Ocio y Cultura

Pellicena, el actor que fue Goya, Sade y Séneca

Muere en Madrid, a los 85 años, el intérprete zaragozano de las 'Comedias bárbaras' de Valle-Inclán, un autodidacta que entendió el teatro como una prolongación de la vida

José Luis Pellicena, en una foto de archivo de 2015 en Madrid.
José Luis Pellicena, en una foto de archivo de 2015 en Madrid.
Alberto Morales.

“Soy ingenuo, encantador y todo lo contrario. Creo que la gente cuanto más me conoce más me quiere. Como se ve, no soy en absoluto modesto”, dijo en 2002 el actor José Luis Pellicena Guijosa (Zaragoza, 1933-Madrid, 2018), que acaba de fallecer en Madrid a los 85 años a consecuencia de un infarto. Regresaba a Zaragoza de cuando en cuando y le gustaba recorrer los lugares de su niñez y primera juventud: vivía en el entorno de las desaparecidas calles de Cerdán y Escuelas Pías, cerca del palacio de la Audiencia. El Tubo, con sus aromas, el café-cantante El Plata y las angostas callejas, fue su primer escenario, más aún que el Teatro Principal, donde su familia tenía contratado un palco del proscenio.

Por su casa pasaban gentes de la escena como Manuel Dicenta o Mary Carrillo, y esas visitas serían determinantes. Espoleado por un amigo, realizó el primer curso de Medicina; por entonces, murió su madre y entró en una crisis de identidad y de ubicación, que lo llevaría a París. En la Ciudad de la Luz permanecería un año y le abrió el abanico de las curiosidad, la fantasía y el cosmopolitismo. “Trabajé en una fábrica de pantallas de pergamino para lámparas, y me olvidé de la Medicina”.

Con la misma comezón en la sangre y en el alma, volvió a casa, pero el núcleo familiar y quizá la ciudad eran como una losa para él. Aprovechó que la compañía Lope de Vega, que dirigía José Tamayo, presentaba un montaje en Zaragoza y decidió enrolarse en ella. Fue una fuga perfecta. Hasta entonces, no había soñado ser actor, ni había estudiado jamás (siempre rechazó la enseñanza académica: era un intuitivo sin método y un metódico de la sobriedad), aunque ya tenía su voz tan peculiar y aquellos ademanes de hombre que podía ser clásico y moderno, canalla y sofisticado.

Pellicena, el hombre que fue Goya, Sade y Séneca

En 1954 debutó en ‘Diálogo de carmelitas’ y poco después ya asumió grandes piezas de maestros absolutos de la escena: ‘Seis personajes en busca de un autor’ de Luigi Pirandello, ‘La muerte de un viajante’ de Arthur Miller, pero también ‘Otelo’ de Shakespeare, ‘El gran teatro del mundo’ de Calderón o ‘Ejercicio para cinco dedos’ de Peter Shaffer, que es la obra que marcó un antes y un después, y que estrenó en 1959. Para entonces ya se había casado con la argentina Olga Molinero, que había sido esposa del director del Teatro Colón, y que será la gran cómplice de su vida.

Pellicena será esencialmente, hasta el fin de sus días, un actor de teatro. En 2015, en vísperas de la gala de las artes escénicas aragonesas en el Teatro de las Esquinas, donde recibió el Premio Honorífico, le decía en estas páginas a Soledad Campo: “Mi pecado ha sido dedicarme ciegamente al teatro”. No es exacto, claro, pero no se sintió cómodo en el cine donde rodó más de una docena de películas, entre ellas ‘Historias de la televisión’ (1965) con su paisano José María Forqué, con quien repetiría ahora ya en televisión en ‘Miguel Servet. La ceniza y la sangre’ (1989), donde dio vida a Juan Calvino, el hombre que mandó quemar a Miguel Servet, pero también participaría en ‘Dragon Rapide’ (1986). En la televisión tampoco se sintió a gusto, pero ya en 1970 encarnó al Raskolnikov de ‘Crimen y castigo’, que realizaba Alberto González Vergel, en la serie Novela. Impresionaba, desde luego. También participaría en muchas series, entre ellas ‘Abogados’, ‘Cuéntame’ o ‘El Quijote’ de Manuel Gutiérrez Aragón.

Sería, en el teatro, donde daría lo mejor de sí mismo, con su peculiar dicción, su aristocracia del alma, su hondura, quizá su tormento y su perfeccionismo. Dejaba su impronta, y fue capaz de encarnar al marqués de Sade en ‘Marat Sade’, a Salieri, a Julio César, a Goya, a Drácula, a Séneca, el ‘Tartufo’ de Molière o a Isabel I, ‘la reina virgen’, en ‘Contradanza’ de Francisco Ors, pieza de la que dijo que había su función más compleja, donde se aproximó al abismo. En 1991 protagonizó las ‘Comedias bárbaras’ de Valle-Inclán, en un impresionante ‘tour de force’, uno de sus momentos cumbres. Colaboró con varias compañías aragonesas: participó en ‘Medea-Medée’ (2002), con Nuevo Teatro de Aragón y Luna Teatro, entre otros, o en el ‘Goya’ (1996) de Alfonso Plou, que montó Teatro del Temple, con dirección de Carlos Martín.

Reflexivo, carismático, hipersensible, uno de los grandes, apasionado de la poesía, rapsoda de los poemas de Rafael Alberti y narrador de los cuentos de Julio Cortázar, tenía claro que “para hacer teatro hay que sentirlo y percibir que en cada función se entrega la vida”.

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