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Aventuras de Verano / 38

“Odio las típicas canciones del verano con toda mi alma”

Rafael Castillejo (Zaragoza, 1952) es un enamorado de los cine, de los cabarés y sus cantantes, de los recuerdos, de la Zaragoza. Su página web recibe varios millones de visitas al año.

Rafael Castillejo en una imagen de archivo con vedettes de 'El Plata' retiradas
?Odio las típicas canciones del verano con toda mi alma?
JOSE MIGUEL MARCO

Rafael, ¿cómo sería tu autorretrato? ¿Qué se siente: coleccionista, enamorado de Zaragoza, apasionado de la música y de las variedades, nostálgico del pasado?

En realidad, el coleccionismo no me gusta. Pero me encanta que tanto coleccionistas como autores se dirijan a mí para cederme parte de sus tesoros que, bien digitalizados, han hecho posible mi “viejo desván” en Internet.

¿Qué le dan las vedettes, los cafés cantantes?

De adolescente, por inalcanzables, las exuberantes vedettes me daban un morbo especial. Ahora, que soy amigo personal de muchas de ellas, me dan un cariño -también muy especial- por el buen gusto con que me gusta presentarlas en la sección que les dedico en mi página. Los cafés cantantes y las salas de fiestas los he conocido más en el cine que en la vida real. Me chiflan locales de película como ‘The Cotton Club’ o el ‘Rick's Café’ de ‘Casablanca’. Allí se combinaba la buena música con el glamur de una forma difícil de encontrar en la vida real.

¿Es bolerista, de tango, de cuplé, de jazz...?

En realidad soy de copla (Imperio Argentina y Concha Piquer) y de rocanrol (Elvis Presley, The Beatles y Bee Gees). Quiero matizar que de los Bee Gees me refiero a los de su primera época, antes de ‘Fiebre de sábado noche’.

¿Dónde veranea?

Siempre en casa. Con todo el calor que hace en Zaragoza, lo controlo mejor aquí. Después, en septiembre, paso dos días en Santander, dos en Oviedo y tres por Galicia, son para mí el veraneo perfecto.

¿Tiene canciones del verano?

Odio las típicas canciones del verano con toda mi alma.

En su casa, ¿qué obras, qué artistas lo acompañan? ¿A quién le gusta ver u oír cada mañana?

En mi estudio hay dos grandes fotografías en blanco y negro que me acompañan siempre: una de Marilyn Monroe, sola en medio del desierto de Nevada memorizando un texto que tendría que rodar con Clark Gable en ‘Vidas rebeldes’, y otra muy antigua de Fay Wray en un fotograma de ‘King Kong’ de 1933. Como música, suelo ponerme parte de la obra de Joan Manuel Serrat, preferentemente lo que compuso durante su primera época, sin olvidarme de sus álbumes dedicados a Antonio Machado y Miguel Hernández.

¿Cuál sería, en ese reino suyo tan personal, la mujer o las mujeres de su vida?

En mi mundo real, sin duda, son mi madre, mi mujer y mi nieta. En mi mundo de fantasía, por el que tanto me ha gustado viajar, serían: Rhonda Fleming, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor y Arlene Dahl.

¿El viaje y la ciudad de tu vida o de un verano especial?

Santander.

¿Cómo ha sido Zaragoza, cómo es ahora? ¿Qué le enamoraba de ella, qué echa en falta?

La Zaragoza de los sesenta no la cambio por nada. Salvo mis problemas con los porteros de los cines para poder entrar a las películas autorizadas para mayores de 18 años, no tengo más que bellos recuerdos. No teníamos tantas comodidades pero disfrutábamos al máximo con cualquier cosa. Mi familia era muy humilde. Tuvieron el buen gusto de no hablar nunca de la puñetera Guerra Civil delante de mí, por lo que la política no me interesó en mi juventud y crecí sin odio ni rencor, que es como tiene que vivir un niño. Centrándome con Zaragoza, diré que me desplazaba con aquellos tranvías a todos los sitios y nunca se averiaban. Teníamos una buena red que se debió ir modernizando en lugar de quitarla. Ahora, este tranvía tan solo sirve a unos pocos. Con el enorme gasto que se ha llevado a cabo, se podía haber modernizado la flota de autobuses que, como se está demostrando, no funcionaba tan mal. De aquella Zaragoza podría hablar o escribir tanto... ¿Quién no querría volver a bañarse en aquellos ríos sin contaminar o beber agua en los muchos manantiales que se encontraban por la parte alta del Huerva, antes de que la construcción de colegios y chalets de lujo lo convirtieran en un vertedero?

El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Le persigue algún recuerdo especial?

Mi descubrimiento del mar. No lo conocí hasta los 14 años. Me fui con un autobús de Educación y Descanso junto a dos amigos y llegamos a Salou una mañana de lluvia. Me parecieron sus aguas del mismo color que las del Ebro, es decir, me decepcionó igual que a Antoine Doinel en ‘Los cuatrocientos golpes’ de Truffaut.

¿Cuál sería el menú de un día perfecto?

Me gusta todo pero, si he de elegir hoy: arroz a banda y pollo a la chilindrón. De postre, un buen melocotón.

¿Cómo fue su primera vez?

Tengo tantas primeras veces de todo que voy a decidirme por un “placer” que no era pecado: cuando descubrí el bocadillo de calamares fritos. Fue en El Tubo, ¿cómo no?, un domingo con mis padres, antes de ir a ver una película de romanos al Frontón Cinema. Después de aquel día, no hubo domingo sin calamares.

¿Quién ha sido el gran personaje, real o imaginario, de sus veranos?

Considero a mis padres como los grandes personajes reales de mis veranos y de mis inviernos. Lo que tuvieron que luchar para reunir el dinero para la entrada de un piso de protección oficial hizo que hoy sean para mí los auténticos superhéroes de mi vida. De los personajes de ficción, me quedo con los héroes de papel de mis primeros años: ‘El Capitán Trueno’, ‘El Jabato’, ‘Apache’ y ‘Pantera Negra’ por encima de todos los demás protagonistas de la edad de oro del tebeo español.

¿La mejor o la más extraña anécdota veraniega vinculada a su profesión?

Contaré una extraña: yo estaba destinado a finales de los setenta en una sucursal bancaria de Ejea de los Caballeros y tuvimos un atraco a mano armada una mañana de agosto a primera hora. Parecían profesionales y la cosa se liquidó en unos tres minutos, aunque parecieron muchos más. Yo estaba más cerca de la puerta cuando entraron dos individuos con pasamontañas. Uno portaba pistola y el otro una escopeta con el caño recortado. Yo vi al primero con la cara totalmente tapada y, al segundo, terminándose de cubrir. Pues bien, esa tarde, cuando la policía nos preguntó, cada uno dimos una versión distinta. Hubo hasta quien aseguró que habían entrado a cara descubierta y que se habían puesto el pasamontañas en el mostrador. Me di cuenta de que a algunos compañeros el nerviosismo les había hecho ver cosas distintas. Curioso. Por cierto, nunca supimos si detuvieron a los atracadores. 

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