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Socorro Venegas: "Quería atrapar la belleza del abismo y la desesperación"


La escritora mexicana, y editora, presentó en la librería Cálamo su libro de 19 relatos ‘La memoria donde ardía’ (Páginas de Espuma), sobre la niñez y la pérdida, la maternidad y el duelo

Socorro Venegas
Socorro Venegas (México, 1972) escribe de la turbulencia de la infancia y la familia.
Lázaro Sandoval

Escribe a partir de la memoria...

Trabajo mucho con mis recuerdos, con la reelaboración y la reconstrucción de mis recuerdos. De ahí el título: ‘La memoria donde ardía’. Pero es una memoria que ya ha pasado por un mestizaje y por una elaboración: te fijas en la forma, eliges una voz. Todo eso que ya tiene que ver con el trabajo del escritor.

¿Por qué le interesan tanto las infancias?

Tengo recuerdos muy vivos. No fue la mía una infancia convencional, tampoco fue tranquila. Yo tuve un hermano que desde los cuatro años estuvo enfermo de leucemia. Era algo menor que yo.

¿Se recuperó?

No. Murió a los nueve años y ese dolor lo trastocó todo. Trastocó la familia. En algún texto digo que: «Un niño que llora en la muerte es un niño que se despide de su infancia». De eso hablo en ‘Los aposentos del aire’, y donde yo quería imaginar qué le pasaba a mi hermano en el hospital viviendo solo porque allí los padres son visitantes nada más. Ese cuento y quizá otros quieren ser un homenaje a los sobrevivientes.

¿Decimos sobrevivientes o supervivientes?

Me gusta más sobrevivientes. Terminé las últimas correcciones a los cuentos y tuve el manuscrito en las manos. Sentí que había honrado a estos personajes. Y a mi hermano. Quien sobrevive representa para mí una belleza enorme. Estos seres pueden saltar al fondo de un pozo y no lo hacen. Sentí que ahí, en estas vidas, había una belleza enorme, y sentí que quería mostrarla…

¿Habla de la belleza del abismo y la desesperación?

Si, sí. Quería atrapar la belleza del abismo y la desesperación. Y también quería condensar esas historias en el cuento, ceñido, preciso, y quería mostrar con mucha intensidad a esos personajes.

El libro hace pensar en ‘Los olvidados’ de Luis Buñuel.

No. Bueno. Mi padre ha estado marcado por el alcoholismo. Pese a ese dolor, ingobernable, a esa forma de ver el mundo a través del cristal de una botella de alcohol yo lo miraba con ternura, intentaba entenderlo, igual que hace uno de los personajes. Con mi padre he compartido, por estar cerca de él, la pasión por el boxeo. La infancia es esa etapa privilegiada donde ocurre lo más importante de una persona. Aprendes las cosas que van a condicionar tu vida después. Me interesaba que viéramos cómo son los niños, son inteligentes, valientes, son capaces de amar, de planear una venganza. Y de odiar.

¿De todo eso?

Ja, ja, ja. Yo no quería una mirada condescendiente. No son seres inacabados. Los niños no son nada tontos. He reflexionado cómo un niño quiere muchísimo a sus padres aunque le hagan daño, lo abandonen o lo manden al peligro. Pese a ello, él nunca dejará de sentir amor. Un niño necesita estar con sus padres y amarlos quizá más que lo que necesita que ellos lo amen a él.

¿Por qué han sido Goya y las Pinturas Negras tan importantes?

Hace más de 20 años vine a España con mi primer marido, Alan Sandoval, que escribió cuentos de fútbol:‘El día que murió Pelé’. Empezábamos entonces los dos a ser escritores. Fuimos al Museo del Prado y lo que más me gustó fueron esas pinturas. Mi marido murió joven, y en mi memoria han reaparecido: Goya, mi marido, mi padre alcohólico… Por eso, en este libro hay varias pérdidas, varios duelos, y una reflexión sobre la paternidad y esas maternidades casi monstruosas que a veces se dan. No sé por qué, pero sabía que Goya reaparecería alguna vez en mi obra. Y así ha sido algunos años después.

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