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González Uriol: "Hay obras de Aguilera de Heredia que se parecen al gol de Nayim"

La Sociedad Filarmónica de Zaragoza ha organizado para este martes un homenaje al organista y especialista en música antigua aragonés, maestro de varias generaciones de intérpretes. 

José L. González Uriol, ante el órgano de Sabiñán, en el Patio de la Infanta.
José L. González Uriol, ante el órgano de Sabiñán, en el Patio de la Infanta.
José Miguel Marco

¿Cuál es su primer recuerdo musical?

Fue cuando estudiaba con los carmelitas descalzos. Yo tenía 5 años y puse las manos por primera vez sobre un armonio. El armonio es el pariente pobre del órgano pero tuvo una vida fantástica en la posguerra porque muchos órganos habían sido destruidos o dañados.

Usted iba para religioso...

Pero no pudo ser. No tengo malos recuerdos de aquella época, al contrario. El gregoriano y la polifonía eran fantásticos y me hicieron vivir con pasión la música antigua.

Hizo la carrera de piano pero decidió dedicarse al órgano. ¿No era más fácil ganarse la vida con el piano?

Es la carrera que estudié, pero el órgano me fascinó desde muy joven, pese a las dificultades que conllevaba entonces. Dificultades como que en aquel momento no había demasiada literatura organística. Hoy puedes encontrar muchas cosas en internet, pero entonces... Nunca he temido no poder ganarme la vida con el órgano pero sí, cuando empecé a tener hijos algún ‘cosquilleo’ me entró.

Un hombre clave en su vida: el portugués Macario Santiago Kastner.

Para un músico en formación es muy importante encontrar quien guíe tus pasos. Él era un sabio auténtico, fue el primero en sacarle partido a la música de Cabezón, me hizo ver el valor verdadero de la música de los organistas aragoneses. Era un sabio, y no solo en la música. Era un hombre que rezaba en catalán y cuando hablaba de zapatos... usaba el italiano. Un día, sabiendo ya que me iba a casar, me pidió que le acompañara. Pensé que me iba a enseñar un órgano en alguna iglesia de Lisboa. Y no. Me llevó a una camisería a medida y me regaló el pijama de la noche de bodas.

También estudió con Gustav Leonhard.

Me interesaba mucho su técnica, su forma de encarar un instrumento como el clave. He de confesar que con el órgano llegaba a aburrirme. Pero con el clave resucitaba. Era fantástico, iluminaba el instrumento.

Usted fue uno de los creadores del Curso y Festival de Música Antigua de Daroca, que aún dirige. Sobre la primera edición circulan jugosas anécdotas, parece que medió el duque de Alba...

Yo había acabado mi etapa de estudio con Kastner y un día vino a buscarme Pedro Calahorra. «¿Tú sabes quién es Pablo Bruna?», me preguntó. Y yo no tenía ni idea. Resulta que se cumplían 300 años de la muerte del compositor y organista de Daroca y quería hacerle un homenaje. Nos fuimos a Madrid y, sí, acabamos en el despacho del duque de Alba. No teníamos cita, ya nos volvíamos a Zaragoza, sus secretarias se apiadaron de nosotros, nos concedieron diez minutos y la reunión duró tan solo cuatro. Por su mediación hablamos con un responsable del Ministerio de Cultura que nos sugirió que, en lugar de un concierto, organizáramos un curso y con instrumentos antiguos. Era el año 1979 y fue un acierto increíble, porque fuimos los primeros en hacer algo así.

Parece que en Aragón no se le da la importancia que tiene al curso y el festival. A usted, ¿qué le ha dado Daroca?

No se le reconoce su importancia, no. Durante unos días Daroca se convierte en el centro de la música antigua en España y Europa. Dice Pep Borrás (director de la Escuela Superior de Música de Cataluña) que en el panorama actual de la música antigua no hay nadie que se precie que no haya pasado por Daroca. Y es verdad. A mí me ha dado mucho conocimiento y salud mental.

Ha formado a varias generaciones de organistas, todos brillantes. ¿Cuál es el secreto?

Un buen maestro debe asumir que sus discípulos le superarán, y tiene que esforzarse para que lo logren. Debe pensar las 24 horas en qué puede trasmitir a los demás. Un buen organista tarda muchos años en ‘hacerse’. El suyo es un camino de luces y de glorias, pero también de espinas. Yo aún me estoy ‘haciendo’. Ahora hay intérpretes estupendos, y muchos han estudiado conmigo. Soy el ‘abuelo’ y me siento orgulloso.

El fuego de la música, ¿se apaga?

Nunca. Yo tocaré hasta que el cuerpo aguante, me gusta mucho eso de morir con las botas puestas. La música nos da vida, nos da aliento, es un fuego que no se apaga, pero hay momentos en los que las llamas son más bajas. Ahora estamos atravesando un bache, que no solo es económico, sino que también es de ideas y de formación. Y tampoco afecta en exclusiva a la música.

Si mañana le nombraran consejero de Cultura, ¿qué órgano restauraría en primer lugar?

El de Acered. Y luego reharía el del Seminario de San Carlos de Zaragoza.

La interpretación con instrumentos originales, ¿ha sido moda, o ha aportado algo?

Claro que ha aportado. Lo que pasa es que hay que tener claras las cosas que se pueden hacer y las que no. En música no todo vale.

¿Por ejemplo?

Hay un pianista británico (se refiere seguramente a James Rhodes) que destroza de manera absoluta la música de Bach y del Barroco en general. No se puede tomar una obra, llevarla a otro instrumento, darle otra intención y emplear un discurso musical que no conoces. De cuando toca obras del siglo XIX no digo nada, pero con las barrocas... Los instrumentistas debemos estar al servicio de un relato original.

Su defensa de la calidad de compositores españoles y aragoneses, ¿ha sido por chovinismo, o cree en ella realmente?

Hay figuras clave, como Cabezón, que se adelantó a su época y no lo puedes comparar con ningún músico alemán del XVI. Y algo parecido ocurre con aragoneses como Aguilera de Heredia, por ejemplo. Tiene obras de una gran belleza. Le gustaba acabarlas con un adorno musical, traza en ellas un arco que desemboca en el acorde final. Son... son como el gol de Nayim.

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