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Sylvia Pennings: "Miro a Zaragoza con los ojos de estar muy en mi casa"

Llegó de Ámsterdam hace 29 años siguiendo a su marido y se ha convertido en una gran pintora entre dos mundos.

La artista Slyvia Pennings.
Sylvia Pennings: "Miro a Zaragoza con los ojos de estar muy en mi casa"
Guillermo Mestre

Hay algo en Sylvia Pennings (Ámsterdam, 1961) que invita al optimismo, a ver la vida desde ese lado en el que todo es posible y que plasma en sus pinturas, de bosques enigmáticos abiertos a la imaginación más íntima. Llegó a Zaragoza después de recorrer mundo casi como mochilera, siguiendo a su marido Paul Knapp, un fisioterapeuta que Radomir Antic se trajo para el Real Zaragoza. En principio para un año, hace ya 29. "Nos dijimos desde el primer momento que si uno de los dos no quería estar aquí, nos volvíamos. Pero nadie ha dicho nada, porque estamos muy a gusto". Recuerda que su marido sabía un poco de español "aprendido de joven un par de veranos en Benidorm, donde estuvo trabajando en una carnicería holandesa, pero yo no, nada". Y ahí comenzó a descubrir una España sin playa, que arrancaba hacia el mismo futuro del que ella venía, "y hoy no hay ninguna diferencia, España ha cambiado mucho y muy rápido". Recuerda ese tiempo, también, como duro, "porque mi marido estaba siempre trabajando. Me costó un año poder hablar con la gente, poder relacionarme, hasta que aprendí el idioma". Le gusta su vida en Zaragoza, y el sol y la playa a la que se escapa en cuanto puede, y reconoce con gran sentido del humor que puede que acabe "viviendo como muchos holandeses, medio año en la playa y el otro medio en Holanda". Ahora expone en la colectiva ‘Blanco 17/18‘, en el Centro Joaquín Roncal, que recoge los trabajos expuestos en la Universidad San Jorge durante el curso pasado. Habla con admiración de su marido y sus dos hijos, zaragozanos, de su pasión por la pintar desde niña, de su gusto por la luz y la naturaleza, de su atracción por el color verde, de cómo "mi vida es mi trabajo, porque en realidad todo se confunde. Todo es un conjunto, la naturaleza, los bosques, la sociedad...".

Está en un momento en el que relativiza todo.

Hablando con mi hijo hace unos días le dije que la ventaja de pasar de los 50 es que todo te da igual. No vas pensando "a ver qué digo" y "a ver qué es lo que piensa". Soy mucho más directa en todo, y es muy grato.

Eso le influirá en su trabajo.

Sí, porque tengo menos dudas. No pienso sobre el camino que voy a tomar,  voy haciendo lo que me sale de dentro sin preocuparme si gusta o no. Ya no me voy preguntando tanto si encaja, si es mi línea, y eso es, justamente, lo que ganas con los años, que vas eliminando lo superfluo y haces lo que realmente sale de ti.

¿Por qué se fija en la naturaleza?

Antes trabajaba de otra manera, con mucho color y muy abstracto, pero hace unos 6 años no sabía cómo seguir, porque para mí ya lo había dicho todo. Me puse a hacer cualquier cosa y empecé con árboles, con paisajes, horizontes donde no se veía el final. Luego hice cuadros más densos, y después en 2016 me dio por el misterio, por la magia de los cuentos, bosques poblados, y quité los personaje porque pensé que cada uno debía mirar lo que quisiera, y voy solo a la naturaleza.

Explica cómo se ha desarrollando en el tiempo, ¿piensa en qué quería cuando estudiaba Bellas Artes, y lo que es hoy?

No, pero me viene a la cabeza mi trabajo de fin de carrera y era sobre tejados. Vivía en Ámsterdam y me subía a un tejado, veía las antenas, las chimeneas, y era también como un bosque. Ya cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de mayor respondía que me daba igual, pero que quería dibujar. Al día siguiente de acabar mis estudios me vine a Zaragoza, porque mi marido estaba aquí, porque le habían ofrecido un contrato por un año como fisioterapeuta del Real Zaragoza.

Pintaba mucho de niña.

Siempre lo estaba haciendo y a mis padres les gustaba, aunque ellos no veían ningún futuro en esta profesión. Me pidieron que siguiera este camino si quería, pero que mis estudios fueran oficiales. Me preparé en dos tiempos, en una academia donde el título me permitía a mi dar clases y en otra más específica de pintura a la que fui después de irme durante un año con mi marido por el mundo.

Hizo un año sabático.

Tenía 25 y antes estuve trabajando durante un año para sacar dinero para el viaje. Empezamos por India, por Bombay, y recorrimos sobre todo Asia, porque Indonesia fue colonia holandesa y está muy integrada en nuestra sociedad esa cultura. También trabajábamos algo por el camino, fui modelo en Hong Kong, y mi marido trabajo en una película.

Lleva ya 29 años aquí.

Venimos para uno y… Cuando llegamos nos dijimos que dónde estaba la playa ¡Ja, ja, ja! Yo siempre había pensado que de mayor viviría en un país con sol, porque no me gustaba el cielo gris de Holanda, siempre nublado, y mire: deseo cumplido.

Se adaptó bien.

Al principio fue duro, porque yo no sabía nada de español. Vivimos al llegar en un hotel, pero enseguida miramos piso por Zumalacárregui, una calle casi sin terminar entonces. Para mi fue complicado, bajaba al mercadillo y estaban las piezas enteras de la carne, y yo estaba acostumbrada a comprar todo cortado, envasado, con su etiqueta detrás en la que te indicaba hasta cómo prepararla.

Usted llegó en pleno proceso de transformación de España.

Y España ha cambiado muchísimo, muchísimo. Mire, cuando llegué y cogía el autobús todo el mundo me miraba a los pies para ver cuánto tacón llevaba, porque soy alta, mido 1,78, y hoy en día las chicas de 17 años son igual de altas.

De dónde se siente usted.

En realidad nunca me he sentido de ninguno sitio; sé que soy holandesa, lo soy, pero tampoco vivo mucho este tipo de sentimientos, y menos ahora porque mi casa está tanto aquí como en Holanda, aunque allí mi familia me diga que me he hecho española.

Nunca ha dejado de pintar.

Estuve seis años sin hacerlo para cuidar a mis hijos, y me dolía. Porque no encontré el tiempo, tampoco tenía sitio para pintar y no podía concentrarme en otras cosas que no fueran mis hijos.

¿Cómo fue ese arranque?

Genial, me acuerdo que el primer cuadro que pinté en 2006 era grande y me presenté al premio del Gobierno de Aragón ¡y lo gané! Para mi fue un empujón tremendo, decirme voy a empezar, ¡y ganar!, fue un momento único de felicidad

Saber que una es capaz y además de serlo hacerlo bien. Tiene dos hijos nacidos aquí,  ¿son tan creativos como usted?

Fue maravilloso. Mis hijos ya son mayores, 19 y 16 años. Mi hija estudia arquitectura en Holanda y creo que ya no volverá porque no le gusta el sol, al contrario que mi hijo, él es muy de aquí y hace el bachillerato de la escuela de arte porque le gusta audiovisuales, fotografía. Es curioso, en casa hablamos holandés, pero entre ellos hablan en español.

Con qué ojos mira ahora este país.

Con los de estar muy en casa, y por eso también veo cómo funciona, aunque tampoco creo que sea por ser españoles. No entiendo, eso sí, la manera de insultarse que tienen los políticos.

Hace años mirábamos perplejos cómo lo hacían en el Parlamento italiano

Sí, aunque aquí es más cortés.

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