuadro capital: “La danza”, donde varias mujeres desnudas bailan en una habitación con balcones en presencia de la silueta de Ramón Pichot, amigo íntimo de la juventud de Picasso que acababa de morir y al cual las bailarinas le dan la mano. Es el cuadro que pone punto final al periodo clasicista. Marca el declive de su matrimonio con Olga Khoklova y la influencia de los surrealistas personificada en André Breton. Con Breton coincide en Antibes durante ese verano y mantiene largas conversaciones en torno al automatismo del pensamiento y al efecto del pensamiento irracional en el misterio del arte. El surrealismo, que podría definirse como un nuevo modernismo, como un nuevo simbolismo, se opone al clasicismo anterior.

Pero Picasso deniega la influencia del surrealismo en “La danza”. De hecho, la alusión a ella es lo único que corregirá años más tarde en el catálogo de su exposición retrospectiva en el Museo de Artes Decorativas de París.

'La danza' Pablo Picasso 1925
'La danza' Pablo Picasso 1925
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“La danza” (1925) guarda un misterioso parecido con “La vida” (1903) y con “Las señoritas de Aviñón” (1907). En “La vida” aparecía Carlos Casagemas abrazado a una mujer desnuda. Ambos jóvenes representaban el amor y el sexo y miraban a una mujer madura con un niño en brazos.

Por otra parte, en las primeras versiones de “Las señoritas de Aviñón”, aparecían dos figuras masculinas entre las cinco mujeres desnudas. Las figuras masculinas fueron suprimidas por razones que nunca se han explicado. Tal vez porque en aquella época la escena hubiera resultado en exceso escandalosa.

En “La danza” hay concomitancias claras con las dos obras anteriores, sin que pueda explicarse claramente el sentido o conclusión de las mismas. Por un lado, tenemos la silueta, el fantasma de Ramón Pichot pintado de negro. No debemos olvidar que Pichot se casó con Germaine, la mujer con la cual Picasso tuvo un affaire y por la cual se suicidó Casagemas. Probablemente, Picasso se identifica en ambos cuadros con sus dos amigos muertos, que encarnan la bohemia y el deseo sexual.

Desde el punto de vista descrito, “La vida” y “La danza” serían dos cuadros paralelos que se relacionarían con las vivencias de Picasso en sentido inverso. El primero encarna el sentimiento de culpa por el suicidio de Casagemas. Picasso está harto de la vida desordenada (no voy a decir del pecado, porque nunca tuvo un sentimiento religioso demasiado definido, más allá de la consabida educación católica).

En cambio “La danza”, con su colorido y su erotismo parece un canto a la bohemia, un canto exaltado y no exento de cierto terror a ese pecado inexistente en el universo picassiano: las mujeres desnudas que contorsionan sus cuerpos y Pichot: la sombra, el fantasma tratando de huir de la muerte para bailar con ellas. El baile es una expresión de alegría y vitalismo.

También parece evidente la relación entre lo descrito y la crisis matrimonial entre el pintor y su mujer, Olga Khoklova, quien siempre abominó de la bohemia, del desorden vital, del cubismo… Habían vivido juntos en universos separados. Ella no accedía al universo de él; Picasso sí entraba, en cambio, en el mundo de ella: los ballets, las mansiones burguesas, las fiestas de millonarios, el arte clasicista que encarna la quietud y la serenidad. Esa entrada en el mundo de ella conllevaba, hasta cierto punto, la ocultación de su propio yo bajo la máscara de la hipocresía. Equivalía a la representación de un personaje que se aseaba y se vestía de esmoquin para asistir a las inauguraciones y los banquetes.

Mientras la pareja vive en el suntuoso hotel Lutetia de París, Picasso acude a diario a su antiguo estudio de Montrouge, lugar destartalada y desordenado cuyo alquiler mantendrá durante algún tiempo y en el cual ella nunca entra. Allí pinta los cuadros cubistas que Olga detesta, viste sus ropas de obrero y cuelga máscaras africanas por las paredes. Montrouge es para él un reducto de libertad donde puede ser él mismo sin limitaciones.

Más tarde, cuando la pareja se traslada a la mansión burguesa de la rue de La Boetie, ambos ocupan la planta baja, donde se desarrolla la vida matrimonial y donde se encarna el universo de ella: la limpieza, el lujo, la armonía. En la planta superior, se encuentra el estudio de Picasso, que es un lugar tan deslavazado y caótico como todos los anteriores y al cual Olga no entra jamás.

Todos los biógrafos de Picasso: O´Brien, Daix, Penrose… coinciden en señalar “La danza” como el inicio de la etapa surrealista del pintor, aunque él mismo lo haya negado. Esa negación, junto a la habitual ausencia de explicaciones o comentarios críticos de la propia obra, según Cabanne, equivale a que el artista, no solo “está” en la obra sino que “es” la obra de arte.

La vida, Pablo Picasso, 1903, expuesto en el Jeu de Paume de Paris en 1932.
La vida, Pablo Picasso, 1903, expuesto en el Jeu de Paume de Paris en 1932.
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En enero de 1926, Christian Zervos, un joven griego de 27 años, lanza la revista Cahiers d´Art. Zervos se convertirá en el mejor conocedor de la obra de Picasso. Entre el artista -que se considera a sí mismo el mejor pintor del siglo XX- y el joven griego, se entabla una relación de por vida: él será el único depositario del pensamiento de Picasso. En 1932 inicia la publicación del catálogo completo del artista. Cuando Zervos muere, el 12 de septiembre de 1970, acaba de publicarse el volumen 1962-1963.

Después de “La danza”, en el segundo quinquenio de los años veinte, las figuras de Picasso van evolucionando hacia la monstruosidad. Sobre todo sus desnudos femeninos y bodegones se caracterizan por que las formas se magnifican, se engordan, se deforman, se descoyuntan. Este giro se interpreta como una vuelta de tuerca del primitivismo que se había iniciado a comienzos de siglo, tras el veraneo en Gosol de 1906 y el retrato de Gertrude Stein del otoño de aquel año. Pero si en aquel momento primaba la noción de investigación, una especie de avance sobre la nada, ahora, en cambio, las vanguardias ya se han consolidado. Puede afirmarse que definitivamente la necesidad del realismo se ha superado en la pintura, y por ello Picasso ya no investiga tanto como encuentra, por parafrasear de nuevo sus célebres declaraciones.

No existe ya la tensión ni la ambición de la juventud. Ahora es un pintor mundialmente conocido, todo cuanto haga va a ser aceptado como “un Picasso” y su libertad creativa es absoluta. Si a esto se suma el pensamiento automático de los surrealistas, que, por mucho que lo niegue, le influye, nos encontramos con que su desinhibición a la hora de pintar monstruos gigantes y descoyuntados es total. Sus lienzos van aumentando de tamaño y se consolida una tendencia a los grandes formatos pictóricos.

Según Cabanne, lo extraño de todo este bestiario, de este repertorio de monstruos humanos es que no terminan de romper con la realidad, de desembarazarse de ella, son a la vez seres reales e imaginarios.

Picasso se cruza por casualidad con Marie Therese Walter el 8 de enero de 1927, frente a las galerías Lafayette en el bulevar Haussman. Se presenta simplemente como “Picasso” y le confiesa que su rostro le ha llamado poderosamente la atención y desea retratarla. Ella es una chica de 17 años, rubia y de aspecto saludable. Ni siquiera sabe quién es él. Al poco de conocerlo se enamora por completo y se convierte en su nueva musa.

Cuatro años después, en 1931, Picasso cumple 50 años. Ha comprado el castillo de Boisgeloup, en la alta Normandía, donde piensa dedicarse a la escultura. Al mismo tiempo, en esta época se intensifica también su actividad como grabador, tal vez, al igual que en el caso de la escultura, por la necesidad de desarrollar varias técnicas debido al cansancio que le produce su permanente actividad pictórica. La escultura y el grabado se convierten para él en vías de escape, en formas de seguir creando lo mismo a través de procedimientos diferentes.

De los grabados de aquella época destacan los incluidos en la llamada “Suite Vollard”, que se compone de 73 piezas realizadas a lo largo de diversos años y agrupadas por temas: “Violación”, 5 planchas de 1933; “El estudio del escultor”, 43 planchas de 1933 y 1934; “Rembrandt”, 4 planchas de 1934; “El minotauro”, 15 planchas de 1933 y tres retratos de Ambroise Vollard de 1930 a 1936.

De esta gran colección, nos llama la atención de nuevo, en cuanto a la condición de Picasso de reproductor de arte, la alusión a Rembrandt. La explicación que da el artista al marchante Khanweiler acerca del origen de las cuatro planchas resulta de lo más interesante:

“¡Imagínese que he hecho un retrato de Rembrandt! Por el azar de un barniz que había saltado… tenía a mano una plancha desechada y me he dicho, como está estropeada, voy a hacer cualquier cosa con ella… He empezado a enredar y… ya ve, ¡ha salido Rembrandt!

Khanweiler anota en su diario esta conversación el 6 de febrero de 1934. Picasso prosigue en estos términos: “Empezó a gustarme cómo quedaba y continué, incluso he hecho otra luego poniéndole un turbante, sus pieles y su ojo de elefante”.

De lo anterior se desprende el narcisismo de Picasso: pintar a Rembrandt, al maestro, es como pintarse a sí mismo y el retrato/autorretrato, que nace de la casualidad de un error, se va transformando: le pone un turbante, le pone unas pieles y uno de sus ojos se transforma en el ojo de elefante; es decir, disfraza a Rembrandt, lo torna salvaje en cierta medida, lo dota del histrionismo del artista, por mucho que haya retratos del holandés con atuendos parecidos.

El castillo de Boisgeloup sirve a Picasso para huir definitivamente de Olga Khoklova. Allí encuentra un amplio espacio para sí mismo y para su nuevo amor, Marie Therese Walter. La sensación de fortaleza y de creatividad que siente es comparable a la de los días de Fontainebleau junto a Olga, cuando abrazaba el clasicismo. Si comparamos este último palacio en la campiña con el actual de Boisgeloup, vemos al mismo pintor, al mismo personaje grandilocuente que ha cambiado de escenario y de personajes secundarios en la función que es su propia vida.

Picasso sigue abordando lo desconocido con la impaciente curiosidad del explorador que se adentra en una selva, del jugador expectante, del piloto de pruebas en los mandos de un prototipo. Los sentimientos hacia sus parejas e hijos lo atan menos que la tentación de lo indefinible, que espolea su creatividad. “La pintura es más fuerte que yo, me hace hacer lo que ella quiere” -afirma como quien esta poseído por una fuerza superior.

Picasso se siente solo, hastiado, culpable. La vida alcanza al artista y lo paraliza durante unos meses

Pero el artista se ve superado por su situación personal, por el caos familiar que ha creado a su alrededor: en 1935 se encuentra solo, Olga se ha marchado de casa y Marie Therese Walter se ha marchado también junto a su madre para dar a luz a Maya, la segunda hija del pintor. Picasso se siente solo, hastiado, culpable. La vida alcanza al artista y lo paraliza durante unos meses en que su fiel amigo, Jaume Sabartés, acude a vivir con él en la rue La Boetie. Llega a París el 12 de noviembre de 1935. Picasso no consigue pintar y se dedica a escribir. Cada día rellena con su pluma páginas y páginas de caligrafía caótica.

Al desorden sentimental causado por el divorcio de Olga y la maternidad de su amante Marie Therese, se sumará una nueva amante: Dora Maar, desde 1936. Es el momento en el que se destapa el peor Picasso en el lado personal, el momento en el cual, atrapado por la vida real, se pone de manifiesto su incoherencia, su desconexión con la realidad en favor del arte.

La Guerra Civil Española ha comenzado y Picasso se convierte en defensor de la Segunda República, la cual lo nombra director del Museo del Prado, pero no llega a pisar el museo, ni viaja a España, ni denuncia el golpe de estado franquista. En medio de la contienda española vive una vida de lujo en la Costa Azul, disfrutando del amor de Dora Maar y de Marie Therese Walter simultáneamente, mientras trata sin éxito de divorciarse de Olga Khoklova.

Tan solo grabará la serie llamada “Sueño y mentira de Franco”, una parodia esperpéntica del general golpista que lo presenta como una suerte de “Tirano Banderas”. Más allá de estos grabados su defensa de la Segunda República se limita a comentarios de café en los cuales, leyendo los periódicos, se lamenta de la caída de tal o cual ciudad en poder de los sublevados.

Una vez más, predomina su silencio hacia las grandes tragedias de la historia: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial… ¿Cambiará algo cuando acepte el encargo del gobierno republicano que lo llevará a pintar el “Guernica”?

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