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Berta Bernad: "La sobreexposición en las redes me hizo mucho daño"

Los casi 100.000 seguidores que llegó a acumular en Instagram la convirtieron en una de las primeras ‘influencers’ españolas, un título al que ha renunciado y cuyas consecuencias cuenta ahora en una novela.

Berta Bernad, en Zaragoza, donde esta semana presentó su libro.
Berta Bernad, en Zaragoza, donde esta semana presentó su libro.
Raquel Labodía

La medida del tiempo es muy distinta en internet. Por eso Berta Bernad (Madrid, 1988) habla del «paleolítico» al referirse a 2011, cuando comenzó a mostrar su vida en Instagram para acabar acumulando una audiencia de casi 100.000 seguidores a los que acabó viendo como perseguidores. Tanto, que esta licenciada en Periodismo, decidió "suicidarse virtualmente", cerrar su cuenta en la red social y contarlo noveladamente en ‘Mi nombre es Greta Godoy’, que esta semana ha presentado en Zaragoza.

¿Por qué se decidió por la novela antes que por otros géneros como la autoayuda o el ensayo?

Mi primera idea fue hacer no-ficción, pero a las editoriales que contacté al principio no les interesaba la historia de una chica que deja las redes sociales sino la de cómo conseguir seguidores. Pero tenía muy claro mi mensaje. Hablar de alguien que convive con la tecnología, pero, a la vez, las redes sociales le suponen una trampa en su día a día. Decidí crear un personaje, Greta Godoy, con intención de ser más honesta: me permitía dar más detalles sin que el lector sepa cuáles son mi vida y cuáles no.

¿Ha acabado Greta Godoy siendo más real que el personaje que usted mostraba con su propio nombre en las redes?

Siempre traté de ser yo misma. Es una frase hecha, pero es que cuando tienes una audiencia, como era mi caso, de 98.000 seguidores, cuesta mucho serlo. Porque esa audiencia está siendo alimentada cada media hora con contenido que les das de tu propia vida. Yo construí para protegerme un personaje, la Berta que iba a las fiestas, a la que le regalaban cosas, que no era la misma que estaba tomándose un café con sus amigas.

Ahora, lo de ser ‘influencer’ es algo aspiracional, pero usted cuando empezó no había referentes.

Entonces éramos tres, literalmente. No sabía ni lo que yo era. Pero sí que si llegaba a una cena y mi profesión se convertía en el principal tema de conversación.

Habla de profesión...

Hombre, claro. Para mí lo es desde el principio. Yo negociaba con las marcas, proponía ideas creativas, organizaba mis sesiones de fotos... Al final, lo que envuelve cada foto tiene mucho trabajo. Y esa es la parte que trato de dignificar en la novela. Pero es que ahora se considera ‘influencer’ a todo. Es como si en el periodismo los de la prensa rosa y los corresponsales de guerra fueran lo mismo. Lo que está pasando es que, como todo fenómeno nuevo, requiere de tiempo para que las cosas se estandaricen, tanto desde el lado de las marcas como de la audiencia y de las propias ‘influencers’.

O sea, que no es una moda.

No, no. Es un fenómeno que ha venido para quedarse. Igual que internet se hizo un hueco y se ha convertido en un medio más, las ‘influencers’ han alterado los medios de comunicación, la manera en que se consume la moda... De hecho, ‘influencer’ creo que es la etiqueta más adecuada de las que hemos ido teniendo: al principio era ‘it girl’, ‘instagramers’, ‘bloggers’... pero ‘influencers’ son chicas que consiguen que una audiencia actúe de una manera determinada.

Pero usted ha decidido huir de esta profesión que se consolida. Y avisar de sus peligros.

En mi caso personal llevaba mucho tiempo haciendo lo mismo y quería pararme a pensar si ese era el camino que quería seguir. Además tenía muchos complejos por estar tan expuesta. Mucha gente me juzgaba sin yo haber dicho nada. Estaba en el punto de mira y eso hace que tuviera que estar constantemente tratando de agradar y manteniendo la reputación, que para mí era algo obsesivo.Con Instagram todo se convirtió en un gran contenedor de vidas parecidas en el que destacar con la mía conllevaba mucho desgaste, era una tarea imposible. Pensé que ya no quería vender más mi vida. Dos años más tarde nadie sabe dónde estoy cada día.

Poca gente ha seguido su ejemplo.

Pues no y la verdad es que me choca muchísimo. A nivel personal sé de gente ha cerrado su Instagram tras leer mi libro. O que se está planteando las redes sociales de otra manera.

Quizá sea porque lo que usted hizo puede ser visto como la publicitación de un fracaso personal.

Pero es que yo me fui cuando me iba bien. Mi sufrimiento venía por la sobreexposición, que tiene unas consecuencias y me ha hecho mucho daño. Fue una decisión impulsiva y sabía que iba a perder ventajas. Antes lo tenía todo a golpe de ‘like’ y a la semana de dejarlo mi bandeja de ‘mails’ estaba a cero. Hubo un momento de crisis, ese miedo a perder justamente la influencia. Pero me demostré a mí misma que no me importaba demasiado.

En la novela habla de las redes sociales en términos de adicción incluso física. El filósofo alemán Markus Gabriel cree que se debería perseguir criminalmente a Sillicon Valley por no avisar de los efectos perniciosos de sus productos, de la misma manera que se procesó a Philip Morris por el tabaco. ¿Exagera?

No. De hecho, en la novela hago los mismos comparativos. Sé que en libro estoy adelantando algo que va a suceder. La gente va a estar deprimida por el uso que hace de Internet. Es la gran enfermedad del siglo XXI.

¿Habría que explicarlo en los colegios con más ahínco?

Me choca mucho que no haya más concienciación. Ya llevamos los años suficientes con redes sociales para darnos cuenta de que te pueden amargar la tarde, te bloquean ‘hobbies’ y amistades. 

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