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Ocio y Cultura

CULTURA

Noche en Blanco en Zaragoza: una velada que se disfrutó con los cinco sentidos

La capital aragonesa vivió este sábado una intensa velada, con arte, conciertos y exposiciones a la que también se sumó el pequeño comercio. 

Álvaro Jiménez explica a usuarios de la ONCE la escultura 'La gran bailarina'
Álvaro Jiménez explica a usuarios de la ONCE la escultura 'La gran bailarina'
Raquel Labodía

Se podía ver, escuchar, tocar y oler y dejó buen regusto en los que asistieron el sábado a la Noche en Blanco zaragozana. Hubo menos propuestas que otros años y se echó en falta la programación en equipamientos culturales como el Museo de Zaragoza o el Pablo Serrano, pero el resto de instalaciones respondió con buenas propuestas al interés del público. Este año, además, destacó la participación del pequeño comercio del centro de la ciudad, que con sus escaparates vivientes acaparó la atención y reunió un buen puñado de risas y selfis.

Si en el escaparate de Tress, tienda de moda de la calle don Jaime, una maniquí cobraba vida y hacía pasos de 'fox trot', en la boutique Sisinia posaba, preciosa, una novia. «Aquí estamos, baila que te baila. Al fin me puedo mover, que estaba aburrida de estarme quieta siempre en la vitrina», bromeaba la bailarina de Tress. En la calle Alfonso, en Hogar Básico, llamaba la atención un musculoso joven ataviado tan solo con una toalla y una piña, y que despertó aplausos entre el público femenino. Y a pocos metros, en la tienda Made in Charme, una sonriente Frida Kahlo decía no echar «nada de menos» a Diego Rivera.

Conocer la escultura

Era la de ayer una noche en la que el paseante solo tenía que dejarse llevar. Frente a Frida, un grupo de invidentes se dirigía por la calle Antonio Candalija hasta el Museo Pablo Gargallo. Eran usuarios de la ONCE que querían «tocar y sentir» la obra del escultor. El museo tenía una interesante propuesta: alumnos del grado de Soldadura y Calderería de la Fundación San Valero había trabajado con los profesores Jesús Gazol y Víctor Montforte en réplicas de ‘La gran bailarina’, ‘El gran arlequín’, ‘Torso de mujer’, ‘Pequeña bacante reclinada’ o ‘Perfil autorretrato’. Álvaro Jiménez, uno de los alumnos, no podía contener su emoción. «Es increíble pensar que gracias a nosotros van a sentir y conocer por fin a Pablo Gargallo». Cada pieza había supuesto dos meses de trabajo, seis horas diarias. Y tras la velada de ayer, se espera que se queden en el museo, donde se habilitará una sala en la que invidentes y resto de visitantes puedan tocar y hacer suya la obra.

Hubo ayer en Zaragoza todo tipo de propuestas. En el Paraninfo, donde las entradas se agotaron ya a media tarde, se proyectaron las obras finalistas de la muestra Videominuto y, a las 23.00, se esperaba la actuación de María José Hernández. A las puertas del Patio de la Infanta, donde la Fundación Ibercaja propuso visitas teatralizadas y conciertos de órgano a cargo de José Luis González Uriol, Jesús Gonzalo y Ester Ciudad, se vieron largas filas, tal era la demanda por entrar a disfrutar del recital.

El sexto sentido se vivió en el cementerio de Torrero, en una Noche en Negro con hologramas y un merecido homenaje a la Banda del Canal, que este año cumple 40 años. Se vieron por la ciudad muchos patines y bicicletas, ya que asociaciones organizaban rutas para disfrutar de la ciudad sobre ruedas, y se pudo ver una colección de coches 600 en la avenida de Cesáreo Alierta.

Y en una noche en la que se repetían hogueras de San Juan por distintos barrios de la ciudad, no pudo faltar un tragafuegos. El faquir Civi Civiac deleitó al público, que abarrotó el recinto. Tanta gente había que el bombero Carlos Gracia tuvo que avisar de que los niños no podían cruzar el cordón de seguridad. Como buen conocedor, señaló los pasillos de seguridad y dio paso al faquir.

Civi Civiac demostró que su piel es inmune a las quemaduras. Y los bomberos comentaban y sonreían, convencidos de que ese poder les vendría más que bien en su profesión. El faquir prendió bastones, se los metió en la boca, controló el fuego hasta llevarlo a sus manos e incluso se atrevió a hacer un círculo de fuego con siete varas que arrancó los aplausos de los asistentes.

La velada terminó casi a medianoche, cuando cerraron los museos y el último compás de los bailes de la plaza de San Felipe hicieron su fundido en negro.

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