Ocio y Cultura

Marta PCampos: "Me parece cruel el silencio que envuelve la muerte de las palabras"

La artista de la que ahora habla todo el mundo en Madrid es zaragozana. Ha preparado una exposición en el Instituto Cervantes sobre los vocablos que desaparecen.

Marta PCampos ha preparado una exposición para el Cervantes.
Marta PCampos ha preparado una exposición para el Cervantes.
Enrique Cidoncha

Es raro que una artista plástica se preocupe de las palabras. ¿Cómo nació la exposición?

La idea surgió cuando estaba haciendo un máster en la Universidad de Arte y Diseño Industrial de Linz, en Austria. Desde el punto de vista artístico, lo que hago es reflexionar sobre la incomunicación, sus procesos y los problemas que plantea. Y quise hacer algo con palabras en desuso, que sirviera para reflexionar sobre cómo muere una palabra.

Y contactó con la Real Academia Española.

Pensaba que tendrían una base de datos con las palabras que han desaparecido del diccionario, pero no. Así que cogí dos ediciones separadas por 100 años, la 14ª, de 1914, y la 23ª, de 2014. La verdad es que no sabía cuántas palabras muertas me iba a encontrar. Pensaba que serían varias decenas o, como mucho, varios cientos.

Y encontró más de 2.700. Algunas de ellas tienen mucho sabor. Como coamante (compañero en el amor), veniente (que viene), ablandir (adular), fabriella (cuento falso), o una tan aragonesa como aborrecido.

Me parece cruel el silencio que envuelve la muerte de las palabras. Cuando entran en el diccionario sí que se les hace caso, aparecen en los telediarios y se comentan en la calle. Pero cuando salen del diccionario lo hacen en silencio. A mí me gustan palabras muertas como cocadriz (femenino de cocodrilo), lagrimacer (lagrimear), camasquince (entrometido), cadávera (femenino de cadáver) o pimplón (salto de agua).

El proyecto es mucho más que una exposición.

Además de la muestra, se ha editado un libro de artista en formato diccionario, coproducido por el Musac (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León) y la editorial Entreascuas. Son dos tomos que suman 2.700 páginas y pesan más de 7 kilos. Con el libro le he querido dar una lápida de papel a todas estas palabras desaparecidas. Se ha realizado una tirada de 50 ejemplares y cada ejemplar cuesta 400 euros. Y también se ha abierto un foro ‘online’ para toda la comunidad de hispanohablantes. Se puede entrar en ‘19142014.es’ y allí está el cementerio de palabras.

Un foro que cuenta con cientos de participantes.

La idea es que las palabras muertas estén disponibles para su consulta, que la gente pueda conocer su significado y hablar de ellas. La verdad es que estoy sorprendida del eco que ha tenido el proyecto, que está producido por el Musac y estuvo expuesto allí, aunque no tuvo tanta acogida.

¿Piensa ampliarlo? Seguro que hay palabras que desaparecieron antes de 1914.

El proyecto se puede ampliar, claro. Pero debo dejar claro que no es un proyecto de investigación lingüística. Yo soy artista, no filóloga, y con todo esto lo único que busco es dar visibilidad a una serie de palabras que la habían perdido.

Usted ha estudiado una carrera tradicional, Bellas Artes, pero ha acabado dedicándose al mundo digital.

Yo estudié Bellas Artes un poco por instinto. Me sentía atraída pero no tenía un convencimiento absoluto de que era lo que andaba buscando. En 2012 hice un curso de Arduino (placa base de código abierto) y me descubrió un mundo nuevo para mí. Luego me fui a hacer un máster en Austria, y allí comencé con el arte digital e interactivo. En Bellas Artes la formación es más tradicional y las nuevas tecnologías nos ofrecen posibilidades infinitas a los artistas. Yo, por ejemplo, no hubiera podido hacer ‘1914-2014’ (así se titula su exposición en la sede del Cervantes en Madrid) sin la informática. Para comparar las dos ediciones del diccionario utilicé distintos lenguajes de programación. Si ya de por sí ha sido un trabajo duro, que me ha costado dos años sacarlo adelante, si no hubiera utilizado herramientas informáticas me habría costado diez.

El arte digital no siempre es bien entendido, sobre todo si no es ‘bonito’.

Ya. Pero el arte, al menos como yo lo veo, consiste en crear preguntas, plantear debates, buscar que el espectador piense. Prefiero todo eso a hacer algo ‘bonito’. En mi trabajo busco las conexiones entre la tecnología y las relaciones humanas.

¿Sobre eso trataba el proyecto que desarrolló hace un par de años en una residencia en Etopia?

En cierta medida, sí. Todos mis proyectos, aunque estéticamente sean distintos, tratan en realidad de cómo nos comunicamos y los problemas que surgen de ello. Trabajé en colaboración con Jürgen Ropp y como resultado final presentamos una instalación interactiva sobre la antimateria y la gravedad. Ahora estoy disfrutando de una nueva residencia, en la que voy a buscar relaciones entre economía y lenguaje. Comencé en abril y tengo previsto presentar el proyecto y dirigir un taller en septiembre.

¿Y después?

Intentaremos que ‘1914-2014’ viaje; a mí me gustaría mucho traerla a Zaragoza. Y, en lo personal, quiero comenzar el doctorado.

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