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Ocio y Cultura

La pasión y la magia del tango invaden los pasajes de la ciudad

Este martes, con motivo del Día Internacional del Tango, varios tangueros zaragozanos han ocupado algunos espacios públicos a modo de homenaje.

Cuando el reloj apenas pasaba unos minutos de las 19.00, un sonido poco habitual irrumpía en el emblemático pasaje El Ciclón de Zaragoza este frío 11 de diciembre. A golpe de tango, un grupo formado por más 30 bailarines de la Asociación el Garage de Zaragoza comenzaban a bailar sin previo aviso. La pasión y la magia de este grupo improvisado de tangueros sorprendía a viandantes y turistas que, poco a poco y móvil en mano, comenzaron a rodearlos.

Desde 1977, cada 11 de diciembre amantes y seguidores del tango de todo el mundo salen a la calle a compartir una de las expresiones más características de la cultura argentina, un baile que fue oficialmente reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009. Se eligió este día en homenaje al nacimiento de dos grandes figuras del tango: Carlos Gardel y Julio de Caro.

La pasión y magia del tango invaden los pasajes de la ciudad

Desde la asociación zaragozana, una de las milongas más veteranas de Zaragoza y España, no dudaron en rendir tributo a este baile con una serie de ‘flashmobs’ –o bailes improvisados- en varios puntos del centro de la ciudad, como el pasaje El Ciclón, Puerta Cinegia, el pasaje Argenosola o los porches del paseo de Independencia. “Lo que más funciona a la hora de dar a conocer el tango es el boca oído, por eso estas iniciativas son tan importantes para nosotros”, explica Irene Serrano, su presidenta.

En su caso, esta zaragozana llegó al tango hace casi una década y desde otra disciplina, los bailes latinos: “El tango es sentimiento, la música te lleva y no importa nada más”. “Hace 21 años desde que se creó esta asociación, denominada así porque los fundadores quedaban para bailar en un garaje. Por aquel entonces eran 20, hoy somos más de 260”, asegura.

En cuanto al perfil, la media de edad va desde los 25 hasta los 45 años, aunque, explica, “la gente joven no suele atreverse a probar de buenas a primeras”. “Tenemos desde una socia de 14 años a uno de 95 que se mueve mejor que yo, y varios que superan los 80”, añade. Además, asegura que bailarlo es muy bueno para la salud. “Cuando bailas no solo te mueves, sino que tienes que estar pendiente de los pasos, de no chocar con otras parejas y sobre todo estas abrazado a otra persona. El abrazo es muy importante”, afirma.

Se trata de un baile de una complejidad considerable, sobre todo para el que lleva el rol del hombre, que es quien marca los pasos, conduce las figuras y debe dotar de estabilidad a su pareja de baile. “Lo más importante es el abrazo tanguero, aquel que da estabilidad durante el baile. Es tan complicado que algunas escuelas ponen a bailar a los hombres por pareja para que sean capaces de verse desde el otro lado”, apunta la presidenta.

Desde la asociación zaragozana organizan milongas todas las semanas y varios actos a lo largo del año, por ejemplo, cada viernes en la plaza San Gregorio del Arrabal, los sábados de primavera y otoño en la plaza José Sinués, tras el Teatro Principal de Zaragoza, o su cita semanal en el Hotel Zentro con sus ‘Domingos a media luz’, una velada que se prolonga durante más de tres horas. “La cuota de inscripción es de 25 euros al año y se paga una pequeña entrada que va dirigida a los gastos de cada quedada, como el alquiler del espacio o los profesores”, especifica Serrano.

Bailar con los ojos cerrados

Quienes conocen bien este baile aseguran que, en el caso de la mujer, las buenas profesionales bailan con los ojos cerrados. Algo que, en el caso de Mercedes Navarro se convirtió en una de sus fortalezas. Esta zaragozana perdió la visión cuando tenía 32 años debido a una enfermedad. Hoy asegura que el tango le hace volver a ser libre. “Las primeras clases de tango me engancharon completamente. Lo probé porque me lo recomendó un tío mío que baila y fue una maravilla”, reconoce.

En 2005 comenzó con sus primeras clases particulares, hasta acabar por convertirse en una habitual de las milongas, junto a su inseparable perra guía, Punta. “Para mí, perder la vista en ese momento fue duro. Dejar de conducir, de tener mi vida... Sin embargo. llevo una vida totalmente independiente”, explica Navarro, que actualmente es voluntaria en El Teléfono de la Esperanza. Hoy reconoce que cada vez que viaja a otro país, lo primero que hace es buscar locales que organicen milongas: “Puedes bailar con gente de todo el mundo, es una manera de comunicarse”.

Una sensación que le cuesta explicar con palabras, pero que transmite perfectamente sobre la pista de baile. “Cuando bailo tengo una sensación muy parecida a la primera vez que anduve con mi perro, de ser libre, de moverte y simplemente dejarte llevar. Es indescriptible y he de decir que yo, cuando bailo, también cierro los ojos”, concluye.

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